Las bitácoras (blogs) o portales personales participativos, en sus diez años de existencia que se cumplen este mes se han convertido en una mezcla de periodismo profesional y periodismo ciudadano o participativo y, como ambos modos de informar y opinar, tienen sus cosas buenas y sus cosas malas.

Tratando de diferenciar a las bitácoras del periodismo tradicional Ignacio Escolar (www.escolar.net), recién nombrado director de Público, un nuevo diario progresista y periodista reconocido como un buen creador y coordinador de bitácoras, afirmó que "Los blogs utilizan otro lenguaje. No tratan de explicar la actualidad como hacen los periódicos. Simplemente cuentan cosas que son de interés o son noticias o comentarios. Se crea un vínculo con el lector, que tiene confianza en lo que le cuentas".

Así como en los medios tradicionales compiten la profesionalidad de los periodistas con el interés de los propietarios y/o los directores de los mismos, en las bitácoras la competencia se da entre sus dueños y/o gestores y los usuarios. Tengamos presente que hay bitácoras de pago, libres, de mono o multiusuarios y de uno, dos o más idiomas. En síntesis, las bitácoras son un auténtico universo y como tal, diverso y multifacético, con la limitación de que se puede hacer de todo si el programa informático lo posibilita y hasta donde sus propietarios, administradores o gestores lo permitan.

Volviendo a lo que dijo Escolar, cabe señalar que para explicar la actualidad, al igual que en las bitácoras en los periódicos también “se cuentan cosas que son de interés o son noticias o comentarios”.  En este aspecto vale la pena señalar que en el periodismo profesional hay normas que, cuando se cumplen, aseguran que se constate la veracidad de esas cosas, noticias o comentarios. Unas normas que en las bitácoras no solamente no existen, sino que es difícil instalarlas y comprobar que se cumplan.

Por otro lado, en esa misma línea las bitácoras tienen un lado positivo que desborda al periodismo tradicional, que es la confluencia de múltiples fuentes de información y, mucho más importante que eso, el aporte usando distintos “colores de cristal”, lo que permite ver la realidad desde ópticas diferentes, sean de lugares, ángulos, filosofías, políticas, comercio o cualquier otro punto de vista. Junto a ello la posibilidad de criticar, con mayor diversidad y libertad de enfoque que las tradicionales “cartas al director”, logrando además una mayor participación de los ciudadanos “de a pié”.

Esa mayor participación se comprueba con la gran cantidad de bitacoristas. En España, país que está a la cabeza de esta moda en Europa, hay en la actualidad un millón y medio de bitácoras, según un cálculo de El Blog Herald, basado en estadísticas de Terra y del índice del francés Loic Lemeur. Es imposible pensar siquiera que pudiera haber esa cantidad de lectores de diarios profesionales, de oyentes de radio o espectadores de televisión realizando interacción con esos medios, pues en su absoluta mayoría son receptores pasivos.

Sobre la participación ilustra el diario surcoreano “OhmyNews”, que cuenta con más de 35.000 colaboradores distribuidos por todo el mundo y un equipo de medio centenar de periodistas profesionales, quienes editan y cuelgan los textos en coreano, inglés y japonés, logrando más de quince millones de visitas diarias.

La instantaneidad del bitacorismo por lo general  impide la censura, corrección o edición previa –aunque en muchos casos se lo está haciendo con éxito, de lo que el OhmyNews es un ejemplo—  y favorece un diálogo más directo y expresivo que en muchas oportunidades se desborda y llega al insulto y la procacidad. Ese éxito es relativo porque la definición de bitácora va unida a la libertad de expresión y aunque sea legítima y diría que hasta necesaria la autorización, cualquier restricción es rechazada por la mayoría de los usuarios. Ese rechazo por lo general se manifiesta dejando de participar.

Ese gran filólogo que es Francisco Marcos Marín señaló que  “El enorme crecimiento de los portales en internet va asociado, en parte, como en el resto del mundo en general, al desarrollo de los contenidos de sexo, piratería
informática y llega a los más minúsculos movimientos marginales”  y recomendó que se buscase con google la palabra “askatasuna”, que significa “libertad” en vascuence, “para tener una idea de hasta dónde nos llevan las palabras, bien lejos de los conceptos”.

Marcos Marín eligió un buen ejemplo, ya que se trata de un tema que los españoles no solo conocen bien sino que además forma parte de su principal preocupación. Aceptando su propuesta buscamos esa palabra y encontramos que la mayoría de los resultados se refieren al nacionalismo, independentismo y planteamientos similares y solamente en una minoría de los mismos se menciona el terrorismo, aunque las noticias hablen de grupos, organizaciones y personas terroristas, vinculadas al terrorismo o que lo apoyan.

Precisamente ese alejamiento entre las palabras y  la realidad se reproduce a menudo en los diálogos de internet y cuando van acompañadas de insultos o falsas acusaciones contra personas o instituciones es el principal peligro que tienen las bitácoras y el que para muchos se deriva en el reclamo de que se estudie la posibilidad de legislar específicamente sobre el tema. Pero cabe preguntarse: ¿Se puede legislar nacionalmente sobre un fenómeno global, que no reconoce fronteras? No, rotundamente no, es imposible hacerlo. Y la mejor prueba es que los gobiernos reacios a permitir la libertad de expresión, por ejemplo los de Cuba y China, recurren al control del uso de internet (que también llega en determinados casos a la prohibición), pero no a la regulación de sus contenidos. La noticia buena es que a pesar de esas restricciones se filtran contenidos de la oposición por internet.

¿Podemos derivar la responsabilidad a los “editores” de las bitácoras, así como los medios tradicionales derivan en sus editores la responsabilidad de los contenidos de las noticias, análisis y comentarios?

Sí, respuesta positiva: se puede confiar en una nueva profesión de editores. El primer paso ya se está dando al reclamar la inscripción en las bitácoras de quienes deseen participar en las mismas, la incorporación de moderadores y la decisión cada vez más extendida de eliminar las intervenciones fuera de lugar. Los bitacoreros (bloggers) tendrán cada vez una mayor responsabilidad sobre los contenidos, sobre todo porque en el plano judicial lo que sí es posible es la presentación ante la justicia de los afectados por informaciones falsas o injuriosas. Y allí los bitacoristas (blogistas) podrán durante un tiempo eludir esas acciones amparándose en el anonimato, pero no le será fácil eludirla a los titulares del dominio de las webs, aunque la globalización dejará a muchos de éstos lejos y fuera del alcance de los tribunales donde presenten la denuncia los afectados.

La primera solución, la más cercana, está en que los bitacoreros asuman sus responsabilidades y adopten las medidas necesarias para filtrar el acceso de bitacoristas, sean del país que sean. Unas medidas que les permitan mantener limpias sus webs. Claro está que ello implica dedicar tiempo a esa tarea y eso admite dos respuestas: una es constituir grupos de personas que emprendan comunitariamente esa labor y otra que las webs respectivas publiquen publicidad paga y con ese dinero financien el trabajo de profesionales que se ocupen de su mantenimiento. Pensar que una o dos personas pueden tener tiempo suficiente para dedicarse a administrar una bitácora que cuente con muchas visitas es ilusorio.

Mientras, es correcto subrayar que las bitácoras han aportado cosas positivas en el plano de la información y el mejor ejemplo al respecto es la guerra de Iraq, ya que las primeras fotos de soldados norteamericanos muertos en ese país fueron publicadas en bitácoras, pues los medios tradicionales se resistieron a hacerlo en esos primeros momentos debido a las presiones de su gobierno.

En Francia hemos comprobado días pasados como Internet influyó en los resultados electorales. Bruno Jeanbart, del Instituto OpinionWay, sostuvo en declaraciones a la prensa que “Por primera vez, Internet ocupa un lugar central en la carrera a la presidencia.  Es la netpolítica”, lo que se comprobó con publicaciones de sátiras, críticas e imágenes inéditas, que se opusieron a los portales oficiales de los candidatos. Todo ello unido a que los candidatos mantuvieran bitácoras para dialogar con quienes quisieron hacerlo a través de internet.

Más lejos, al otro lado del Atlántico, se vivió estos días un caso claro de como las bitácoras pueden ayudar, y ayudan, a hacer un buen periodismo y a la vez como sus autores también suelen ser represaliados.

Tres jóvenes estudiantes de periodismo investigaron y registraron en sus cámaras de video las protestas multitudinarias por la muerte del docente Carlos Fuentealba, asesinado por la policía en la provincia argentina de Neuquén cuando participaba en una manifestación de su gremio. Los tres son los editores de la bitácora www.despeinados.com, cuya calidad y actuación en el tema llevó a que Clarín, el diario en español de mayor circulación en el mundo, la colocara como ejemplo de información veraz y equilibrada.

Esa bitácora utiliza un sistema de sindicación de contenidos (RRS) para que sus autores puedan saber cuando se realiza la actualización de páginas a las que están suscriptos. Los tres declararon que lo importante para ellos es “tener un espacio que nos invita a escribir compulsivamente y en el que podemos expresarnos sin ningún tipo de ataduras".

Ese es el gran desafío que deben enfrentar los bitacoreros: escribir de inmediato, cuando ocurran los acontecimientos o se reflexione sobre ellos, con libertad pero a la vez con un compromiso firme con la veracidad y el equilibrio. Una tarea para la cual, con seguridad, el oficio periodístico es un cimiento fundamental, que debe ser tenido en cuenta.

Así como antes de que nacieran las bitácoras e incluso antes de que existiese internet hubo periodismo participativo bueno y malo, también ahora lo hay y en el futuro lo habrá. Pero está claro que si se aplican los criterios básicos del periodismo tradicional –libertad y veracidad- el periodismo ciudadano o participativo será de alta calidad y se constituirá en una verdadera contribución para consolidar sistemas democráticos y libres.

Un precedente histórico que me tocó conocer personalmente se registró en Chile en los años 70 del siglo pasado, en plena dictadura. Allí el obispo de Ancud, una región ubicada al sur del país, creó una red de radios populares para entretenimiento e información de sus pobladores. Una red que en pocos años se convirtió en la de mayor audiencia, superando a las comerciales y a las públicas, para lo que contó con el apoyo de periodistas profesionales aunque la mayor parte de la labor la desempeñaron las personas que habitaban en esa región.

Ese es un buen precedente, que deja una lección: hay que tener presente siempre los fundamentos básicos del periodismo, contar con la participación de periodistas y que éstos se preocupen por las bitácoras más allá de lo que sus obligaciones laborales les obliguen. De esa manera se facilitará en gran medida que las bitácoras contribuyan efectivamente a la participación de los ciudadanos en política y con ello a consolidar sistemas equitativos, libres y democráticos.

Conferencia pronunciada en la Sociedad de Estudios Internacionales - Madrid, 26 de abril de 2007