Basora, la ciudad de Simbad el Marino, tiene las tropas enemigas a simple vista, oye el sonido intermitente de las bombas tras una densa muralla natural de palmeras, pero en sus calles todo parece normal, excepto las fortificaciones, trincheras y daños de la guerra.
El último comunicado de guerra del comando general de las fuerzas armadas iraquíes señala que ayer sus helicópteros artillados realizaron 48 misiones de combate contra posiciones y concentraciones de tropas iraníes al Norte y al Este de esta ciudad y que 50 kilómetros al Norte, en la localidad de Uzain, la aviación de aquél país realizó algunas misiones mientras la artillería descargaba sus obuses.
No se mencionaron pérdidas propias, pero sí la muerte de dos soldados iraníes al Este de Basora y la deserción de grupos contrarios pertenecientes a unidades de la primera línea del frente.
Basora, ciudad de un millón de habitantes, no registró ningún éxodo, asegura su gobernador Fouzi Rasheed, quien añadió hoy, en conversación con un grupo de periodistas extranjeros, que todas las escuelas, institutos, fábricas, establecimientos portuarios y demás, se mantienen en funcionamiento.
Cientos de miles de sacos de arena, quizás sean millones, forman defensas en todos los puntos de la ciudad, a la que se llega desde Bagdad, 600 kilómetros al Norte, siguiendo una fortificación plagada de defensas antiaéreas, antiblindados y con el despliegue de blindados iraquíes.
Los sacos de arena, con nidos de ametralladoras, pozos de zorro y artillería, se alzan a lo largo del litoral de Shat el Arab, un estuario formado por los ríos Tigris y Eufrates y que --pasando una densa plantación de palmeras-- constituye la línea del frente de Basora, donde las tropas iraníes están a cinco kilómetros de distancia.
En la ciudad prácticamente todas las construcciones, desde edificios militares hasta humildes chozas de la periferia, tienen sus puertas y ventanas cubiertas con sacos de arena, en algunos casos con las señales de un bombardeo reciente.
A dos kilómetros del centro de la ciudad, la familia de Ahmed Anad Sana vive todavía el drama de un reciente bombardeo. Su hija, Hayam Ainaad, 22 años, quien trabaja como secretaria en una oficina, relata en fluido inglés como su hogar fue alcanzado por una bomba disparada por la aviación iraní.
"Estábamos durmiendo, el 30 de mayo pasado, cuando oimos el ruido de aviones enemigos, no alcanzamos a salir de la cama cuando una bomba entró por el techo del salón comedor. Usted puede ver lo que ocurrió", dice.
La bomba dejó un agujero de un metro de diámetro en el techo, destrozó el salón y una habitación continua, además de la terraza y el guardacoches. Los sacos de arena en el frente de la casa muestran también señales de proyectiles de ametralladora pesada, al igual que otros edificios vecinos, todos de un mismo barrio residencial.
"Aquí no hay blancos militares", sostiene un oficial de información presente en la entrevista. La madre de Hayam, Zeila, vestida con la tradicional túnica, habla solo árabe, pero su tono es de lamento y resignación, mientras sigue con las labores hogareñas.
"¿Por qué no se van de Basora, más lejos del frente?" es la pregunta obligada. "Es nuestra ciudad, queremos la paz pero no nos iremos aunque haya guerra", contesta, rápida, como habiéndolo repetido muchas veces, una vivaz Hayam, estudiante en la universidad local.
La ciudad, punto de partida de las aventuras marineras de Simbad, es hoy el puerto iraquí en el Golfo, dispone de un "museo de los mártires" de la guerra. El gobernador Fouzi Rasheed informa que desde que la guerra comenzó, hace cinco años, murieron 580 civiles. "No estoy en condiciones de informar sobre las bajas militares", añade. Ningún contacto con responsables militares de este frente es permitido estos días por el gobierno iraquí.
Shat el Arab, frente a Basora, está cruzado por varios puentes de pontones militares, algunos de ellos utilizados por civiles iraquíes para cruzar a la otra orilla. "¿Por qué ellos pasan y no los visitantes?". "Algunos tienen familias, viviendas o lugares de trabajo en la otra orilla, apenas a dos kilómetros de la línea del frente", es la respuesta.
Durante el atardecer, cuando baja unos grados la agobiante temperatura, las calles se llenan de gente, que caminan en grupos o individualmente sorteando los sacos de arena y los emplazamientos artilleros.
Ali, 21 años, estudiante de economía, habla con un grupo de amigos en una esquina y se presta a responder preguntas. Dice que estuvo seis meses en la milicia popular, como casi todos sus compañeros y también repite una frase escuchada a cada rato: "Queremos la paz, pero los iraníes nos imponen la guerra".
A doscientos metros de la ribera de Shat el Arab, junto a farmacias, tiendas de comestibles y vestidos, restaurantes y bares, funcionan nueve salas de fiestas.
Una de ellas, donde sirven alcohol y ofrecen compañía de mujeres filipinas y egipcias, presenta todas las noches, hasta las cuatro de la madrugada, un espectáculo con danzas árabes, cantos y un ballet filipino, de esos que hacen giras internacionales por las zonas deprimidas del mundo.
El dueño de la sala, Said, 43, egipcio, dice que tenía su negocio instalado allí antes de la guerra y que no encuentra motivos para trasladarlo a otra ciudad.
La entrevista con el gobernador resume en parte el mensaje que suelen transmitir los basoríes a los visitantes: "Ojalá que su país nunca tenga que pasar una guerra". (IPS-Basora/20-07-1985).