Según se pronostica, en el siglo venidero los hombres emplearán la técnica para ampliar sus cuerpos y mentes, al tiempo que las propias tecnologías vayan tomando sobre sí cualidades atribuidas hasta ahora a los seres humanos.

En realidad, este proceso ha comenzado hace más tiempo del que parece: se vienen usando gafas (lentes o anteojos) desde hace cientos de años y ahora se dispone de lentes de contacto y lentes intraoculares. Todo ello ha sido destinado a compensar las deficiencias funcionales u orgánicas con medios técnicos, como es también el caso de los implantes de huesos artificiales o los reguladores del ritmo cardíaco, más conocidos como marcapasos.

Del mismo modo, hay plásticos para sustituir la piel, y en general, cada vez se aporta más tecnología al cuerpo humano, convirtiendo a las personas paulatinamente en unidades biocibernéticas.

Los objetivos perseguidos, además del remedio para las deficiencias físicas o traumatismos, ha sido la creación temporal de personas superdotadas por la técnica como buceadores, astronautas, etc.

Es posible que en el futuro la cantidad de implantes tecnológicos para ampliar la capacidad humana llegue a superar 50% del volumen del cuerpo. Se habrá logrado así la incorporación de la tecnología a los seres humanos, considerada uno de los seis factores claves para llegar a una tecnología consciente.

Los seres humanos no son los únicos que asimilan tecnología en sus cuerpos. Las armas químicas empleadas por plantas e insectos para defenderse de sus enemigos son un ejemplo y hay algunos, como la mariposa monarca, que tienen hierro en sus alas con lo que se comportan como una brújula viva, por no hablar de las semillas aladas de algunos vegetales, que sirvió para inspirar la aviación hace miles de años.

La tecnología consciente es un término utilizado por algunos expertos, como Jerome C. Glenn, escritor y periodista, para definir un mundo por venir que abarca dos tendencias de la evolución: la citada de los seres humanos a incorporar tecnología corporal y la de las tecnologías, que se van convirtiendo en inteligentes. (Excelsior, México, 22-1-1991)

El artista plástico argentino Ricardo Carpani cabalga en Madrid sobre un tigre de tango y pasión, al presentar un libro y asistir al estreno de una obra inspirada en sus pinturas.

Carpani, quien vivió diez años (1974-84) exiliado en España y que en su país plasmó con su pincel toda una época del movimiento obrero, sorprende ahora a la crítica con una nueva etapa artística, llena de vida y de luminosos coloridos, en contraste con sus antecedentes de tonos grises y apagados.

"Carpani", editado en Madrid por Ollero y Ramos, tiene textos del periodista y escritor español Manuel Vicent y del crítico argentino Rafael Squirru y presenta la obra de Carpani agrupada en dibujo, pintura y escultura.

"Tango y Pasión" es un espectáculo que llega desde Nueva York, en el que se funden danza, pintura y música, en un ambiente inspirado en los bares y cafés de tangos, que la memoria de Carpani refleja en sus pinturas, en las que se basa la escenografía. Dirigido por José Libertella y Luis Stazo, con la actuación del Sexteto Mayor de tango y tres parejas de bailares, se estrenó el viernes catorce.

Vicent, al comentar la transformación de la obra del plástico argentino dice que éste, en vista del desastre general de la historia "ha llevado a todas sus criaturas a la jungla y en compañía de sus suecos ha celebrado con ellas un banquete surrealista para celebrar el fin de la utopía".

Pero Carpani no cree en el fin de la utopía ni de los sueños juveniles para cambiar la sociedad y hacerla más justa y libre. "No es el fin, es la transformación de la utopía, que sigue vigente", dijo a IPS.

"Se puede y se debe cambiar la realidad social, aunque ahora sean otros los agentes del cambio, distintos de los que antes creíamos capaces de hacerla. Ahora no se trata de asaltar palacios de invierno, sino en impulsar los cambios sociales, con democracia y libertad", añadió.

El sociólogo Ernesto Laclau identifica a Carpani con la simbología de los movimientos populares de la Argentina en la década del 60. En aquella época, dice, "los símbolos de las nuevas identidades populares dependían de representaciones sintético globales más que de definiciones precisas".

Las imágenes cruciales, en especial las de Carpani, con unas obras de difusión masiva "fijaron de manera inalterable los temas y el carácter de las luchas sociales de aquellos años", concluye Laclau, uno de los sociólogos más reconocidos de la actualidad en Argentina.

Squirru sostiene que Carpani "es uno de los grandes clásicos... no porque sus sentimientos sean anémicos, sino clásico porque la intensidad de su gran pasió, de su hambre y sed de justicia, no ha logrado desbordar los dictados de su poderosa mente, fiel a sus ancestros clásicos".

Tampoco cree mucho Carpani en esa definición: "¿Clásico?, de alguna manera sí, pero eso es muy genérico". Él prefiere hablar de los tres períodos diferenciados en el libro que ha venido a presentar en Madrid, ciudad en la que vivió su exilio (1974-84).

Su primera etapa histórica (1960-70), la recuerda como de lucha, "con convicciones profundas y esperanzas de transformación social". "En esa época había una clase obrera real y resistente, luchadora", puntualiza. En aquella base social encuentra la explicación a su monumentalismo, a su pintura casi escultórica, geométrica, con obreros de rasgos fuertes y vigorosos. Porque Carpani nunca pintó obreros débiles, famélicos o vencidos.

La segunda etapa es la del exilio. Aquí, en Madrid, sufre su primera transformación. Sus formas se tornan menos rotundas y menos esquemáticas, se hacen barrocas. Él lo admite y hasta lo explica: "es la expresión de un replanteo, de un nuevo análisis después de una derrota histórica".

Es la época en que el tango, las esquinas y los cafés de Buenos Aires aparecen en sus cuadros. ellos constituyen la suma de la nostalgia, las dudas y la amargura de la derrota. Es cuando interrogado por Squirru reconoce como su artista preferido a Miguel Ángel. Hacia el final del exilio, los tonos sordos, azulados y sepias comienzan a colorearse y ganar autonomía para llenarse de luminosidad cuando regresa a su tierra.

"Sí, sí, el desexilio, el regreso a la Argentina es mi tercera etapa, donde el barroquismo es total", admite pensativo. Los colores estallan y lo demuestran la portada y contraportada del libro presentado en Madrid, ilustrada con su monumental obra: "¿Qué hace  un tipo como yo en un lugar como éste?", datada en 1990 pero que empezó a trabajar hacia el fin de su exilio en Madrid (1984)

Esa obra presenta a un "porteño" (habitante de Buenos Aires), con su clásico sombrero, un cigarrillo en la mano derecha y un diario en la izquierda, apoyado sobre un árbol en medio de una frondosa selva tropical de mil colores. Junto a él una serpiente, más arriba un papagayo y escurriéndose entre la vegetación, un tigre.

Por ello, quizás, Vicent titula su artículo: "Ricardo Carpani cabalga el tigre" y declara que "la rebeldía sometida a la anatomía: ésta podría ser la síntesis estética del pintor".

Así, concluye que "Todas las criaturas salidas de su mano poseen una tensión muscular que es propiamente su sustancia, pero a la vez los perfiles de todos los cuerpos logran sujetar finalmente esa gran rabia interior o pasión a punto de desbordarse".

Carpani dice que al volver encontró una Argentina que no se parecía nada a la que dejó y menos con la que creía que hallaría en el "desexilio", como él la denomina a su regreso.

"Encontré agravada la colonización cultural y en la juventud una pérdida total de la identidad, una tendencia a copiar del exterior sin crítica, una anemia expresiva", confiesa.

Aunque también encontró sectores juveniles "al margen del circuito", jóvenes que pintan murales en sus calles "y sin siquiera tener, como teníamos nosotros antes, el estímulo de las luchas sociales". Menciona a Enrique Morales y a "Carpita", como dos de los más prometedores de esos nuevos muralistas.

El arte --sostiene-- está mercantilizado y en manos de trenzas (camarillas) internacionales que imponen las modas desde los centros de poder. Son un puñado de galerías que controlan a los críticos y a las revistas especializadas, añade.

Sin embargo, ni la colonización cultural agravada, ni el control de las camarillas, ni la derrota de los movimientos sociales, logran inundarlo de pesimismo.

"Soy optimista. Veo llegar un fin de siglo con movimientos en los cambios sociales y políticos, que serán distintos a los que buscamos e impulsamos dos décadas atrás, pero que intentarán dar respuestas a los problemas de las grandes mayorías marginadas. Y el arte no podrá ser ajeno a ese proceso".

De ahí saca Vicent su conclusión, refiriéndose a la última obra del artista: "Con la misma musculatura física y moral de siempre ha trazado este poderoso acorde de todas sus obsesiones. El resultado es una fiesta llena de ironía, de placer y de sarcasmo. Y esta es la forma en que Carpani sigue cabalgando su tigre". (IPS, 2-10-1986)

El desarrollo creciente de los estudios sobre la relación entre ciencia, tecnología y sociedad, son demostrativos de que se está viviendo una época en la que se intenta ejercer un control social y político más fuerte y deliberado sobre la ciencia y la tecnología, más acentuado en unos países que en otros.

En términos generales, los políticos, los científicos y los tecnólogos aceptan la idea de que el público tiene derecho a participar en la toma de decisiones en esos campos, si bien quedan por definir los métodos y mecanismos para hacer que esa participación sea posible y eficaz.

En los países democráticos el parlamento es el lugar idóneo para adoptar decisiones desde la óptica de la evaluación social del desarrollo tecnológico. Para ello se requieren estructuras adecuadas para que los parlamentarios, al margen de su formación profesional, si es que la tienen, puedan tomar posiciones con conocimiento de causa. De ninguna manera es necesario que un diputado o senador sea médico para opinar sobre una ley de sanidad o ingeniero para determinar sobre el trazado de una autopista, ya que la representación que ejerce en su escaño es la de la universalidad de sus electores, sin discriminación, corporativismo o diferencia alguna. Lo mismo vale para las leyes y disposiciones que reglen o tengan influencia sobre el desarrollo de la ciencia y la técnica.

Los parlamentarios, en tanto que tales y como integrantes de cuerpos estructurados, pueden y deben arbitrar sus propios mecanismos de formación e información para legislar sobre todos los temas puestos a su consideración o sobre los cuales crean necesario definirse, incluso los relacionados con la ciencia y la técnica. Entre todos esos mecanismos caben desde los canales idóneos para recibir la información y la opinión de los grupos e instituciones sociales hasta la organización de oficinas especializadas dentro de la misma estructura del parlamento.

Pero todo ello sería incompleto si faltase una opinión pública bien informada, que debería ser la base indispensable e irreemplazable de toda buena decisión parlamentaria. El vertiginoso y en grandes aspectos cada vez más especializado desarrollo científico y técnico produce una separación de la población en dos capas: de un lado quienes conocen y dominan ese desarrollo, aunque carezcan del poder y la representatividad políticos para dirigir su sentido y del otro quienes permanecen al margen del proceso, sin capacidad para influir en él aunque soportan sus consecuencias, positivas y negativas.

La relación entre los productores de ciencia y técnicas y los periodistas, llamados creadores de opinión pública, aunque su papel verdadero sea el de mediadores, es conflictiva, salvo excepciones. La mejor prueba de ello son las quejas habituales de los científicos acerca de la superficialidad y el sensacionalismo de las informaciones periodísticas que, afirman, reflejan parcial, inadecuada y muchas veces inexactamente su labor, sus éxitos y sus fracasos. Del otro lado, la queja se refiere al mutismo, la ausencia de transparencia y el lenguaje hermético atribuido a los científicos.

Es posible que las dos partes tengan razón, o un alto porcentaje de ella y que por eso mismo deban admitir que el problema necesita una solución compartida. Lo cierto es que los ciudadanos carecen de una información pertinente, comprensible, contextualizada y veraz acerca de aspectos de la ciencia y de la técnica que afectan o afectarán de manera decisiva a su propia vida.

Un primer paso sería la aceptación, por los gestores y creadores de ciencia y técnica y por los editores de medios y periodistas, de que la información sobre sus actividades normales, sobre el proceso mismo y no solo sobre sus resultados, es un asunto de interés público. Ello debería llevar los temas científicos y tecnológicos a los espacios destacados de los medios, sin relegarlos a unas secciones de segunda línea, más próximas a las curiosidades y pasatiempos que a la política, la economía, los espectáculos y el deporte, como por regla general ocurre en la actualidad.

La convicción de que la escasa información, tanto de hechos como de opiniones fundadas, que llega a la opinión pública a través de los medios masivos de comunicación es una responsabilidad compartida, es lo que llevó a plantearse esta edición especial de ARBOR, con la colaboración de científicos, educadores, periodistas y periodistas especializados. Además, se incluyen unas recomendaciones elaboradas en la Consulta Técnica sobre Periodismo Científico, convocada por la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) y realizada en buenos Aires del 9 al 13 de octubre de 1989, con la participación de científicos y periodistas de América Latina y España.

De los trabajos reunidos en esta edición pueden derivarse algunas reflexiones útiles para la acción comunicativa en ciencia y técnica de sus creadores y gestores, editores de medios, periodistas, comunicólogos, jefes de prensa y escuelas y facultades de periodismo. También sería positivo que sirvieran para promover un debate interdisciplinario, tanto más necesario cuanto más se acelere el progreso científico y tecnológico, para acercar la ciencia a los ciudadanos y los ciudadanos a la ciencia. (Revista Arbor, Madrid, 3-2-1990)

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