Un ordenador jamás podrá reemplazar al cerebro humano, afirmó hoy el filósofo de las ciencias Mario Bunge, quien hizo una amplia exposición sobre la informática, pronunció la conferencia de apertura de las Jornadas sobre Nuevas Técnicas y Nuevas Formas de Comunicación, que finalizará el sábado próximo y que fueron organizadas por la Fundación Universidad-Empresa, en esta capital.

El filósofo, físico, lingüista y matemático argentino, autor de 30 libros y centenares de artículos científicos, exiliado tres veces cuando gobernaron su país dictaduras militares, advirtió que los peligros que existen no radican en los ordenadores, sino en quienes puedan contralarlos. El mundo vive una nueva revolución tecnológica, que a diferencia de las anteriores se caracteriza por el descubrimiento de una máquina original, el ordenador, que puede recibir tantos trabajos como programas existen, expresó.

Los ordenadores se parecen al cerebro humano en que pueden tomar decisiones “pero son decisiones por poder, aunque sus resultados pueden ser desconocidos. La complejidad del ordenador es simplemente cuantitativa, en base a dos opciones –uno o cero-, con una estructura dicoiónica”. Bunge se refirió a una próxima generación de ordenadores, la quinta (“en la que los japoneses están trabajando con laboriosidad”), que se afirma serán “inteligente” y podrán “ver, oír y pensar”.

Ese ver, oír y pensar son meras analogías, “aunque hay analogías fértiles”, ya que entre los ordenadores y los cerebros vivos hay limitaciones. La informática es un sistema compuesto que piensa, integrado por máquinas, programas y programadores, “pero quienes realmente piensan son los hombres que diseñan, construye n, programan y utilizan las máquinas”. Hay programas que realizan operaciones tan complicadas que pueden dar resultados imprevisibles, “con novedad cognoscitiva” e incluso investigar nuevos teoremas, “pero siempre a partir de premisas que les fueron dadas”.

Un ordenador  y un cerebro humano tienen características comunes: ambos pueden aprender, ser versátiles, tomar decisiones, recibir datos digitales y explorar, entre otras. El ordenador puede elaborar cantidades prodigiosas y poseer una memoria gigantesca, superior a la de cualquier ser humano. Pero la cabeza del hombre es además capaz de tomar iniciativas, desplegar curiosidad, crear nuevos proyectos, plantear nuevos problemas, tomar atajos, adivinar, elaborar en base a indicios, realizar una crítica no programada, adoptar juicios morales y estéticos y comprender la noción de infinito.

La inteligencia artificial es nada más y nada menos que la más nueva y ambiciosa rama de la ingeniería. Las experiencias de los últimos decenios muestran que el optimismo sobre la posibilidad de que las máquinas reemplazaren a los hombres era fruto de una profunda ignorancia física y de la psicología humana”, añadió. Bunge manifestó su convicción de que las máquinas deben estar al servicio del  hombre y destacó que para hacerlo posible los expertos deberían cambiar su actitud en varios aspectos: a) Acercarse a la biología y la psicología, b) reemplazar su jerga y adoptar un lenguaje exacto, ,c) comprender que la inteligencia artificial no es ciencia sino técnica.

La revolución informática tiene aspectos positivos como la eliminación de tareas rutinarias y peligrosas, ahorros de recursos, control de operaciones delicadas y peligrosas, ahorro de espacio y desplazamiento de más tareas “desde los trabajadores de cuello azul a los de cuello blanco”. El precio que se debe pagar por esos aspectos positivos incluye: a) que los empleados que no aprendan informática corren el peligro de perder su trabajo, b) plantea a los administradores la necesidad de aprender, c) de la noche a la mañana torna anticuados oficios enteros y produce desocupación.

En la economía clásica, prosiguió, la mayoría de los trabajadores era sin calificar, ahora la tendencia se invierte y grandes masas pasan a engrosar el “lumpenproletariado”, “que pueden ser presa fácil de demagogos”. Por ello, Bunge aconseja dosificar la introducción de la automatización y planear cuidadosamente la reconversión industrial, si se quiere evitar una tragedia social.

Los países de desarrollo medio en su mayoría compran paquetes informáticos completos, lo que constituye “un pésimo negocio; es mejor invertir en cerebros vivos, como hicieron Estados Unidos y Japón. En Canadá las compañías informáticas de punta invierten diez por ciento en investigación y desarrollo, sufragado por el gobierno federal”. “Los países pequeños y medianos no pueden competir en ferretería, deben competir en lo único que sobra en esos países: cerebros, diseñando nuevos programas. Esto exige inversiones menores. No hacen falta más ordenadores, sino saber qué hacer con ellos, crear nuevos programas”.

“La revolución informática, con más moral y modestia, beneficiará a todos, a condición de que se la controle para no ampliar la brecha entre hombres ricos y pobres y entre países desarrollados y subdesarrollados”, adicionó el filósofo. La informática no es ciencia sino técnica y se la quiso convertir en “superstición”. Para evitarlo, “hay que desacralizar la cuestión, para evitar la creación de una nueva casta de `escribas`, detentadores del saber y del poder”.

Lo fundamental es para Bunge impedir que el control de los ordenadores quede en manos de dictadores autoritarios, de burócratas y desarrollar sociedades democráticas y participativas que aseguren un control de los ciudadanos. Los ordenadores también pueden ser “taparrabos de intelectuales ignorantes y favorecer a los impostores que fabrican ´basura intelectual”. Pero, sentenció “lo que natura no da, el ordenador no presta”. (Madrid, 22-3-1984)