Inmigrantes de primera, segunda y tercera clase, clasificados según la recepción, la vía de entrada o el costo que significa para cada aspirante, llegan, o intentan llegar, a España cada año.

Hay una primera clase que es considerada de tan alto rango que ni siquiera se la clasifica entre los ''inmigrantes''. Se trata de magnates árabes o de la reconvertida Europa oriental que, de tan bien considerados que son, ni siquiera llegan a tener que pedir formalmente su residencia.

Las penurias y dificultades quedan para quienes aspiran a entrar a España a trabajar, o a utilizarla como territorio de tránsito en su viaje hacia otros países europeos. Su intención es ganarse la vida trabajando y enviar dinero a su familia, o ahorrar hasta poder traerla consigo.

Los permisos de residencia legal y trabajo que cada año concede el gobierno de España, 15 de cuyos 40 millones de habitantes están en condiciones de trabajar, apenas llegan a 25.000.

En la provincia de Madrid, que alberga a la capital, se concedieron para todo 1998 apenas 4.473 permisos de trabajo de los 17.536 solicitados. La casi totalidad de los otorgados son para peones en la industria de la construcción o en el servicio doméstico.

La minoría que recibe permiso de trabajo y residencia puede considerarse privilegiada, si se la compara con los irregulares que llegan como polizones en barcos de carga, camiones, aviones de pasajeros o en las tristemente célebres ''pateras'', frágiles embarcaciones con las que cruzan el estrecho de Gibraltar.

La irregularidad consiste en carecer del visado o permiso de residencia. Las autoridades españolas califican esa carencia de ilegalidada, aunque los inmigrantes tengan todos sus papeles de identificación en orden.

Organizaciones humanitarias, como SOS Racismo, rechazan el calificativo de ''ilegal'' y recuerdan que hasta hace unos pocos años España regó de oleadas de inmigrantes a América y el resto de Europa.

El matutino madrileño El Mundo informó sobre una escala que cumplen irregulares que parten desde el norte de Africa.

Desde la ciudad de Tánger, Marruecos, en el extremo noroccidental de Africa, se puede ver la costa española. Allí, hacinados en camastros, durmiendo de a diez en un cuarto de ocho metros cuadrados, los candidatos a cruzar esperan su turno.

Un grupo de traficantes de personas alquila esos camastros a quienes los pueden pagar. A los que no, los envían a los montes cercanos, en los que acampan a riesgo de ser descubiertos por las fuerzas de seguridad marroquíes.

Entre los candidatos a cruzar el estrecho de Gibraltar hay muchos que recorrieron miles de kilómetros, procedentes de Africa subsahariana, mezclados con marroquíes, argelinos, tunecinos y saharauis.

Aziz, uno de esos traficantes, dijo a El Mundo que la mayoría de los trasladados jamás han visto el mar y no saben nadar.

Los dueños o encargados de las frágiles embarcaciones conocidas como ''pateras'' obligan a los pasajeros a lanzarse al mar cuando advierten la proximidad de una patrulla española. Así es como, a menudo, aparecen cadáveres en las playas españolas próximas a Gibraltar.

Pero también entre los que parten desde el norte de Africa se establecen profundas diferencias.

La escala más baja la ocupan quienes se trasladan abarrotados en ''pateras'', llamadas así porque son de bajo calado y, por lo tanto, aptas para navegar en lagos y embalses de poca profundidad, donde las utilizan los cazadores de patos.

Su porte les permite navegar en aguas de baja profundidad y atracar en playas alejadas de los puertos.

Otros irregulares se trasladan ocultos en el doble piso o el doble techo de camiones de carga, o en el ferry que une Tánger con la ciudad española de Algeciras. Para este viaje necesitan más dinero, pues deben comprar la discreción de los policías marroquíes.

Finalmente, están los ''atuneros'', pescadores que trasladan a los inmigrantes sin riesgo para la vida ni la seguridad, que son desembarcados en los puertos pesqueros y, desde allí, abandonados a su suerte.

La mayoría de los irregulares llegan con la dirección o el número de teléfono de un conocido, o del conocido de un conocido que emigró años antes. Con ese dato y algunas monedas en el bolsillo, se lanzan a buscar un lugar donde dormir y un trabajo mal pago.

Otros, que no se ahogaron ni pasaron, son detenidos por la policía española y devueltos a su lugar de embarque. Aunque se denomine a ese proceso ''repatriación'', muy pocos son los que vuelven a su tierra. Al menos eso no ocurre, con seguridad, con los africanos del sur del desierto del Sahara.