Un misterioso accidente provocó la caída de un avión DC-6 de la Fuerza Aérea de Chile, ocasionando la muerte de 38 pasajeros, entre los cuales había varios oficiales. La caída ocurrió a 1.175 kilómetros al sur de Santiago y a unos 500 metros de la pista de aterrizaje del aeropuerto El Tepual, en Puerto Montt.
Poco después de conocido este hecho, una circular emitida en Santiago por el juez de aviación prohibió a los medios de comunicación informar sobre lo sucedido "por cualquier medio", atendiendo a que "habían circulado versiones que no se ajustan a la verdad y que se pronuncian irresponsablemente sobre aspectos técnicos".
En efecto, ya habían circulado informaciones que colocan este "accidente" en la misma línea de otros ocurridos anteriormente, en especial de aquél que costó la vida al entonces ministro de Interior y segundo hombre en la jerarquía del Ejército, general Bonilla.
Omar Bonilla, un general de orientación demócrata-cristiana y con pretensiones populistas, intentó desde siempre lograr una base de apoyo en la población civil. Sus visitas a los barrios "callamás", rodeados de un fuerte esquema de seguridad, destacaban el aislamiento de la Junta. Ya en esa época, a principios de 1975, se conocía un plan destinado a apartar a Pinochet de su cargo y abrir el clásico período posterior al golpe en América Latina: el de la normalización convocando a los civiles a participar en un gobierno de transición. Pinochet recurrió a los servicios especiales de la policía política y Bonilla murió en la caída del helicóptero que lo transportaba.
Ahora le tocó al comandante de la guarnición aérea de Santiago y jefe del Comando de Combate, general Osvaldo Latorre. Otros cuatro oficiales de alto grado también se encuentran entre las víctimas.
Hace ya algún tiempo que se sabía que la Fuerza Aérea en general y en particular la guarnición de Santiago, estaba dando muestras de divergencias de criterios con Pinochet.
Cuando el presidente d ela Junta anunció su proyecto de "institucionalización" que abriría el camino al regreso del sufragio universal, por lo menos hasta 1981, otro miembro de la Junta, el comandante de la Fuerza Aérea, general Leigh, declaró públicamente su desacuerdo con el plazo establecido, que clasificó de "excesivamente largo".
La respuesta de Pinochet no se hizo esperar atacando a la Fuerza Aérea en la persona de su hombre más destacado, el general Latorre, que tenía el cargo clave de "comandante de combate".
La gran depuración del general Pinochet  
La situación en el seno de las Fuerzas Armadas chilenas, especialmente en el Ejército, no dejó de inquietar a Pinochet un solo instante después del golpe de estado contra Salvador Allende. La crisis económica que --pese al actual tratamiento de "choque"-  no puede ser superada, las condiciones por parte de la comunidad internacional, la actividad de la Iglesia, el paso a la oposición de la democracia cristiana, o la aparición de una corriente contestataria en el seno de los sindicatos tolerados y, en general, el descontento de la población, que se manifiesta de mil maneras, generaron un proceso creciente de desaliento y desconfianza de los altos mandos castrenses.
La tradicional rivalidad entre las diferentes armas del Ejército es hoy alimentada por rencores originados por la excesiva preponderancia del arma de Infantería --a la que pertenece Pinochet-- que abarca casi todo el generalato y diversos puntos clave. Partiendo del criterio de que "quien manda en el Ejército manda en el país", Pinochet cumplió una dura tarea para consolidar su poder. Apoyado en la todopoderosa DINA (Dirección de Informaciones Nacional), cuyos jefes responden directa y personalmente y delante de Pinochet, concentró, así, el poder en sus manos y lo ejerce implacablemente para limpiar el campo de rivales que pudiesen ensombrecer su poder.
Así, uno a uno, fueron eliminados los generales que programaron y consumaron el golpe del 11 de septiembre. De los 26 que estaban al servicio activo en esa época solo cinco, además de Pinochet, sobreviven a las depuraciones internas. Ellos son Hernán Brady, César Raúl Benavides, Carlos Forestier, Javier Palacios y Washington Carrasco, todos del arma de infantería y, curiosamente, todos con cursos realizados en academias militares norteamericanas, como Forte Benning, o en las bases antiguerrilleras de la zona del canal de Panamá.
¿Pinochet hasta 1991?  
Una etapa importante en esa gran depuración fue el pase a la reserva de los generales Arelano Stark, Bravo Munot y Court, que se realizaron en enero de 1976. Arellano Stark es tristemente célebre por una inspección que hizo en septiembre de 1973, días después del golpe de estado, durante la cual ordenó el fusilamiento de una cincuentena de partidarios del presidente Allende, en su mayoría dirigentes y militantes del Partido Socialista. En 1970 eran conocidas sus simpatías por el presidente Frei y por la democracia cristiana. A principios de 1975 comenzaron a correr rumores acerca de desacuerdos en la cúpula militar y señalábase a Arellano Stark como el cabecilla. Una grabación efectuada por la DINA durante una comida en casa del general Bravo Munez y en la que participaron Arellano Stark y Jorge Court, fue el detonador de la crisis que acabó con sus retiradas. En esa conversación habían hablado de la necesidad de no separarse y de crear una base de apoyo, convocando a políticos de simpatías democráticas, Frei entre otros.
Arellano Stark no fue eliminado físicamente, pero fue confinado a dirigir el club hípico de Santiago. De alguna manera tuvo más suerte que sus pares, Bonilla y Latorre.
Observadores de la capital andina hicieron notar que, a medida que fueran aumentando las presiones internas y externas en el sentido de producir alteraciones y apartar a Pinochet, más frecuentes y violentas serán las depuraciones, hasta que el medicamento sea administrado al propio presidente de la Junta.
Los que analizaron la respuesta de Pinochet a los planes de cambios, la respuesta que se sintetiza en el proyecto de quedar por lo menos hasta 1991 y su decisión de oponerse incluso por la fuerza a las alteraciones originadas por decisiones internas del ejército, coinciden en augurar un mal fin a Pinochet.
En la medida en que el mismo excluya la posibilidad de una salida negociada y promueve "accidentes", nada impedirá que a su vez otro "accidente" libere el camino del principal obstáculo a una salida negociada. Salida que contaría con las buenas gracias de la administración Carter y con el consenso de importantes fuerzas reformistas en el interior de Chile, aunque no es muy probable que esa salida se ponga en marcha a corto plazo. (Diario de Noticias, Portugal, 11-8-1977).