La información o comunicación social, salvo excepciones, está por debajo de lo que requieren las circunstancias y por detrás de la evolución de quienes marcan rumbos en la cuestión ambiental. Si en la información especializada existe un mejor tratamiento a cargo de ambientalistas institucionales o de ecologistas militantes, en la general dirigida al gran público la situación es bastante mala.


Ese maltrato informativo obedece tanto a los prejuicios tradicionales de los periodistas, a su falsa concepción de lo que es noticia, como a la escasa extensión entre ellos de los avances registrados en ecología, medio ambiente y desarrollo. La información ambiental, ya de por sí insuficiente por la exigua cantidad de medios especializados o por el escaso espacio que le dedican los de interés general, suele estar plagada de noticias sobre actuaciones oficiales y denuncias de carácter conservacionista.


Cuando no es oficial, la mayor parte del material producido es de carácter negativo, catastrofista, de efectos inmovilizadores sobre la opinión pública o movilizadores hacia el “no hacer”, hacia el dejar las cosas como están para preservar la naturaleza. En la primera mitad de este siglo la preocupación por conservar la naturaleza estaba radicada en los enamorados de las plantas bellas y de los paisajes que muy pocos podían disfrutar o en quienes se compadecían por el sufrimiento de algunos animales aunque muchas  veces olvidaran el de los seres humanos. Era, en suma, una preocupación de minorías y para minorías, cuya expresión más ilustrativa la constituyeron las sociedades protectoras de animales.


Pero, ya en la segunda mitad sonó un alerta más general: el planeta tierra se estaba destruyendo por la acción de los humanos: el aire se estaba volviendo irrespirable, las tierras fértiles iban siendo reemplazadas por áridos desiertos, las aguas quedaban imposibilitadas de albergar peces y los bosques conocían una reducción permanente y apresurada de sus áreas totales.


Ya no se trataba del sufrimiento, por lo demás lamentable, de un animal aislado sino de la extinción de especies enteras, no estaba en consideración la conservación de un bello paisaje, en sí mismo merecedor de atención y cuidados, sino la preservación de la base que sustenta a la sociedad humana. El resultado de esta toma de conciencia tuvo su efecto en los medios de comunicación, que comenzaron a recoger denuncias sobre esa degradación paulatina y alarmante. Pero mientras la conciencia ambientalista se desarrolló, su reflejo en la prensa quedó al nivel de aquél primer grito de alerta.


La idea de conservar la naturaleza sin afectarla fue rápidamente superada y quedo relegada a los mismos círculos de la primera mitad de siglo, equivalentes a las sociedades protectoras de animales. En su lugar fue apareciendo otra, que hoy es mayoritariamente aceptada en el plano teórico aunque se la deje de lado en la práctica: los países deben progresar en armonía con su medio ambiente.


Siempre que el hombre actúa, altera el medio ambiente que lo rodea. Todo el devenir de la sociedad humana, concebida como un conjunto, ha sido el de su interacción con el medio natural.  Una vez advertidos los deteriores que ocasionó una actuación inconsciente, egoísta e irresponsable, algunos plantearon la meta utópica y para la gran mayoría de la humanidad injusta, de mantener inalterable la naturaleza.


Es radicalmente injusto plantear esa inalterabilidad porque la enorme mayoría de la población mundial necesita que se produzca el desarrollo económico de sus países para poder acceder a una vida digna. De lo que se trata es que la utilización de la naturaleza se realice a conciencia, previendo los impactos, anticipando resultados y tendiendo hacia un desarrollo sostenido, que contemple la renovación de los recursos y que atienda al mejoramiento de la calidad de vida de la especie humana en su conjunto y no a simples metas consumistas, clasistas y discriminatorias para la mayoría.


Entre el medio ambiente y el desarrollo hubo, hay y habrá siempre, si es que sus mismas bases no resultan aniquiladas, una relación, armónica en los albores de la humanidad e inarmónica después. Alguien definió como relación óptima entre ambos términos aqu3ella en la que se establece una adecuada tasa del flujo de los recursos, en equilibrio o, si se quiere, aquella que cuando actúa rompe un equilibrio y crea otro a otro nivel, también armónico, entre la especie humana y su medio.


Los medios de comunicación, por acción o por omisión, juegan un papel importante en esa relación entre medio ambiente y desarrollo. Un análisis especial lo merecería el rubro publicitario que con su preponderancia de mensajes consumistas impulsa hacia un estilo de vida depredador de los recursos naturales. Consume hoy, consume todo lo que puedas, consume aunque el futuro se torne incierto, es un mensaje algo más que subliminal que está presente en la publicidad contemporánea. Pan para hoy, hambre para mañana, parece ser su filosofía.


Desgraciadamente, esa filosofía subyace también en la mayoría de las informaciones propiamente dichas, originadas a veces en las oficinas de prensa y relaciones públicas de consorcios poderosos o simplemente escritas bajo la influencia de un estilo de vida impuesto por la fuerza de la costumbre y de los intereses. El daño que significa para el medio ambiente y los recursos naturales no renovables la irradiación de esos mensajes es tan evidente que hace superfluas las explicaciones.


Pero los problemas más preocupantes son aquellos que se plantean entre quienes informan sobre medio ambiente de manera específica y cuyos planteos oscilas entre dos extremos: el catastrofista y el intrascendente.
El catastrofista es aquél que muestra los problemas agrandados, graves e irreversibles, aunque un serio tratamiento científico no permitiría afirmaciones tan rotundas. Esa actitud hace que el ciudadano común considere a esas cuestiones tan alejadas, tan fuera de su control como lo parece la carrera nuclear. Si los mares ya están irremisiblemente contaminados, si el aire que respiramos produce cáncer, si nada tiene remedio, si hay miles de bombas atómicas prestas a convertir el mundo en un autentico e inhabitable invernadero, ¿Para qué preocuparse, para qué luchar?


El intrascendente peca por lo contrario: atribuye carácter esencial a problemas que en sí mismos o por la manera en que son expuestos están lejos de concitar la atención de la mayoría ciudadana o de gobernantes capaces de revertir situaciones. Si ante proyectos hidroeléctricos, generadores de empleos y de futuras fuentes de trabajos, en un país con millones de desocupados, la reacción ecologista y con ella la de los medios es simplemente decir “no”, el aco de ambas será menor, local, inconducente y poco movilizador. Si en un país latinoamericano, agobiado por su deuda externa, se plantea la posibilidad de aumentar las exportaciones de cualquier materia prima, por ejemplo maderas, y alguien lo objeta bajo el argumento de que se reducirá el hábitat de especies en extinción es muy poco probable que encuentre muchos oídos receptores para su queja.


Sin embargo y sin caer en el periodismo pedagógico o fundado en “razones de estado”, es posible buscar el otro lado de la información. Con seguridad que, para seguir con los casos planteados, siempre habrá quien tenga un plan o encuentre ejemplos suficientes para mostrar que es posible hacer un pantano sin crear un desequilibrio fatal en el medio ambiente, o sugerir otro emplazamiento, o prever su impacto ambiental para reducirlo y encauzarlo.


Y si hay que aumentar las exportaciones de maderas habrá que dar voz en los medios a aquellos que presentan planes racionales y previsores de explotación de los montes, entre otras cosas para poder seguir extrayendo su materia prima sin agotar la fuente.


En conclusión: que se puede hacer periodismo ambiental, tanto en publicaciones especializadas como en la de interés general, de una manera tal que la información se enriquezca con más aristas y, por lo tanto, contribuya a un mejor desarrollo social. Para lograrlo lo primero es plantearse críticamente la propia manera de tratar las noticias, rechazar la rutina y, sobre todo, lo establecido por la tradición sin pasarlo antes por el tamir de la duda.
La información ambiental debería huir del catastrofismo, apuntar soluciones a los problemas, vincular medio ambiente y desarrollo y, muy especial, alentar la participación de los ciudadanos, sea institucionalizada o no.


El gran desarrollo de la ciencia y de la técnica en esta última parte del siglo contribuye a que el ciudadano común y corriente visualice cada vez más lejos de su alcance la solución de los grandes problemas. Las catástrofes medioambientales se le presentan como un nuevo diluvio universal capaz de trastocar por completo la vida sobre la faz de la tierra y ante el que no le queda ni siquiera el recurso de subirse a un arca de Noé.


La participación es algo más que una contribución válida en sí misma para cuidar los recursos naturales: es un eficaz medio de movilización para obtener que los poderes públicos se ocupen, ahora y con fuerza, de preservar el medio ambiente en vez de dejar la tarea a las próximas generaciones. (Madrid,7-7-1991)