Treinta candidatos que optan al Premio Cervantes, considerado el Nobel de la literatura castellana, evidencian el vigor del ensayo, la novela, la narrativa y la poesía en esta lengua. La lista de candidatos quedó cerrada anoche y el jurado se reunirá el 29 de este mes para dar a conocer al ganador, quien recibirá el premio de manos del rey Juan Carlos, en una ceremonia ya tradicional que se celebra todos los años el 23 de abril, día de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, en el paraninfo de la que fue la centenaria universidad de Alcalá de Henares, a 25 kilómetros de esta capital.

Entre los candidatos presentados están el paraguayo Augusto Roa Bastos, para quien se está preparando una semana de homenaje a partir del once de noviembre, las españolas Rosa Chacel y María Zambrano, el colombiano Gabriel García Márquez, el mexicano Juan Rulfo y el español Camilo José Cela, quien fue finalista el año pasado. El jurado será presidido por el ministro de cultura, Javier Solana e integrado por representantes de las academias de la lengua de España y Guatemala, el último galardonado con el premio, el argentino Ernesto Sábato y cuatro intelectuales designados por el presidente del Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI), el director general de Relaciones Culturales, el director general del Libro Español y el Consejo de Universidades.

Desde 1976,, cuando se entregó por primera vez este galardón, lo recibieron sucesivamente el español Jorge Guillén, el cubano Alejo Carpentier, los españoles Dámaso Alonso y Gerardo Diego, el argentino Jorge Luis Borges, el uruguayo Juan Carlos Onetti, el mexicano Octavio Paz, los españoles Luis rosales y Rafael Alberti y el argentino Ernesto Sábato. Este año vuelven a ser candidatos, además de Cela, el venezolano Arturo Uslar Pietri –cuya candidatura se presentó en todas las ediciones del premio, sin suerte-, el boliviano Guillermo Francovich y el argentino Ricardo Molinari.

La nueva reglamentación del premio, establecida por el socialista Javier Solana, permite que cada academia de la lengua y los galardonados en ocasiones anteriores puedan presentar hasta tres candidatos. Rosa Chacel y María Zambrano fueron propuestas tanto por Octavio Paz como por Rafael Alberti y si bien estos carecen de representación en el jurado, su fuerza extraliteraria –que en estos certámenes- tiene su peso, radica en su carácter de mujeres, ya que hasta ahora los ganadores siempre fueron varones.

Si bien las bases sobre las que debe deliberar el jurado señalan que solo se tomarán en cuenta los méritos literarios, fue habitual la consideración de otras razones a la hora de dictar los fallos en años anteriores. En algún caso, como el de Rafael Alberti, se quiso hacer justicia histórica a un poeta castigado por las estructuras académicas y políticas y en otro, como el de Ernesto Sábato, apoyar a la democratización en la Argentina.

El año pasado, al comentar el fallo a favor de Sábato, un miembro del jurado señaló a IPS: “La riqueza de nuestra literatura es tal, que entre varios finalistas deberíamos decidir por sorteo, por eso es legítimo que –poniendo por delante la calidad de la obra escrita- se tomen en consideración otras razones accesorias”. Augusto Roa Bastos, autor de “Yo, El Supremo”, decano de los exiliados latinoamericanos, recibió la nacionalidad española por decreto del gobierno presidido por Felipe González, es candidato de Juan Carlos Onetti. Si fuese galardonado, además de su obra se premiaría su labor de 40 años en la oposición al régimen del general Alfredo Stroessner y se llamaría la atención sobre la subsistencia de una de las dictaduras más antiguas del continente americano.

Cela, presentado por Luis Rosales, tiene el antecedente de haber sido finalista el año pasado, cuando también recibió el premio nacional de literatura, pero las consideraciones extraliteraria podrían desfavorecerle. Gonzalo Torrente Ballester lleva el importante apoyo de haber sido presentado por la academia española que, además, tiene voto en el jurado.

Sábato, propuso a Cela, al mexicano Juan Rulfo y a García Márquez, lo que podría demostrar que aun tiene sin decidir su voto. El colombiano hizo declaraciones a la prensa diciendo que hay otros mejores que él, que no le corresponde y casi como que no le interesa, haciendo recordar una actitud similar antes de que se le concediese el Nobel. Esta edición del premio será, en consecuencia, una de la más disputadas y polémicas, además de la más rica en número de candidatos.

La lista completa de aspirantes es: Rosa Chacel, María Zambrano, Ricardo Molinari, OIlga Orozco, Francisco Ayala, Guillermo Francovich, Augusto Guzmán, Gonzalo Torrente Ballester, Antonio Fernández Spencer, Arturo Aquero, Fernando Centeno y Joaquín Gutiérrez. Francisco Matos, Arturo Uslar Pietri, Roque Scarpa, Augusto Roa Bastos, José Agustín Balceiro, Odón Betanzos Palacios, José Ferrater Mora, Gabriel Celaya, Antonio Buero Vallejo, Luis Beltrán, Carlos Augusto León, Lucila Palacios, Víctor Cáceres y Eliseo Pérez Cadalso. (Ips Madrid, 2-11-1985)

Cuando todavía está fresco el fallo que otorgó a Rafael Alberti el Premio Cervantes en 1983, surgen voces que critican a las academias y sugieren una participación latinoamericana más representativa en la gestión de este galardón, considerado el Nobel de la literatura castellana.

Intelectuales latinoamericanos señalaron hoy a IPS que las academias latinoamericanas, salvo excepciones, tienen escasa vida y están, además, controladas por sectores conservadores, afectos a las dictaduras de turno. Una de las fórmulas propuestas consiste en hacer participar a sociedades de escritores, consideradas más representativas.

El Cervantes de este año fue adjudicado al poeta Rafael Alberti, propuesto por la academia de Colombia. Como finalistas quedaron Camilo José Cela y Arturo Uslar Pietri, candidateado éste por once academias, de Argentina, Chile, El Salvador, Estados Unidos, Filipinas, México, Panamá, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

Círculos conservadores, como el matutino madrileño ABC, consideraron que el premio quedó “desprestigiado” al habérselo otorgado a Alberti, pues su candidatura terminó de ser formalizada 27 días después de vencido el plazo, mientras que se atendió a las once academias que respaldaron a Uslar Pietri.

Editores muy contentos porque Alberti fue premiado, como el argentino Daniel Moyano, indicaron que la misma actitud de Colombia demuestra cuan alejadas están las academias latinoamericanas de la realidad cultural de sus países. Esa academia propuso primero la candidatura del argentino Jorge Luis Borges, ignorando que ya ganó ese premio años antes.

El poeta argentino Ariel Ferraro, expresó que el premio a Alberti “es muy merecido” y que el contacto de la Real Academia Española de la lengua con sus similares en América “no es afectivo ni es efectivo”. Además, “en España desconocen y se niega a conocer los valores de América”, añadió.

La Academia Argentina la preside Raúl Castagnino, un conservador profesor de literatura.. Para Moya no, las academias deben intervenir menos en la generación de este premio y dar paso, “por ejemplo”, a las sociedades de escritores. “En Argentina es mucho más representativa la sociedad argentina de escritores que la academia”, afirmó.

El presidente de la academia uruguaya es Arturo Sergio Visca, crítico literario, director de la Biblioteca Nacional y del suplemente cultural de El País, un matutino que se destaca por su apoyo a la dictadura de Uruguay, señaló a IPS el escritor Mario Benedectti. El escritor, exiliado en España, recordó que hace tres años un jurado otorgó el premio nacional de literatura al poeta Ildefonso Pereda Valdés, “pero como en su juventud publicó poema en un periódico de izquierdas, la dictadura presionó y logró que el jurado, que ya había dado y firmado su fallo, declarase desierto el premio”.

En Perú, la academia la preside el conservador Carlos Miró Quesada, director del diario El Comercio. En Chile Roque Estaban Scarpa, un historiador democristiano de centro derecha, quien mantuvo silencio político desde que triunfó el golpe de estado de 1973.

El área latinoamericana conoce también excesos y excepciones: en Brasil, el presidente de la Academia de Letras es el conservador Austregesilo de Athayde, quien preside desde hace más de una década una institución desmoralizada por la inactividad y la inclusión de miembros por razones políticas, como el general Lira Tavares, ex ministro del ejército, de quien se desconocen obras literarias.

Una excepción es la academia de Puerto Rico, que realiza una gran actividad en un país en el que defender el español significa enfrentarse, con matices, a la presión de la cultura anglosajona. La preside Salvador tío Montes de Oca, escritor y publicista, partidario de mantener la asociación con Estados Unidos, pero a la vez de lograr una mayor autonomía. Otros sectores de la academia militan en un nacionalismo más radical.

También se cuenta como una excepción a la academia de la lengua de Venezuela, presidida por José Ramón Medina, independiente, progresista y que anota también una gran actividad. Medina se dolió de que no hayan otorgado el premio a su compatriota Arturo Uslar Pietri, aunque expresó su “más amplio respeto y admiración por la figura intelectual y la obra” de Alberti.

En la misma línea de excepcionalidad se cuenta la Academia Mexicana de la Lengua Española, que está presidida por el diputado del Partido Revolucionario Institucional y novelista José Luis Martínez Rodríguez, quien fue director del Fondo de Cultura Económica. El uruguayo Juan Carlos Onetti, ganador del Cervantes en 1980, entiende que es lógico que en el jurado de este premio España tenga un mayor peso, (“el premio es de España, después de todo”), pero también que se debería abrir una mayor y efectiva participación a los países de América Latina.

En términos similares se pronunciaron Benedetti, Ferraro y Moyano, todos ellos residentes en Madrid, exiliados. “En muchos de nuestros países las academias de la lengua –y al decir esto pienso en especial en mi país, Uruguay—están controladas por los pocos intelectuales adictos a las dictaduras”, insistió Benedetti.

El jurado del Premio Cervantes lo constituyen ocho personas: el ministro de Cultura, el Director General del Libro, de ese mismo ministerio, el Director General de Cultura del Ministerio de Asuntos Exteriores y el Presidente del Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI), todos ellos funcionarios del gobierno.

Además, el representante de la Real Academia Española de la Lengua, un representante universitario, otro de una academia americana o felipina y el ganador del premio en el año inmediato anterior. El ministro de Cultura, Javier Solana, informó que para la próxima edición del premio se modificará el sistema de presentación de candidaturas y la composición del jurado, para hacerlo más democrático y representativo..(Ips-Madrid, 16-11-1983)

A tres lustros de iniciada la democracia de España y a pesar de las solemnes declaraciones de hermandad, en este país todavía se mantiene la confusión acerca de cómo se debe denominar a los países de América de habla hispana y portuguesa, y en los discursos oficiales predomina la expresión de “Iberoamérica”, con una inocultable pretensión de hegemonía, mientras los nostálgicos más recalcitrantes hablan lisa y llanamente de “Hispanoamérica”.

En estos días, en los que se anuncian cambios en el gabinete de Felipe González, que comenzaría con el relevo de Luis Yáñez al frente de la Secretaría de Estado para la Cooperación Internacional e Iberoamérica sería útil que esa confusión terminológica se aclare, porque tras las palabras se ocultan concepciones políticas acerca de las relaciones de España con sus ex colonias.

Muchas cosas ocurrieron y muchas definiciones nacieron y murieron desde que los primeros cronistas de Indias, como Pedro Cieza de León, denominaron “Nuevo Mundo de Indias” o “Indias del Mar Océano” a aquellos territorios, hasta que sus habitantes resolvieron denominarse a sí mismos como latinoamericanos y a su región como América Latina o en la expresión oficial de sus estados, América Latina y el Caribe.

El socialista Enrique Barón, presidente del Parlamento Europeo, reconoce como legítima esa expresión bajo un argumento incontestable: “En América Latina sus habitantes denominan así a la región y a la gente para tratarla con respeto hay que reconocerle su propio nombre”. En rigor ninguna de las denominaciones que puedan historiarse resiste un análisis científico. Se suelen mencionar expresiones con las que los indígenas designaban a la tierra, como “Abia Ayala”, en Panamá, “Netumán Talteche”, en El Salvador, “Pacha Mama”, en ciertas zonas de América del Sur. Todas ellas se refieren a la “Madre Tierra”, pero como algo cercano, propio que da y sostiene la vida y distan de abarcar a la totalidad de un territorio o región.

La denominación de Hispanoamérica tiene varios tiempos, La primera que dominó en todo el siglo XIX, diseñada por el libertador Simón Bolívar, apuntaba a la unión de las repúblicas recién liberadas y, paradójicamente, según comenta Rojas Mix, era profundamente anti-hispánica. La segunda apareció en 1898, durante la guerra de Cuba, tiene un carácter ciertamente pro español y resumen un discurso español hegemónico con respeto de la América Latina, en torno de ideas de Ramiro de Maezu. Ese concepto de hispanidad será el que dé nacimiento a los institutos de cultura hispánica que durante años fueron nido de los sectores más reaccionarios del franquismo y que en algunos perdura todavía en las penumbras de la nostalgia.

Una tercera variante, que puede ser aceptada como legítima en la actualidad, es la que permite ese término para definir al conjunto de países que reconocen al español o castellano como su propia lengua. Así, se puede hablar de una literatura hispanoamericana para referirse a todo lo escrito en español y sin menoscabo de que existan también la literatura latinoamericana, la española, la argentina, brasileña, mexicano o de cualquier otra nación.

La noción iberoamericana fue también un producto de la guerra de Cuba y apuntaba a recuperar en lo cultura el imperio desaparecido y sus defensores, a partir de 1904, la usaban en contra del término Latinoamérica. Desde entonces, quienes dentro o fuera del aparato de Estado español tienen una concepción de hegemonía –cultural, ya que de otro tipo reconocen carecer totalmente de posibilidades—sobre sus ex colonias, utilizan el término Iberoamérica como sinónimo de Latinoamérica. Ello se nota en los discursos oficiales y en la denominación de reparticiones, como la mencionada Secretaría de Estado o Direcciones Generales de varios ministerios.

Los cambios en el gabinete podrían ser una buena oportunidad para que, al redactar los decretos de nombramiento, se recogiera la denominación de América Latina y el Caribe. No sería inoportuno, al mismo tiempo, que los gobiernos de aquella región instruyeran a sus ministros y funcionarios para que no cedan como hacen algunos a la tentación de “satisfacer” a sus homólogos españoles cuando vienen a España a gestionar créditos o cooperación, y hablan de Iberoamérica en forma impropia, dando la ingrata impresión del ciervo que quiere congraciarse con su amo.

La denominación de América Latina registra también otros tiempos. A mediados de este siglo fue reivindicada por los desarrollistas, agrupados en torno a Raúl Probish en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL). Poco después, con el triunfo de la Revolución Cubana, se convirtió en la bandera de los movimientos de liberación nacional y social, armados o no y, unida a la reivindicación de los desarrollistas, adquirió una carta de existencia definitiva como señal de identidad de una región que se negaba a ser colonia de los Estados Unidos de Norteamérica.

En la actualidad, superada esa etapa, el concepto de América Latina aparece ligado al reconocimiento de la necesidad de la integración como una condición indispensable para que la región se reincorpore a la economía mundial en condiciones competitivas. La desgraciada guerra de las Malvinas actuó como un detonante para el resurgimiento de una nueva conciencia latinoamericana, a la que la constitución y el fortalecimiento del Grupo de Río auguran la probabilidad de concretar en hechos las declaraciones de unidad y cooperación. Hoy más que nunca los habitantes de la América de habla hispana y portuguesa se sienten identificados con el nombre de Latinoamérica.

Al mismo tiempo en los sectores más progresistas de España se le está dando un nuevo significado al término Iberoamérica, que ya no utilizan como sinónimo de América Latina, sino como el denominador de una comunidad cultural más amplia, integrada por esa región más España y Portugal. Incluso existe una institución intergubernamental: la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura –OEI- integrada en igualdad de condiciones por España y la mayoría de los países latinoamericanos. Con esa acepción no deberían existir motivos de rechazo al término, ya que designaría a una cosa distinta que América Latina y, si se quiere, más amplia. El gobierno español debería ser consecuente con esa interpretación y reemplazar, en todos los organismos y discursos que se refieren a aquella región y dejar ese último sólo para aquellos que engloban también a España y en un plano de igualdad.

Lo contrario, sólo serán supervivencias de un espíritu colonialista, impropio de la época actual y de la España democrática.

Queda mientras tanto para los latinoamericanos la posibilidad de recuperar el uso de nombre América y el gentilicio americanos para designarse a sí mismos, algo de lo que están imposibilitados por ahora en virtud de la apropiación indebida realizada unilateralmente por los todavía poderosos vecinos del norte. Algún día serán ellos los que tendrán que inventarse un gentilicio -¿Usamericanos?, “Nuestra América”, como la llamó José Martí, tiene cien nombres, pero hoy por hoy, el reconocido por los propios interesados es el de América Latina. (Madrid, 28-12-1988)

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