Madrid, marzo de 1991. A tres lustros de iniciada la democratización de España, y a pesar de las solemnes declaraciones de hermandad, en este país todavía se mantiene la confusión acerca de cómo se debe denominar a los países de América de habla hispana y portuguesa, y en los discursos oficiales predomina la expresión de Iberoamérica, con una inocultable pretensión de hegemonía, mientras los nostálgicos más recalcitrantes hablan, lisa y llanamente, de Hispanoamérica.
En estos días de cambios en el Gabinete de Felipe González, que incluyen el relevo de Luis Yáñez al frente de la Secretaría de Estado para la Cooperación Internacional e Iberoamérica, sería útil que esa confusión terminológica se aclare, porque tras las palabras se ocultan concepciones políticas acerca de las relaciones de España con sus ex colonias.
Muchas cosas ocurrieron y muchas definiciones nacieron y murieron desde que los primeros cronistas de Indias, como Pedro Cieza de León, denominaron Nuevo Mundo de Indias o Indias del Mar Océano a aquellos territorios, hasta que sus habitantes resolvieron denominarse a sí mismos como latinoamericanos, y a su región, como América Latina, o en la expresión oficial de sus Estados, América Latina y el Caribe.
El socialista Enrique Barón, presidente del Parlamento Europeo, reconoce como legítima esa expresión bajo un argumento incontestable: "En América Latina, sus habitantes denominan así a la región, y a la gente, para tratarla con respeto, hay que reconocerle su propio nombre".
En rigor, ninguna de las denominaciones que puedan historiarse resiste un análisis científico. Se suelen mencionar expresiones con las que los indígenas designaban a la tierra, como Abia Ayala, en Panamá; Ne tunan talteche, en El Salvador, o Pacha mama, en ciertas zonas de América del Sur. Todas ellas se refieren a la madre tierra, pero como algo cercano, propio, que da y sostiene la vida, y distan de abarcar a la totalidad de un territorio o región. No obstante, la principal objeción para adoptar cualquiera de ellas es que su uso como sinónimo de América ni siquiera se ha generalizado entre los pueblos indígenas.
Si no existe un nombre indígena que se pueda reivindicar, y siguiendo una ruta de justicia histórica, se podría aceptar alguno derivado del nombre o apellido de Cristóbal Colón. No faltaría quien hiciera notar que el almirante de la Mar Océana murió convencido de que había llegado a Asia y desconociendo que en el camino se encontró a todo un continente hasta entonces ignorado por los europeos. Parece haber un consenso en que el nombre de América se impuso, y debe ser aceptado, para gloria de un italiano nacionalizado español, Américo Vespucio. Las discusiones aparecen a la hora de agregarle sílabas que permitan diferenciar a la América meridional de la sajona.
El historiador y escritor chileno Miguel Rojas Mix recoge en un libro de próxima aparición sus investigaciones acerca de todos los nombres que se fueron sucediendo y sus relaciones con la búsqueda de una identidad latinoamericana.
En contra de lo que afirman la mayoría de los españoles que rechazan el término Latinoamérica de que fue inventado por los franceses, Rojas Mix señala que la autoría corresponde al chileno Francisco Bilbao, que en 1856 usó esa denominación y el gentilicio latinoamericano, y publicó varios trabajos defendiendo la necesidad de unir a la América Latina para oponerse a Estados Unidos, que, decía, "cree en su imperio como Roma creyó en el suyo", demostrándolo ya en esa época con la anexión de millones de kilómetros cuadrados de su vecino México.
Bien es cierto que Francia recibió con alborozo el neologismo, y se apresuró a propagarlo como una manera de afirmar su presencia colonialista en América y de ratificar sus pretensiones hegemónicas en todo el mundo. Ante ello, quienes en España niegan hoy la denominación de América Latina argumentan que aceptarla sería reconocer el triunfo o hegemonía de Francia, como si se tratara de optar por uno u otro amo, aunque más no sea en el plano cultural. Algo que de sólo plantearlo resulta un insulto para los latinoamericanos lo suficientemente adultos como para rechazar cualquier hegemonía.
Todas las demás denominaciones que se propusieron y algunas de las que se utilizan tienen alguna razón de ser, pero son incompletas y carecen de la legitimación dada por los interesados directos a través del uso.
Indoamérica, una expresión acuñada en 1930 por el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre como reivindicación indigenista, y retomada con un contenido socialista por su connacional José Carlos Mariátegui, es también parcial, pues deja de lado el ingrediente africano, que, en mayor o menor medida, está presente en toda América. El término Afroamérica nació por la misma época y logró afirmarse en el campo cultural, pero, al igual que Indoamérica, no resistió la prueba del uso.
La denominación de Hispanoamérica tiene varios tiempos. La primera, que dominó en todo el siglo XIX, diseñada por el libertador Simón Bolívar, apuntaba a la unión de las repúblicas recién liberadas y, paradójicamente, según comenta Rojas Mix, era profundamente antihispánica. La segunda apareció en 1898, durante la guerra de Cuba; tiene un carácter ciertamente proespañol y resume un discurso español hegemónico con respecto a la América Latina, en torno a ideas de Ramiro de Maeztu. Ese concepto de hispanidad será el que dé nacimiento a los institutos de cultura hispánica, que durante años fueron nido de los sectores más reaccionarios del franquismo y que en algunos pervive todavía en las penumbras de la nostalgia.
Una tercera variante, que puede ser aceptada como legítima en la actualidad, es la que acepta ese término para definir al conjunto de países que reconocen al español o castellano como su propia lengua. Así, se puede hablar de una literatura hispanoamericana para referirse a todo lo escrito en español y sin menoscabo de que existan también la literatura latinoamericana, la española, argentina, brasileña, mexicana o de cualquier otra nación.
La noción iberoamericana fue también un producto de la guerra de Cuba y apuntaba a recuperar en lo cultural el imperio desaparecido, y sus defensores, a partir de 1904, la usaban en contra del término Latinoamérica. Desde entonces, quienes dentro o fuera del aparato de Estado español tienen una concepción de hegemonía -cultural, ya que de otro tipo reconocen carecer totalmente de posibilidades- sobre sus ex colonias utilizan el término Iberoamérica como sinónimo de Latinoamérica. Ello se nota en algunos discursos oficiales y en la denominación de reparticiones, como la mencionada secretaría de Estado o direcciones generales de varios ministerios. Los cambios en el Gabinete Podrían ser una buena oportunidad para que, al redactar los decretos de nombramiento, se recogiera la denominación de América Latina y el Caribe. No sería inoportuno, al mismo tiempo, que los Gobiernos de aquella región instruyeran a sus ministros y funcionarios para que no cedan, como hacen algunos, a la tentación de satisfacer a sus homólogos españoles cuando vienen a España a gestionar créditos o cooperación y hablan de Iberoamérica en forma impropia, dando la ingrata impresión del siervo que quiere congraciarse con su amo.
La denominación de América Latina registra también otros tiempos, además del liminar de Bilbao. A mediados de este siglo fue reivindicada por los desarrollistas, nucleados en torno a Raúl Prebisch en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL). Poco después, con el triunfo de la revolución cubana, se convirtió en la bandera de los movimientos de liberación nacional y social, armados o no, y unida a la reivindicación de los desarrollistas, adquirió una carta de existencia definitiva como señal de identidad de una región que se negaba a ser colonia de Estados Unidos de Norteamérica.
En la actualidad, superada esa etapa, el concepto de América Latina aparece ligado al reconocimiento de la necesidad de la integración como una condición indispensable para que la región se reincorpore a la economía mundial en condiciones competitivas. La desgraciada guerra de las Malvinas actuó como un detonante para el surgimiento de una nueva conciencia latinoamericana, a la que la constitución y el fortalecimiento del Grupo de Río auguran la probabilidad de concretar en hechos las declaraciones de unidad y cooperación. Hoy más que nunca, los habitantes de la América de habla hispana y portuguesa se sienten identificados con el nombre de Latinoamérica.
Al mismo tiempo, en los sectores más progresistas de España se le está dando un nuevo significado al término Iberoamérica, que ya no utilizan como sinónimo de América Latina, sino como el denominador de una comunidad cultural más amplia, integrada por esa región más España y Portugal. Incluso existe una institución intergubernamental, la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), integrada en igualdad de condiciones por España y la mayoría de los países latinoamericanos. Con esa acepción no deberían existir motivos de rechazo al término, ya que designaría a una cosa distinta que América Latina y, si se quiere, más amplia. El Gobierno español debería ser consecuente con esa interpretación y reemplazar, en consecuencia, por Latinoamérica la expresión Iberoamérica en todos los organismos y discursos que se refieren a aquella región, y dejar esa última sólo para aquellos que engloben también a España y en un plano de igualdad. Lo contrario sólo serán supervivencias de un espíritu colonialista, impropio de la época actual y de la España democrática.
Queda, mientras tanto, para los latinoamericanos la posibilidad de recuperar el uso del nombre de América y el gentilicio americanos para designarse a sí mismos, algo de lo que están imposibilitados, por ahora, en virtud de la apropiación indebida realizada unilateralmente por los todavía poderosos vecinos del Norte. Algún día serán ellos los que tendrán que inventarse un gentilicio (¿usamericanos?). "Nuestra América", como la llamó José Martí, tiene cien nombres, pero, hoy por hoy, el reconocido por los propios interesados es el de América Latina. (El País, 4-4-1991)

El periodista y filólogo colombiano Óscar Gil acaba de comentar en un artículo la errata cometida por el equipo gubernamental del presidente Juan Manuel Santos, al anunciar que negociará con las Farc, el grupo guerrillero extremista que desde hace décadas hace correr ríos de sangre en ese país.

El portavoz gubernamental dijo que “… al lado de él habrán otras personas”, en un acto emitido por Caracol Radio. Está claro que debería haber dicho que “… al lado de él habrá otras personas”.

Leer más...

Con problemas todavía sin resolver, el vicedirector de la Real Academia Española (RAE), José Antonio Pascual, está dirigiendo los trabajos para el desarrollo del Nuevo Diccionario Histórico de la Lengua Española (NDHE). El problema más serio, comentó durante una conferencia que impartió en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) , es buscar y clasificar “todas las palabras registradas” en cualquier soporte a lo largo de los siglos.

Leer más...
Página 7 de 16