Juan Carlos, rey de España por la gracia de Franco, el hombre elegido siendo niño por el dictador para su sucesión, el adolescente cuya educación fue controlada paso a paso para asegurar una continuidad sin sobresaltos, el títere que sería manejado por otros, cortó de forma precoz y audaz las ligazones con el antiguo régimen.


    En unas Cortes renovadas, con carpetas ocultando lápidas como "Caídos por Dios y por la Patria", Juan Carlos hizo un discurso que no fue convencional. Podría haber optado, en ese sentido, por frases simples y vacías de contenido, o copiar la costumbre británica, donde el rey se limita a leer un documento elaborado por la mayoría parlamentaria. Pero Juan Carlos adoptó otra actitud.

    Sobriamente vestido, con uniforme oscuro de capitán-general, sin galardones ni medallas, el rey delineó, en 15 minutos, una política que sorprendió a los más escépticos. Dijo una frase que habría hecho saltar de la tumba los huesos de Franco cuando precisó que "la democracia comenzó... ahora tenemos que consolidarla". Pero la más trascendente fue aquella en la que se proclamó "monarca constitucional", sometiéndose de antemano a una Constitución cuya redacción todavía no fue iniciada. Y lo más emocionante fue el énfasis en la ciudadanía, al decir que "la ley obliga a todos por igual".

    Estas palabras simples y la afirmación de que "las diferentes ideologías que aquí están presentes no son más que modos diferentes de entender la paz, la justicia, la libertad y la realidad histórica de España", fueron la pala de arena dejada sobre la tumba de Franco y el franquismo.

    Se cortaron las ligazones con el pasado y se fijaron también metas políticas: elaborar una Constitución que "atienda a todas las particularidades de nuestro pueblo y que garantice sus derechos históricos y actuales, que establezca la autonomía regional siempre que no debilite la unidad indiscutible de España". Una Constitución, en suma, que establezca un marco de justicia en las relaciones entre los hombres y el ejercicio de la autoridad sin discriminaciones.


   Después de destacar que lo que más dignificará a quienes incumbe resolver el destino del país y la aceptación de normas que esas cámaras elaborarán, Juan Carlos señaló que "solo una sociedad que atienda los derechos de las personas para proporcionar oportunidades iguales y evitar las desigualdades sociales, puede ser hoy una sociedad libre".



Opinión de los políticos 


    Como era previsible, Adolfo Suarez dijo que fue un excelente discurso, en el momento oportuno y con perspectivas para el futuro. Javier Solana, de la executiva del PSOE, manifestó que se trata de un discurso respetuoso, acogido con interés. Hernández Gil, presidente de las Cortes, repitió palabras del rey para calificar el discurso.

    Santiago Carrillo, el polémico dirigente comunista, señaló que "fue un discurso positivo y bueno. El Rey expuso ideas generales, que pienso serán compartidas por la mayoría de la Cámara. La cuestión es, ahora, llevarlas a la práctica y en ese punto es que pueden surgir las divergencias".

    No todos expresaron opiniones como éstas. Los diputados de las regiones mostraron descontento. Refiriéndose al problema de las nacionalidades, el catalán Jordi Pujol dijo que "la referencia fue muy confusa", en tanto que el también catalán Xirinachs calificó el discurso de genérico, informando que su pueblo no se conformará con simples referencias a particularidades regionales.

    A su vez el diputado vasco Letamendía lo consideró "completamente vacío, pues no hizo referencias a la amnistía y a las nacionalidades".

    Pero la crítica más fuerte provino de un partido extraparlamentario. José María Pavala, secretario general del Partido Carlista, dijo que el discurso del Jefe de Estado (evitó referirse a él como rey) fue convencional en un sistema parlamentario burgués. Agregó que "en el caso español abre la perspectiva del inicio de la democracia formal que mantenga el sistema capitalista en su forma de democracia burguesa".

    Hay algo de verdad en esto. Existen también intenciones del régimen de efectuar concesiones antes de que estas sean reclamadas más enérgicamente, de forma de presentar una monarquía más parecida a una república, antes que el fantasma republicano agite al país. Es cierto ello, como también es cierto que subsisten restos del franquismo. Pero de un franquismo en decadencia. Un franquismo que cavó su propia sepultura y que resiste al amanecer alegre y profundo del pueblo español.

    Y, se quiera o no, la figura de Juan Carlos adquirió una dimensión totalmente inesperada y el discurso ante las Cortes constituye un acto político de excepcional importancia, por el que ganó seguramente el derecho de hablar de una "Historia antes y después de Juan Carlos". (Portugal, Diario de Noticias, 5-8-1977)