La conmemoración este año del 50 aniversario de los acuerdos de Bretton Woods, que dieron nacimiento al Fondo Monetario Internacional (FMI), al Banco Mundial (BM) y al Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT), es una ocasión propicia para analizar lo ocurrido en ese medio siglo en la economía mundial y, sobre todo, lo que puede suceder en el próximo.


U n artículo del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Lloyd Bentsen y otro del embajador de ese país en España, Richard Gardner, ayudan a comprender tanto 90 la evolución de esas instituciones como lo que se puede esperar de ellas en el futuro. 


Gardner sostiene que, a pesar de los cambios experimentados por el mundo en ese medio siglo, “los objetivos básicos que inspiraron el trabajo de los padres fundadores son hoy día tan válidos como lo fueron en Bretton Woods hace 40 años”.


Los padres fundadores, es decir, los que se reunieron en Bretton Woods, tuvieron su logro más importante en “la creación de estructuras duraderas para la resolución cooperativa e internacional de problemas”, según Gardner. Eso habría representado “una victoria sobre el nacionalismo económico y las políticas de empobrecer al vecino, del período de entreguerras”.


El embajador añade como logros el haber creado un período de prosperidad y crecimiento sin precedentes: tanto la producción como el comercio mundial se multiplicaron por cien y ello se tradujo en “una mejora extraordinaria en el bienestar del hombre de la calle”.


Sin embargo, fuentes tan poco sospechosas como la ONU sostienen que “las naciones pobres no pueden participar en igualdad de condiciones en los mercados internacionales ni brindar oportunidades de mercado a sus propios habitantes”. La misma fuente señala que el 20% más pobre de la población mundial en 1960 se empobreció más aún en 1990, según todos los indicadores en términos porcentuales, la participación en el Producto Bruto Mundial pasó de 2,3 a 1,3; en el comercio de 1,3 a 0,9; en la inversión interna del 3,5 al 1,1; en el ahorro del 3,5 a 09, y en el crédito comercial del 03, al 0,2.


Por otro lado,, el 20% más rico de los habitantes que en 1960 acaparaba el 70% de los ingresos, en 1989 pasó a concentrar el 83%.


¿Se puede hablar, entonces, de “resolución cooperativa internacional de los problemas” y de que se registró “una mejora extraordinaria en el bienestar del hombre de la calle"? Esto no es válido ni siquiera dentro de los Estados Unidos, el país más beneficiado por la acción del FMI, el BM y el GATT. Entre 1980 y 1989 el ingreso de las familias más acaudaladas de Estados Unidos, que representan el uno por ciento del total, creció más del 63%. En cambio, el 60% de las familias experimentaron disminuciones en sus ingresos.


Walden Bello afirma que la política del ajuste estructural convirtió a los países del Tercer Mundo en irrelevantes dentro del concierto mundial y que a causa de esa política, transfirieron más de 178.000 millones de dólares a los bancos comerciales del Norte, sólo entre 1984 y 1990, sin por ello acusar una reducción neta de su endeudamiento.


Lloyd Bentsen de alguna manera confirma esta idea cuando dice que las exportaciones de los Estados Unidos a los países que recibieron préstamos del Banco Mundial aumentaron el 12% anual, en tanto que sus ventas a los países que no los recibieron ni liberalizaron el comercio sólo crecieron un 4% anual.


Ni siquiera se puede decir que todo el pueblo norteamericano, ni su mayoría, se benefician del aumento de sus exportaciones derivadas de la aplicación de políticas de ajuste en el Tercer Mundo y de la orientación de los créditos del BM, en uno de los principales rubros de exportación de ese país, la agricultura, la renta de los productores es del cinco al diez por ciento del precio pagado por los consumidores, según Wes Jackson, director del Land Institute de Kansas. Es más, según del Departamento de Agricultura, el 7% de las explotaciones controlaba más del 50% de las tierras agrícolas norteamericanas.


Sin embargo, Bentsen acierta cuando dice que el desafío del Banco Mundial  -“que da los primeros pasos para cambiar su política de gestión y el enfoque de sus actuaciones--, es poder conseguir su objetivo a largo plazo: el desarrollo de lo que él llama las economías emergentes, para referirse al Tercer Mundo".


Pero el secretario del Tesoro no acierta en las soluciones, pues pide más de lo mismo: entiende que con respecto a la coordinación de la política económica de las naciones “es mejor adoptar una postura flexible” y recomienda “la cooperación y las consultas en un clima de tranquilidad” como “la mejor forma de asegurar la estabilidad económica”. Gardner tampoco quiere cambios, pues dice que lo necesario es “usar las instituciones que hemos heredado (FMI, BM, GATT) con el mismo espíritu de internacionalismo constructivo que demostraron los artífices del orden económico de la posguerra”.


Para hablar de cambios positivos es necesario tomar en cuenta al menos dos factores: a) el dominio del comercio mundial por un puñado de grandes empresas transnacionales; b) el control del FMI y el BM por los países del Norte, con preponderancia dentro de éstos de los Estados Unidos.


Sólo cinco empresas controlan el 77% del mercado mundial de cereales, tres controlan el 85% del mercado del cacao y cuatro el 87% del tabaco. Los dos tercios del mercado mundial en su conjunto están controlados por medio millar de empresas.


Herman Daly, ex economista del Banco Mundial, sostiene que incluso el nuevo libre comercio que promueve el GATT no es libre, sino que hará que los grandes comercializadores crezcan aún más. Por ello, Kzuo Inamori reclama un sistema de verificaciones sociales para que “el inmenso poder de las grandes compañías no sea aprovechado o usado exclusivamente para los intereses de ciertas personas… las compañías tienen que ser conducidas de manera justa, para el beneficio de la sociedad como un todo”. Esa verificación social requiere una reforma de las instituciones internacionales, comenzando por las Naciones Unidas, en cuyas decisiones el Tercer Mundo no tiene un peso efectivo y en las que cinco Estados tienen el antidemocrático derecho al veto.


También el Norte controla el FMI y el BM. Los 24 países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) poseen las dos terceras partes de los votos del BM y el 55% de los votos del FMI. En éste, cinco países: Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia y Japón controlan el 44% de los votos. China, con 1.100 millones de habitantes apenas tiene el 2,5% de los votos y Estados Unidos, con menos de un cuarto de esa población, dispone del 19%.


Es difícil determinar si son necesarias nuevas instituciones que se añadan o reemplacen a las tres nacidas en Bretton Woods. En cambio, hay elementos suficientes como para afirmar que no pueden ser mantenidas tal como están, en cuanto a su estructura y gobierno, ni con su actual orientación.


El debate del cincuentenario debería servir para rectificar la política del FMI y el BM, ponerlos totalmente al servicio de un nuevo sistema económico mundial más justo y equilibrado, capaz de permitir un desarrollo integral del Sur y dotarlos de una estructura de gobierno democrático.


Mientras, las autoridades del FMI podrían aprovechar su vecindad y cercanía con el despacho de Lloyd Bentsen en Washington y hacerle una visita. Después de todo, si envían misiones cruzando todo el mundo para inspeccionar las finanzas de los pequeños Estados, que apenas influyen en la economía mundial y dictarles políticas de ajuste fiscal y monetario, cabe preguntarse por qué no lo hacen con los Estados Unidos, un país con influencia decisiva en la escena internacional y poseedor del poco honroso título de ser el estado más endeudado del mundo. Un ajuste podría ayudar a estabilizar el dólar y con ello el sistema financiero mundial. (Diario El Mundo, Madrid, 27-8-1994)