Existen posibilidades concretas de que el “Guernica”, la más nombrada de las obras de Picasso, llegue a España. Sin embargo, la interpretación de las cláusulas testamentaria del genial pintor y otros intereses, permiten prever que será un largo camino el que tendrá que recorrer. El senado de Estados Unidos aprobó una resolución expresa del deseo oficial que le cuadró, depositado en el museo de arte poder de Nueva York, sea “devuelto” a España, “en un futuro próximo y a través de los procedimientos legales”.

   La obra fue encomendada a Picasso por el gobierno de la república con destino al pabellón español de la exposición internacional de París. Los primeros bocetos fueron realizados a los pocos días de producido el bombardeo sobre la Villa de Guernica. El gobierno de la república no compró el cuadro, sino que se comprometió a compensar al pintor los gastos efectuados, aunque no existen constancias de que lo haya hecho y si diversas opiniones al respecto.

   De lo que no existen dudas, es de que el soberbio mural perteneció en propiedad a su autor, hecho que da sobrada fuerza a su testamento, en el que hizo donación al pueblo español. Dos cláusulas muy precisas lo condiciona: el restablecimiento de la república y la exigencia de que el cuadro fuera expuesto en el Museo del Prado de esta capital. Curiosamente, la primera cláusula, que es la que más elementos presta para considerar que no están dadas las condiciones para el traslado, es la que menos resistencias ha ofrecido. Tanto los herederos de Picasso como las directivas del museo de arte moderno, entendieron que el actual proceso democratizante cumplirá los deseos de Picasso, aunque no haya precisamente una república.

   En un primer momento Roland Dumas, abogado de la familia Picasso, entendía que debía transcurrir un plazo de diez años para comprobar si la democracia se consolidaba, aunque finalmente aceptó reducirlo a dos años. Curiosamente, la primera cláusula, que es la que más elementos presta para considerar que no están dadas las condiciones para el traslado, es la que menos resistencias ha ofrecido. Tanto los herederos de Picasso como los directivos del Museo de Arte Moderno, entendieron que el actual proceso democratizante cumplirá los deseos de Picasso, aunque no haya precisamente una república.

   En un primer momento Roland Dumas, abogado de la familia Picasso, entendía que debía transcurrir un plazo de diez años para comprobar si la democracia se consolidaba, aunque finalmente aceptó reducir a dos años, ya cumplido el citado plazo. La segunda, sigue engendrando polémicas. Por un lado hay quienes sostienen que es la Villa de Guernica, inspiración del artista, la que debe recibirlo, en el arco de un museo más amplio, destinado a la resistencia. Parece poco probable que esta interpretación pueda concretarse.

   Si el cuadro llega por primera vez y no devuelto a que mal se puede devolver algo que nunca estuvo en España, su destino lógico, al buen entender de los expertos, está en el museo del Prado. El director de este museo, Pita Andrade, declaró que no hay ni habrá problemas para recibirlo, comprometiéndose a habilitar una sala especialmente, con los debidos acondicionamientos para que la frágil obra no sufra perejuicios.

   Pero si la resolución del senado o del gobierno norteamericano tienen fuerza de ley sobre una institución privada como Museo de Arte Moderno. La única instancia que podría obligarlo es la resolución de un organismo judicial. Se dice que un 65% de los más de tres millones de visitantes anuales que tiene el museo, asisten especialmente atraídos por el Guernica. Si se tiene en cuenta que –excepto domingos y lunes- cada visitante paga dos dólares y medio de entrada, se comprenderá que existan motivos de peso para demorar al máximo la entrega del mural. El Guernica llegará, finalmente a su auténtico propietario, el pueblo español. Puede, no obstante, que el camino sea largo. (Madrid, 15-8-1978)

Dos vespertinos madrileños se refieren hoy en notas destacadas a sendos problemas derivados de la actitud de una agencia informativa transnacional, que obligan a algunas reflexiones sobre los límites de la ética periodística y que ilustran claramente sobre el poder de manipulación de la noticia. Ayer la radio nacional de España informó que el mariscal Tito había muerto, basándose en un cable de la agencia norteamericana Asociated Press. El desmentido llegó rápido “explicándose” la referida agencia culpando a un error técnico: ellos sabían que el mariscal estaba vivo, pero como su edad es avanzada tenían preparada una necrológica para el momento preciso y alguien la sacó antes de tiempo.

Lo curioso es que la noticia circulara en este país en un momento muy especial. El presidente Suárez,, que tenía programa do visitar oficialmente Yugoeslavia, se vio obligado a último momento a suspender el viaje por causa de la crisis de gabinete que tuvo que resolver. Mientras circulaba la falsa noticia, el canciller Oreja se encontraba en Yugoeslavia reemplazando al presidente Suárez e invitando al mariscal Tito, en nombre del rey Juan Carlos, a visitar España.

   En momento en que existe una gran discusión en materia de política exterior, en que el tema de la Nato y de la pertenencia o no a los grandes bloques, adquiere una gran importancia, el acercamiento diplomático a un país que supo caminar por esa estrecha cornisa del no alineamiento, tiene su principal valor. Y a nadie escapa que un “error técnico” que mata noticiosamente a un estadista vivo, con la noticia recogida por la radio nacional, no contribuye precisamente a que las relaciones se desarrollen de la mejor manera posible.

   El otro punto al que se refiere hoy el vespertino Pueblo está originado en la misma agencia y tiene que ver directamente con la ética periodística. El vespertino recuerda que días pasados, al reunirnos los corresponsales extranjeros en un almuerzo con el presidente del gobierno, hubo un expreso acuerdo “of the record”. Esa expresión angloide caracteriza una modalidad de nuestra profesión, que suele pactarse al hablar libremente, bajo compromiso de no publicación.

   En el caso que nos  ocupa, el presidente Suárez habló durante largas tres horas, contestó todo o lo que se le preguntó, con gran amplitud y con pocos pelos en la lengua. No se podía publicar pero, con seguridad, a muchos de los presentes les sirvió para hacerse una idea precisa de la personalidad y de las ideas del gobernante. John Wheeler, delegado en España de la associated Press acaba de ser suspendido durante un año de todas las actividades de la agrupación de corresponsales extranjeros, por haber infringido el “of the records”, publicando en el exterior las declaraciones de Suárez.

   “Pueblo” califica el hecho de “abuso de la confidencialidad” y después de precisar que la gran mayoría de los corresponsales extranjeros en Madrid son serios, reclama de ellos que tengan “conciencia exacta de que este país está viviendo un período histórico trascendental, delicado y emocionante”. Lo que plantea cuestiones que van más allá del como o cuando informar, sino que entra en esa difícil calificación de cuando un periodista debe callar en aras de intereses sociales superiores. A veces callar.

   Según la Agrupación de Prensa Extranjera de España, que agrupa a todos los profesionales del sector, hay que callar cuando hay compromiso expreso de hacerlo y violar esa norma constituye una falta grave a la ética profesional. (Madrid, 2-3-1978).

   En pleno furor de la ofensiva sandinista que siguió al asalto del palacio legislativo de Manague, meses atrás, el nombre de un sacerdote español trascendió al gran público: Gaspar García Laviana. Ahora, cuando una escueta noticia dice que el sacerdote de 37 años de edad murió en un combate contra las fuerzas somocistas en un recóndito lugar llamado “el infierno”, en el departamento de Rivas, cercano a la frontera con Costa Rica, viene a la memoria unos versos suyos:

       A morir, a morir, guerrillero,
      que para subir al cielo
      hay que morir primero.



   O aquél otro poema suyo, titulado “Terratenientes”, en el que decía:


      Voy a cortar mi carne en girones para colgarla
      en cada púa de tus cercos hasta que se pudra
      y no resistas el hedor     y tengas que marcharte
      a otra parte.



   Fue el guerrillero muerto hombre múltiple en sus actividades. Y si su fino espíritu lo llevó a la poesía, esta no eludió los problemas populares, sino que se nutrió de ellos. Nacido en 1941 en Tuilla, poblado campesino de Asturias, estudió en Valladolid y se ordenó en Logroño. En un barrio de Madrid ejerció su sacerdocio, mientras trabajaba como obrero carpintero en un taller de la zona.


   En 1969 su orden, la Congregación de Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús, pidió voluntarios para ir a Nicaragua. “Venía a  evangelizar, -relató a Manolo Revuelta, un periodista español que lo entrevistó en octubre pasado en Costa Ric-a, lo único que sabía de Nicaragua era que faltaban sacerdotes”.


   En 1973 comienza a colaborar con el Frente Sandinista y para Navidad del año pasado se incorpora activamente a la guerrilla. En esa oportunidad emite una carta dirigida sus hermanos “nicaragüenses”. Carta orientada a “participarles mi resolución de pasar a la lucha clandestina como soldado del señor y como soldado del frente sandinista de liberación nacional”.


   Decía en ella que después de llegar a Nicaragua se entregó “con pasión a mi labor de apostolado y pronto fui descubriendo que el hambre y sed de justicia del pueblo oprimido  y humillado al que yo he servido como sacerdote, reclamaba más que el consuelo de las palabras al consuelo de la acción. La corrupción, la represión inmisericorde, han estado sordas  a las palabras y seguirán estando sordas, mientras mi pueblo gime en la noche cerrada de las bayonetas y mis hermanos padecen tortura y cárcel por reclamar lo que es suyo: un país libre y justo, del que el robo y el asesinato desaparezcan para siempre”


   Añadía que la del frente sandinista “es una guerra justa, una guerra que los sagrados evangelios dan como buena y que en mi conciencia de cristiano es buena, porque representa la lucha contra un estado de cosas que es odioso al señor, nuestro Dios”. Y citaba los documentos de los obispos latinoamericanos reunidos en Medellin, cuando dijeron que “la insurrección revolucionaria puede ser legítima en el caso de tiranía evidente y prolongada y que atente gravemente  a los derechos fundamentales de la persona y damnifique peligrosamente el bien común del país, ya provenga de una persona, ya de estructuras evidentemente injustas".


   En su carta llamó a los obreros, a los artesanos, “a los olvidados sin techo y sin trabajo”, a los campesinos, cortadores, macheteros y peones. “A todos aquellos a quienes se ha robado hasta la más mísera oportunidad en esta tierra”, a cerrar filas alrededor del frente sandinista.


   Expresó en premonitaria frase su convencimiento de que “el día del triunfo vamos a construirlo con el sacrificio de nuestros héroes caídos que encarnan la voluntad de lucha de nuestro pueblo”. Prometiendo que “he de combatir hasta mi último aliento por el advenimiento del reino de la justicia en nuestra patria, ese reino de la justicia que el Mesías nos anunció bajo la luz de la Estrella de Belen”. (11-12-1978)

Página 5 de 98