La delegación peruana, una de las menos numerosas que asistió a la octava cumbre del Movimiento de los Países no Alineados celebrada del primero al seis de septiembre en esta capital del África Austral, logró éxitos superiores a las más optimistas previsiones del presidente Alan García, quien de ser un desconocido al llegar pasó a desempeñar un papel protagónico en los últimos días de la conferencia. Fue designado vicepresidente, presidió una de las sesiones y al mismo tiempo Osvaldo de Rivero fue electo presidente de la comisión económica. Ningún otro país en la historia del movimiento tuvo una vicepresidencia y la presidencia de una de las dos únicas comisiones, en una misma conferencia. Además, el nombramiento de Rivero para la económica fue un reconocimiento implícito del papel del Perú en el tema de la deuda externa.


El trabajo de la delegación fue tan intenso que se pudo ver a Alan García todos los días en el centro de conferencias desde las nueve de la mañana hasta pasada la medianoche y al canciller Alan Wagner y a de Rivero tomando pastillas “menores”, para poder seguir trabajando. Además de recoger en una declaración final la posición peruana sobre la deuda externa, los dos principales documentos ajenos a la declaración emitidos por la cumbre fueron propuestos y redactados por peruanos. Allan Wagner propuso y redactó la “Declaración de Harare sobre el fortalecimiento de la acción colectiva”, un acuerdo destinado a dar operatividad a las resoluciones de los no alineados, que entre otras cosas faculta al buró de coordinación, con sede en Nueva York, para adoptar medidas para la acción conjunta de los no alineados en la ONU y para proponer e impulsar acciones para que se haga efectivo un programa de defensa conjunto, que responda a los ataques o medidas discriminatorias originadas en los países más industrializados.
El otro documento es la carta al presidente norteamericano Ronald Reagan y al primer ministro soviético, Mijail Gorbachov, instándolos a poner fin a la carrera armamentista, que fue propuesta y redactada por el embajador peruano ante las Naciones Unidas, Carlos Alzamora y su asistente, Manuel Rodríguez.


La carta tiene su historial en 1961, los presidentes de los 24 países que fundaron el Movimiento no Alineado enviaron una carta al presidente de USA, John Kennedy y al primer ministro soviético, Nikita Kruschev, expresándoles su angustia ante una posibilidad de una inminente conflagración mundial. La carta propuesta por Alzamora y Rodríguez, en cuya redacción final participaron India, Yugoeslavia, Cuba, Perú y Zimbabue, será firmada por los presidentes o primeros ministros de los 101 países que integran hoy el movimiento, 25 años después de su fundación. En la misiva se repite la invocación de hace un cuarto de siglo, pero se destaca que los peligros son ahora mayores y que la nueva concepción de la guerra, la incorporación del rayo laser, la cibernética y la informática a la técnica militar aumentan los riesgos y tornan al más inseguro para los países no alineados. Además, se les pide que en su próxima cumbre lleguen a acuerdos concretos y creen un ambiente favorable a la cooperación multilateral, ,para promover el desarrollo económico y social del Tercer Mundo.


El presidente García, junto con el jefe de la casa militar, general Víctor Raúl Silva, el secretario general, Enrique Cornejo y su secretaria Mirta, se alojaron en una de las 30 villas especialmente construidas para alojar a los jefes de estado visitante, que tenía por vecino al presidente de Yugoeslavia.


En la villa, sencilla pero funcional, se dispuso de un telex y un teléfono directo con Lima y un servicio de cocina y atención doméstica a cargo de una licenciada en economía. En esa casa García invitó a almorzar, en días separados, a Raúl Alfonsín y Fidel Castro, quien llegó acompañado del vicepresidente, Carlos Rafael Rodríguez y del canciller Isidoro Malmierca.


Pero la residencia tenía sus problemas: un rígido sistema de seguridad que impidió, incluso que Alan García pudiese hacer salidas no programadas la noche anterior. El chofer del presidente, incluso, se llevaba cada noche la llave del carro. El primer día, cuando García llegó, quiso llamar por teléfono a otros presidentes conocidos, pero por razones de seguridad no había una lista de esos teléfonos sino que cada presidente disponía a quien se lo iba a pasar y tampoco pudo salir a visitarlos por dos razones: porque le rogaron que no saliera sin escolta y medidas de seguridad previstas previamente y porque no tenía sus direcciones… y hasta es posible que alguno de los que quería visitar fuese su vecino más inmediato.


La delegación peruana se caracterizó por su trabajo en equipo y por su incesante transitar entre la sala del plenario, el salón de autoridades y la oficina (12 metros cuadrados) de la agencia andina en el centro de prensa, convertida en punto de referencia para casi todos los latinoamericanos asistentes. Pero de esos hombres un grupo se convirtió en “Los hombres del Presidente”, por estar en estrecho contacto con García: Allan Wagner, Carlos Alzamora, Osvaldo de Rivero, Enrique Cornejo, Hugo Otero y Carlos Roca.


La delegación peruana fue austera, solo siete delegados, cuando otras, como Cuba, llevaron solo de periodistas 47 y Nicaragua aproximadamente 60, entre delegados, auxiliares y periodistas.


Pero donde más se notó la diferencia fue en la seguridad. García dejó siempre la escolta fuera del centro de conferencias, otros presidentes, como el iraní o el vice iraquí, las llevaron siempre consigo. Algunos, como Muamar Gadafi, llegaron a entrar al recinto con doce custodia armados, de ellos cinco mujeres vestidas de uniformes y Fidel Castro siempre se movió con dos guardaespaldas, uno de ellos llevaba un maletín en el que el menos avispado descubría una metralleta.


Cuando Castro fue a comer a la residencia de García, un hombre de su comitiva fiscalizó la preparación de la comida, probó los platos antes de que pasaran a su jefe y se ocupó personalmente de servirle. Lo que se dice un exceso de prudencia o la certeza de que hay mucha gente dispuesta a matarlo o enviada a hacerlo. García, quien tuvo unas 30 entrevistas bilaterales con otros jefes de estado y de gobierno, ejerció la presidencia del plenario durante cinco horas de manera efectiva y por momentos ajena al protocolo.


Al asumir la presidencia, Alan otorgó la palabra a Yasir Arafat, quien comenzó a hablar sobre el conflicto Irán e Iraq y al parecer dijo Irán cuando quiso decir Iraq, lo que llevó al representante de ese país a interrumpirlo… solo un segundo duró la interrupción, pues García dio un sonoro martillazo sobre la mesa presidencia y exclamó “no se permite interrumpir al orador”.


Después, dejó la palabra al presidente de Afganistán, pero éste no se hallaba en la sala. El presidente peruano comentó con ironía: “Esto ocurre porque existen listas misteriosas”, aludiendo a que las listas de oradores nunca se respetaban, porque el presidente de la reunión, Robert Mugabe, las alteraba según le iba pareciendo. Una de las cosas que impresionó a los demás jefes de estado fue la juventud, el dinamismo, la profundidad de sus planteos políticos (que llevaron a Ghandi a enviarle una espontánea carta manuscrita y a otros felicitarlo efusivamente)  y la capacidad de establecer relaciones personales.


Esa espontaneidad lo llevó a exclamar desde su asiento al hablar el presidente de Burkina Faso: “Bien Thomas” o a improvisar un párrafo de su discurso cuando le tocó hablar después de Kennet Kaunda, un patriarca del no alineamiento en África. Kaunda, al finalizar, dejó correr unas lágrimas. Alan, al comenzar su discurso dijo: “Tus lágrimas, Kaunda, son nuestras lágrimas, tu dolor nuestro dolor, tu África nuestra África”, palabras que fueron respondidas con una ovación de los delegados.


Al encontrarse con el presidente de Mozambique, Zamora Machel, le dijo que descubrió un mundo, África, para el desconocido y le pidió que le contara cosas de su país, a la vez que se dirigió a Otero y Wagner que estaban cerca y les dijo “siéntense y escuchen”. Los tres escucharon atentamente la historia de la liberación de Mozambique. Al finalizar, Alan le dijo a Zamora Machel: “Por qué no vienes a visitarnos, tu eres una leyenda”. Respondieron el dirigente mozambiqueño: “tú dices eso porque eres joven”, hizo una pausa y agregó: “eso necesitamos, oxígenos y sangre nueva, es bueno que estés aquí”.


García, al igual que Castro, Ghandi, Mugbe y Arafat y a diferencia de muchos otros líderes, demostró un gran respeto por los demás países y se pasó con ellos gran parte de su tiempo en el plenario, escuchando las intervenciones de cada presidente. Cuando el de Yugoeslavia lo comenzó, Alan replicó: “Los peruanos aspiramos a que nuestros problemas se conozcan, pero para lograrlo también tenemos que conocer la realidad de los otros”.


IPS fue testigo de una conversación, en el salón de autoridades –al que está vedado el acceso a la prensa—entre Alan, Fidel y Kaunda, en tono totalmente informal. Kaunda les preguntó “¿por qué todos los líderes de América Latina son más altos que los africanos?” y en medio de risas compartidas Alan dijo: “porque comen carne” a lo que Fidel acotó: “pero los cubanos de origen son los más altos y juegan en los equipos de basquetbol”. Al terminar ese encuentro Kaunda estrechó en un abrazo a Alan por dos veces.


Esa misma noche IPS presenció, en menos de tres horas, los encuentros de García con Castro, Kaunda, el príncipe Faisal, de Arabia Saudita, el rpesidente Kamenei, de Irán, el canciller Caputo, de Argentina y el presidente de la OLP, Yasir Arafat.


La noche anterior al cierre de la conferencia se realizó una reunión restringida, entre los jefes de delegación de los “países fuertes” o de los “que mandan” en los no alineados, para decidir cuestiones de última hora y decidir respecto a la próxima cumbre. Asistieron Alan García, Mugabe, Gandhi, Kaunda, Caputo, Daniel Ortega, Castro, el presidente yugoeslavo, el de Argelia y uno o dos más.


Sin embargo, en la delegación peruana quien realizó un trabajo casi tan agotados como el de García fue Osvaldo de Rivero, que se pasó siete días seguidos presidiendo la comisión económica en sesiones maratonianas, por lo que tuvo algún disgusto y alguna sorpresa.


En la Comisión Económica, Arabia Saudita, uno de los mayores acreedores del mundo, defendiendo su propia posición acusó a De Rivero de no ser imparcial. El representante peruano le contestó que era imparcial pero no neutral, porque si fuera neutral no estaría luchando contra la injusticia de la deuda externa. Para su sorpresa, el saudita le respondió en perfecto castellano diciéndole que no insistiría en su posición de modificar el texto del borrador de la declaración que estaban analizando y que recogía la posición peruana. De Rivero, complacido, le dijo: “Muchas gracias, señor representante de Arabia Saudita, ahora que usted ha hablado en español lo entiendo muy bien, antes en árabe no mucho”.


Ese mismo día, siendo las doce de la noche, propuso a la comisión, donde estaban representados los 101 miembros del movimiento, que se continuase trabajando hasta las tres de las madrugadas, previo acuerdo de los traductores de seguir trabajando.


Inmediatamente se levantó un bosque de carteles de los delegados acusándolo de dictador. De Rivero, sin inmutarse, dijo que la presidencia decidía que seguiría trabajando y que los que se querían retirar que se retirasen y que si los trabajos no se terminaban por su ausencia ellos serían los responsables de responder ante sus países por el incumplimiento.


Al preguntarle IPS a De Rivero porque hizo eso, contestó: “La única manera de avanzar es vencerlos por el sueño, en una diplomacia de párrafo a párrafo las operaciones nocturnas son muy eficaces”.


Aunque De Rivero lo niega, IPS pudo saber que esa noche, al regresar al Hotel, en conserjería le entregaron una llave equivocada y entró por error al cuarto de una delegada de Singapur, quien estaba sola. “Dios mío, exclamó, ¿qué hace usted en mi cuarto?”, a lo que la delegada, nada fea, replicó: “Estaba segura de que vendría a buscarme para seguir trabajando en la comisión”. “No, no tenga usted cuidado –dijo de Rivero—no vine a buscarla para eso ni para otra cosa, solo que me dieron la llave equivocada”. Y se fue, arrastrando los pies, en búsqueda de su propio cuarto. Al parecer, las llaves son polivalentes en ese hotel que se presta a la confusión de puertas por su propia estructura.
Pero el gran disgusto de Osvaldo De Rivero sobrevino hacia el final de la conferencia, cuando un error o una manipulación periodística le atribuyó una mala acción al frente de la presidencia, cuando se trató una declaración contra Israel.


El jefe de la delegación argentina en la comisión económica, Enrique Latorre, lo acusó ante una agencia internacional de noticias de haber procedido arbitrariamente, al hacer aprobar una resolución contra Israel, presentada por la OLP, en la que se pide que no se admita al estado sionista en ninguna comisión económica regional de las Naciones Unidas.
Como presidente y de acuerdo con las normas de funcionamiento de la ONU, que aplican los no alineados, preguntó si alguna delegación se oponía. Ningún delegado alzó su mano para oponerse. Volvió a preguntar: “Si no hay ninguna oposición se dará por aprobada la propuesta”. Otra vez todos los brazos bajos y por lo tanto dio por aprobada la proposición palestina. A los diez o quince minutos, cuando estaban tratando otro punto, Enrique Latorre, quien había estado ausente, volvió a la sala y al enterarse de la resolución pidió que se reabriera el debate.


De Rivero no hizo lugar, porque hacerlo hubiera significado sentar un precedente y, por ejemplo, reabrir el debate sobre la deuda externa, ya que Arabia Saudita quería introducir algunas modificaciones. Pero, además, la norma de la ONU es que cuando se tratan temas párrafo por párrafo, el párrafo aprobado es firme.


Argentina manifestó que hará una reserva sobre ese punto, como también la hará el Perú y otros países que tienen relaciones con Israel. Consultado De Rivero, contestó: “Como presidente yo no podía hacer otra cosa, ya que no estaba expresando la posición particular del Perú, sino que aplicando los procedimientos normales y aceptados por todos los participantes en la reunión para los trabajos en comisión”. Quizás por eso De Rivero, el último día de la reunión, asistió a la clausura desde su cuarto en el hotel, mirando el acto por televisión. Al día siguiente tenía que partir hacia Punta del Este para participar en la reunión del GATT.


De la reunión, aparte de las anécdotas, Perú regresa con el saldo de una mayor presencia internacional, un reconocimiento expresó de su posición sobre la deuda y una mayor integración en los no alineados, “el mayor movimiento a favor de la paz”, como lo calificó uno de los presidentes. (Harare, África, 6-9-1986)

Bajo la amenaza de la retórica vaga y con la esperanza de establecer algunos mecanismos que permitan avanzar hacia la consolidación de una Comunidad Iberoamericana de Naciones, se dieron cita en Guadalajara (México), el 18 y 19 de julio, los máximos representantes de los pueblos de habla hispana y portuguesa de América Latina y de la península ibérica.

Esta primera Cumbre Iberoamericana de Mandatarios reconoce su origen diez años atrás, cuando en España se comenzaron a perfilar los actos conmemorativos del quinto centenario de la gran aventura colombina. La tentadora idea de reunir a todos los primeros mandatarios se hundió en las penumbras del pesimismo sólo al pensar en sentar juntos a los gobernantes constitucionales y democráticos con elementos como los dictadores Augusto Pinochet y Alfredo Stroessner.

En pocos años, unos cambios positivos confluyeron para reflotar la idea: Chile y Paraguay emprendieron el camino de la democratización; el Grupo de los Tres (Venezuela, Colombia y México, demuestra su vitalidad; el Pacto Andino replantea su estrategia y en España se abandonó cualquiera pretensión neocolonial al recordar la era histórica iniciada por la gesta colombina.

Fue justamente en la mayor cuna de conquistadores, Extremadura, donde se recogió la expresión de encuentro de pueblos, gestada en México para reemplazar a la de descubrimiento que, por encima de discusiones semánticas más o menos acertadas, es rechazada por muchos pueblos latinoamericanos.

El fin de las dictaduras significó, además, la muerte de una concepción en la que todos excluían a los demás. A fines de 1989 la cancillería española consideró que la vieja idea de reunir a los mandatarios en 1992 podía cobrar nueva vida y comenzó unas tareas de exploración. En enero de 1990, durante una visita oficial de los Reyes a México, el tema afloró en las conversaciones de don Juan Carlos con el presidente Carlos Salinas de Gortari. Allí, el presidente mexicano, que dudó durante meses sobre la conveniencia de asistir a la cumbre en España, sorprendió a sus visitantes con una propuesta audaz: en vez de la cumbre solitario en 1992, institucionalizar una reunión anual, con ánimo de permanencia y comenzando en 1991 en México.

En cuestión de horas los diplomáticos de ambos países pactaron un anuncio simultáneo de las dos primeras cumbres. Así el Grupo de Río, reunido en Caracas el 11 de octubre de 1990, aceptó la invitación de Salinas de Gortari. Un día después, el rey Juan Carlos anunció en Madrid que había cursado una invitación a todos los demás mandatarios iberoamericanos para reunirse en 1992 en España. Unas semanas más tarde, cuando se forjó el consenso para que Brasil hospedase a la tercera cumbre, en 1993, la reunión de mandatarios se institucionalizó y con ello la Comunidad Iberoamericana de Naciones comenzó a rescatar su partida de nacimiento.

Al ser convocada la primera reunión por México, el país de donde salieron las más fuertes críticas contra “el festejo del descubrimiento” y en el que se acuñó la definición de encuentro, la cumbre se convirtió en algo más que una conmemoración.

Para organizar la cumbre, su coordinador, el embajador y asesor presidencial Alfredo del Mazo visitó todos los países invitados, comenzando por Brasil, España y Portugal y terminando, en apenas dos meses y medio, con Paraguay, Chile y Cuba. De sus consultas surgió una primera conclusión: a partir de Guadalajara sería posible institucionalizar las relaciones entre los 21 países, con la constitución de una conferencia permanente, al estilo de la Conferencia de Cooperación y Seguridad en Europa (CCSE).

El temor de crear un organismo burocrático que fagocite a la idea, decidió a los Gobiernos a evitar la constitución de una secretaría permanente. Por ello se optó por establecer una “secretaría pro tempore”, que estará a cargo de cada país huésped. México ejercerá ese cargo hasta el 18 de julio, día en el que se clausurará la primera cumbre y en el que España asumirá la secretaría que, a su vez, traspasara a Brasil en julio de 1992.

Para dar mayor agilidad a la organización se constituyó un triunvirato integrado por representantes de esos tres países y que en su primer encuentro, el 20 de junio de 1991, reunió a Del Mazo, al español Yago Pico de Coaña, director general de Iberoamérica y al diplomático brasileño Nascimento e Silva.

Superado el trauma de las dictaduras, otros dos problemas rondaron sobre los preparativos: el asilo dado por México en su embajada en Panamá a perseguidos políticos de ese país y la situación de Puerto Rico en la reunión. El primero se resolvió rápidamente, al asumir el presidente panameño, Jorge Endara, que no estaba en posición de condicionar su visita a México reclamando el fin del asilo. El segundo llevó más tiempo, ya que algunos países, entre ellos España y Cuba, no veían con malos ojos que el gobernador de Puerto Rico fuese invitado como un mandatario más. Otros y en especial México, señalaron que se trata de una cumbre de Estados soberanos y que Puerto Rico no lo es. Finalmente, y por consenso, se optó por invitar al gobernador a la inauguración de una biblioteca iberoamericana, en Guadalajara, uno de los actos culturales de la cumbre.

También fueron invitados, como personalidades iberoamericanas que ostentan altos cargos en organismos multinacionales, Javier Pérez de Cuéllar, secretario general de las Naciones Unidas; Federico Mayor Zaragoza, director ejecutivo de la Unesco, Joâo Baena Soares, secretario general de la Organización de Estados Americanos; Gert Rosenthal, secretario ejecutivo de la CEPAL y Enrique Iglesias, presidente del BID.

En la cumbre sólo hablarán los mandatarios y en cada sesión podrán estar acompañados hasta por cinco asesores, no más. En la sesión inaugural, que será pública, cada jefe de Estado hablará durante siete minutos sobre el tema común de Iberoamérica hacia el año 2000, en la antigua capilla del Hospicio Cabañas, construido en 1805 y convertido recientemente en un instituto cultural. Allí, en la intersección de las dos naves y bajo el realismo de la cúpula pintada por el muralista mexicano José Clemente Orozco, los mandatarios se sentarán en torno de una mesa redonda. En ella sólo tres lugares fueron negociados: los de México, que estará en el centro, España a su derecha y Brasil, a la izquierda del primero. Los demás fueron sorteados.

Cuando terminen los discursos, todos los participantes se trasladarán al teatro Degollado, en el que se ofrecerá un concierto de música popular, con el acompañamiento de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara y la actuación del español Joan Manuel Serrat, la portuguesa Amalia Rodríguez, el mexicano Juan Gabriel y la brasileña Gal Costa, entre otros. Este acto será transmitido por televisión, vía satélite y en tiempo real, a todos los países de América, España y Portugal.

La cumbre carecerá de una agenda propiamente dicha, ya que el triunvirato se limitó a preparar una de carácter técnico y encomendó a organismos especializados la redacción de tres informes, como guía de temas para los jefes de Estado. Además, elaboró un proyecto de declaración final que apenas sufrirá cambios, será dada a conocer el 19 de julio y recogerá las aspiraciones comunes en materia de respeto de los derechos humanos, no intervención, apoyo a la carta y principios de la ONU, la proyección de Iberoamérica en el nuevo orden mundial, el desafío del medio ambiente y el desarrollo y la transferencia de tecnologías de punta a América Latina.

Además de la declaración final, los mandatarios aprobarán la constitución de una conferencia de las naciones iberoamericanas, cuyo nombre final está todavía sin definir. Aunque tendrá un funcionamiento similar al de la CCSE, parte de una situación distinta, con una reunión de jefes de Estado, mientras que aquella necesitó dos décadas para reunirlos a todos.

A cinco siglos del descubrimiento, encuentro, conquista o colonización, 21 países que se comunican y trabajan en dos idiomas hermanos, podrán fijar las bases para un entendimiento de futuro basado fundamentalmente en una comunidad cultural, idiomática e histórica. Pero si esos aspectos pueden favorecer una unión, es indispensable tener en cuenta que su cimentación sólo será posible si todos los pueblos comprometidos en la tarea logran afirmar sus propios caminos de progreso económico y social, democracia, soberanía y vigencia de los derechos humanos. Una aspiración que en los dos países europeos de esa comunidad no está en cuestión, pero que en los de América Latina suscita grandes inquietudes, en virtud de la aguda crisis económica y social que atraviesan.

Del trabajo en torno de los temas aludidos, del grado de los acuerdos que en cada nivel se vayan logrando, de la participación y pluralismo, de la seriedad para encarar tareas concretas al amparo de esta gran convocatoria y de la manera en que se logre insertar en el naciente y preocupante nuevo orden mundial, dependerá que esa Comunidad Iberoamericana de naciones se consolide y proyecte con fuerza y unión hacia el tercer milenio. (Clarín, El País, Excelsior, 18-7-1991)

La Conferencia Iberoamericana comenzó su andadura hacia la segunda Cumbre por el camino de las buenas intenciones. Desde ahora hasta julio de 1992, cuando se realice la segunda cumbre en Madrid, cuatro países –México, España, Portugal y Brasil--  tendrán la máxima responsabilidad para producir hechos concretos capaces de consolidar esa comunidad de naciones.


La cancillería española tomó de la mexicana la estafeta (testimonio, en la Argentina; testigo, en España) de la secretaría “pro témpore” para organizar la segunda Conferencia Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno con la participación de los estados soberanos de América y Europa de lengua española y portuguesa. Así quedó definida después de descartarse las denominaciones de Comunidad Iberoamericana, Cumbre Iberoamericana y Grupo Iberoamericano. La propuesta del primer ministro de Portugal, Aníbal Cavaco Silva, de denominarla Conferencia Hispanolusolatinoamericana ni siquiera llegó a ser considerada.


España asume así una doble responsabilidad por haber lanzado la idea liminar hace diez años, de convocar esa Conferencia y por asumir la secretaría con el desafío de tener que igualar, al menos, la buena organización y el trabajo diplomático desplegado por México y contribuir a llenar de significados concretos la incitante declaración final.


México por haber organizado la primera Cumbre integrará una “troika” junto con España y Brasil, que albergará a la tercera. Los cancilleres analizaron la posibilidad, que todavía puede concretarse, de que la Argentina y Colombia (sede de la cuarta y quinta Cumbre) se incorporen a ese trabajo. La responsabilidad de Portugal se deriva de su papel como presidente de la Comunidad Europea (CE), cargo que le tocará ejercer en el primer semestre de 1992.


Si Portugal y España quieren de verdad consolidarse como miembros de la Comunidad Iberoamericana deberán esforzarse porque su pertenencia a la CE no solo no se convierta en un factor que los aleje de América Latina, sino que deberían utilizar con decisión esa circunstancia para reforzar los vínculos. Ello pasa por impulsar, dentro de la CE, dentro del Norte industrializado, unas políticas menos insolidarias, más equitativas y orientadas a promover unas relaciones justas y equilibradas en el marco de una interdependencia global. La presidencia de la CE, aunque solo sea por seis meses, permitirá a Portugal ciertos movimientos dentro de la rigidez de la estructura comunitaria, con el precedente de lo realizado por España cuando ejerció su turno presidencial.

En salones discretos del Hospicio Cabañas, en las habitaciones del hotel Camino Real, en el que se alojaron los mandatarios y en algunas dependencias de alta seguridad, se produjo un centenar de encuentros, bi, tri o multilaterales, con la participación, según los casos, de los mandatarios, sus ministros, líderes guerrilleros, los secretarios general de la ONU y de la OEA y otros funcionarios y representantes de menor rango.


De esos encuentros y de otros previos, resultaron hechos como la firma de un tratado de salvaguardia nuclear entre la Argentina y el Brasil, el restablecimiento de relaciones consulares entre Colombia, Chile y Cuba y el compromiso de México y Chile de firmar antes de finalizar 1991 un tratado de libre comercio.


No obstante, la mayor productividad se registró en la Cumbre propiamente dicha, como queda reflejado por las modificaciones que sufrió el borrador de la declaración final. Este fue elaborado por la “troika” (México, España y Brasil) en los meses previos y su último borrador se redactó a finales de junio. En el trámite usual de las cumbres, sean del Grupo de los Siete más industrializados o de los menos desarrollados, las declaraciones son consensuadas antes de comenzar la reunión, a base de trabajos en la sombra de los gabinetes ministeriales. Si en Guadalajara hubiese ocurrido lo mismo nadie se habría sorprendido. Sin embargo, los cambios fueron significativos y en total se agregaron doce párrafos y algunas correcciones menores.


Las modificaciones pusieron el acento en los derechos humanos y la soberanía de los estados, en la reivindicación de los derechos de los pueblos indígenas y de las mujeres en la consideración de los condicionantes económicos y financieros del desarrollo, en la transferencia de tecnologías y en la responsabilidad del Norte en el narcotráfico y el deterioro ecológico.


En algunos países, entre ellos España (“Sin la democracia no habrá solidaridad interna ni internacional para encauzar los proyectos de desarrollo económico”, Felipe González), al referirse a los derechos humanos, la libertad y la democracia, parecían legitimar alguna presión por encima de la soberanía de los estados. Pero el párrafo incorporado señala “la obligación del estado de derecho de promover y garantizar la plena vigencia de los derechos humanos”. Y a renglón seguido establece que “A partir de nuestros propios esfuerzos y sobre la base de una cooperación internacional amplia, no selectiva y no discriminatoria, estamos decididos a conformar un acervo iberoamericano en el ámbito de los derechos humanos, que consolide conductas de respeto, libertad y armonía en lo políticos, lo jurídico, lo económico y lo social”.


El presidente de Bolivia, Jaime Paz Zamora, con el apoyo del secretario general de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, logró que se introdujera un párrafo en el que los mandatarios dicen reconocer “la inmensa contribución de los pueblos indígenas al desarrollo y pluralidad de nuestra sociedades y reiteramos nuestro compromiso con su bienestar económico y social, así como la obligación de respetar sus derechos y su identidad cultural”. Asimismo lograron que se propusiese la creación de un fondo iberoamericano con el apoyo de organismos internacionales para el desarrollo de los pueblos indígenas, “que permita resolver favorablemente los acuciantes problemas de los pueblos originarios, al margen de cualquier sentido de reservas indígenas o de compensaciones paternalistas”. Una fórmula que, no obstante, disto de conformar a los indígenas que se manifestaron por las calles de Guadalajara, criticando su ausencia en la Cumbre y el quinto centenario.


Subsanando un olvido imperdonable de los redactores del borrador, todos ellos varones, y sin el menor reparo de ninguno de los mandatarios, se agregó el párrafo por el cual se comprometen a “fortalecer los mecanismos nacionales e internacionales que contribuyan adecuadamente a promover de manera definitiva el ejercicio pleno de los derechos y la incorporación en completa igualdad de la mujer a la sociedad”.
Los agregados en materia económica, comercial y financiera le otorgaron a la declaración un tono claramente reivindicativo del Sur frente al Norte. La tibia redacción inicial, que reconocía el esfuerzo latinoamericano por reajustar de forma profunda sus economías, se completó con la afirmación de que los países de la región hicieron progresos significativos en sus procesos de modernización por medio de la reforma del Estado y con la advertencia de que esos procesos entrañaron sacrificios “que deben cesar para que sea posible establecer una verdadera justicia social”.


Algunas cosas quedaron claras, la Conferencia nace con fuerza, al extremo de tener designadas ya las sedes para las próximas cuatro cumbres. Nació también con la decisión expresa de abstenerse de constituir nuevos organismos burocráticos y con dos modelos de trabajo: el Grupo de Río, convertido en motor de la integración latinoamericana y la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE).


Los mandatarios se comprometieron expresamente a cumplir objetivos determinados, como los de promover con decisión los procesos de negociación para la solución de conflictos regionales, impulsar el derecho al desarrollo y el establecimiento de relaciones económicas internacionales más justas y equitativas y participar activamente en la reestructuración de los foros multilaterales, en particular del Sistema de las Naciones Unidas. Es significativo que este último objetivo se haya aprobado al mismo tiempo que el secretario general de la OEA, Joâo Baena Soares, afirmaba que el organismo que dirige es más democrático que la ONU y que estaba llegando el tiempo de plantearse la reincorporación de Cuba a la OEA.


Ese objetivo se complementa con el de “promover el fortalecimiento de la democracia y del pluralismo en las relaciones internacionales, con pleno respeto a la soberanía, la integridad territorial y la independencia política de los estados, así como la igualdad soberana y la autodeterminación de los pueblos”.


La Cumbre de Guadalajara demostró que la comunidad iberoamericana tiene, como tal comunidad, una vitalidad superior a lo que podían esperar los más optimistas.


Ahora se trata de articular los mecanismos para cumplirlos. Algunos ya existen en embrión, como el “Grula ampliado”, un grupo informar de los diplomáticos latinoamericanos ante la ONU (Grupo Latinoamericano, Grula), más los de España y Portugal. Los representantes de estos dos países tendrán que tener muy presente los objetivos de la Cumbre de Guadalajara, para no ser arrastrados por la inercia de su pertenencia a la CE, a la hora de tomar posiciones en los grandes temas internacionales.


No se podría esgrimir con honradez el derecho a pertenecer a la Comunidad Iberoamericana y, a la vez, por ejemplo, votar junto con los Estados Unidos en la asamblea del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional. Un paso positivo ya avanzado es la coincidencia lograda al evaluar la cuestión ambiental, lo que podrá llevar una voz fuerte y unida a la Conferencia Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, ECO ´92, convocada para julio de 1992 en Brasil.


Un segundo camino, concordante con el anterior, es favorecer, impulsar o propiciar iniciativas horizontales, no necesariamente dependientes de los gobiernos, como la constitución de una organización empresarial iberoamericana y la realización de actividades específicas, según sectores. Otro pasa por el fortalecimiento de instituciones existentes, como la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).


De aquí a julio del ´92 se deberá encontrar también una respuesta a la vehemente demanda expresada por el presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, ante sus iguales de la Cumbre: la de incorporar a la conferencia a Haití y Puerto Rico. (Clarín, 5-8-1991).

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