La Cumbre Iberoamericana salió fortalecida de su última reunión anual, realizada el 15 y 16 de noviembre en La Habana, al crear una Secretaría Permanente de Cooperación y salvar sin demasiados contratiempos su principal escollo: la participación y presidencia de la Cuba liderada por el mítico Fidel Castro.

El propio Castro explicó, en su discurso inaugural, que cuando se fijó a Cuba como sede de la IX Cumbre nadie puso objeción porque pensaban “que para esa fecha ni siquiera existiría”. Y remató: “Esta ha sido la razón esencial por la que no resultó difícil asignarnos la tarea de organizar lo que entonces no era más que una utopía”.

Aunque los dos países europeos y los 19 americanos de habla española y portuguesa que constituyen la Comunidad Iberoamericana participaron en la reunión, no faltando ningún país, cinco Jefes de Estado no lo hicieron y delegaron la representación en sus cancilleres. Eduardo Frei, de Chile y Carlos Menem, de Argentina,  no asistieron argumentando que los juicios iniciados en ese España contra los ex dictadores de esos países son una intromisión en sus asuntos internos. Otros tres presidentes, centroamericanos, tampoco viajaron a La Habana, por sus contradicciones políticas con el régimen castrista.

Sin embargo, hay otras razones por debajo de esos argumentos. La realización de la Cumbre en Cuba trasciende a los resultados específicos de la reunión y a los colaterales, para convertirse en la prueba y el símbolo de la consolidación de un “tercer espacio” en la geopolítica mundial, con gran proyección de futuro. Detrás de las críticas políticas al régimen cubano esgrimidas por los tres mandatarios centroamericanos ausentes y las soberanistas antiespañolas de Menem y Frei, estuvo la presión norteamericana. Ésta se ejerció directamente en los meses previos, en contactos personales con las cancillerías y, finalmente, tomó  cuerpo en la semana anterior en una carta formal enviada por la secretaria de Estado, Madeleine Albright a sus colegas latinoamericanos., pero cuidándose de no remitirla a los dos europeos y, desde luego, al cubano.

En la política oficial norteamericana, gobiernen los demócratas o los republicanos, está presente su “destino manifiesto” en el continente y aunque se cuiden de hablar de América Latina como su “patio trasero”, no dejan de considerar a esa región como subordinada a Washington, de manera directa o indirecta. En ese panorama, desde su origen en 1991, las Cumbres Iberoamericanas fueron vistas con mala cara, por su pretensión –que poco a poco va logrando—  de fortalecer una alianza euro-latinoamericana en todos los frentes. Uno de los productos reconocidos de esa política fue la concreción de la Cumbre de la Unión Europea, América Latina y el Caribe, realizada en junio de 1999 en Río de Janeiro y en la que por primera vez en la historia se reunieron los mandatarios de las dos regiones.

La adopción por Cuba del euro como moneda oficial para sus transacciones con Europa y la reciente “dolarización” de algunas economías latinoamericanas, como la Argentina, son sólo aspectos de una diferente inserción en el mundo globalizado.

La realización de la reunión en La Habana, resistiendo las presiones norteamericanas basadas en criterios políticos y económicos, es una prueba de la fortaleza del compromiso interatlántico que en esos mismos terrenos articulan las Cumbres y, quizás, la mejor demostración de que se deben mantener.

Además, en lo que constituye una sana preocupación europea y latinoamericana, la situación política interna de Cuba no le fue ajena a los mandatarios, que se entrevistaron con disidentes del castrismo y se pronunciaron públicamente sobre el tema. El rey de España, en las palabras que pronunció al término de la cena oficial que dio inicio a la Cumbre, se expresó con claridad y en unos términos que fueron recogidos textualmente por Granma, el tradicional periódico cubano.

Dijo el monarca  que la consolidación de la Comunidad Iberoamericana de Naciones está fundada “sobre las únicas bases posibles para su viabilidad: nuestras lenguas y culturas compartidas y nuestra firme convicción de que sólo con una auténtica democracia, con la plena garantía de las libertades y con el escrupuloso respeto de los derechos humanos por parte de todos nosotros podrán nuestros pueblos afrontar con éxito los desafíos del siglo XXI”.
 
Además de Castro, cuya personalidad se manifestó en todos los actos, con discursos inusuales por lo breves, dos mandatarios concitaron la atención y ambos por lo que respectivamente representan en el plano político: el rey Juan Carlos y el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

La presencia del Rey de España en Cuba fue precedida de un duro forcejeo político y diplomático entre los gobiernos de los dos países, además de enfrentamientos más o menos soterrados entre la Casa Real y el ejecutivo presidido por José María Aznar.

Desde que fue coronado, en 1975, Juan Carlos de Borbón manifestó más de una vez, en público y en privado, su deseo de viajar a Cuba, el único país latinoamericano que no había visitado y con el que, además de los vínculos entre Estados, los tiene de carácter afectivo y familiar. Pero ninguno de los Gobiernos que desde entonces tuvo España consideró políticamente oportuna esa visita. Incluso la que estaba programada para el primer semestre de 1999 fue anulada al ser encarcelados cuatro disidentes, oportunidad en la que Aznar dijo que se haría “cuando toque”.

Esas diferencias entre Castro y el Rey, por un lado, y el gobernante español José María Aznar, por el otro, se manifestaron durante los casi tres días de presencia real en la isla. El líder cubano realzó en todo momento la presencia del monarca, rompiendo el protocolo y colmándolo de atenciones. Desde pedirle que hablara en la primera cena oficial, sentándolo a su lado, hasta sorprenderlo con el obsequio de retratos de sus padres cuando éstos visitaron La Habana en 1948.  Esa cordialidad fue correspondida por el Rey que, antes de dirigirse al aeropuerto para volver a Madrid, hizo desviar la comitiva para saludar otra vez personalmente a Castro, quien acababa de ofrecer la rueda de prensa final.

Las diferencias entre el Rey y Aznar se evidenciaron hasta en los menores detalles y, en última instancia, reflejan dos posiciones: de un lado la de quienes creen que la mejor manera de apoyar una liberalización del régimen es contribuir a romper el bloqueo –económico, tecnológico y político- dispuesto unilateralmente por Estados Unidos contra Cuba y producir el mayor acercamiento posible con su sociedad, a todos los niveles. Sin provocar, pero también sin callar nada de lo esencial, como hicieron el Rey, el brasileño Fernando Henrique Cardoso, el portugués Jorge Sampaio o el uruguayo Julio María Sanguinetti.

Un contrapunto lo marcó Aznar, quien comenzó por decir en Tegucigalpa, un día antes de viajar a Cuba, que en ese país no habría cambios mientras viviera Castro y que “alguien tiene que pensar en los cubanos de verdad”. Una descortesía en términos diplomáticos, que mantendría durante toda su visita, manteniendo siempre una cara de pocos amigos, reticente a aplaudir incluso los discursos de mandatarios amigos

Mientras Aznar anunciaba en la embajada española que establecería una línea directa entre los disidentes y una moribunda Fundación Hispano-Cubana, fundada por el extinto y pro norteamericano Jorge Más Canosa, el Rey se despidió de los residentes españoles en una multitudinaria recepción en el Hotel Habana Libre (ex Hilton).

Dijo allí, con palabras emocionadas: “Nos vamos de Cuba pensando en volver, seguros de que a esta tierra, a esta gente magnífica, llegará muy pronto ese futuro de paz y concordia que deseamos para todos sus hijos. Un futuro en el que Cuba se abra a Cuba. Las circunstancias son favorables, las soluciones han de ser generosa”. Menos de una hora después de ese acto, el Rey se fue a despedir de Castro, tras decir que “si fuera español, sería un socialista realista, en el doble sentido de la palabra”.
 
Uno de los dirigentes empresariales españoles en Cuba manifestó a los periodistas su disgusto por la actitud de Aznar, tras recordar las enormes dificultades que deben sortear, entre ellas la ley Helms-Burton, para impulsar grandes negocios en la isla: “Nadie le pide a Aznar que renuncie a reclamar libertades para Cuba. Pero lo que ha hecho en este viaje es meternos un torpedo en la línea de flotación. No se puede venir a Cuba con esa suficiencia colonial”. Cuba es el cuarto cliente español en América Latina y en una curva ascendente en 1999 compró por valor de 282 millones de dólares. En la Feria Internacional de La Habana, también de 1999, hubo 224 empresas españolas, un 20 por ciento más que un año antes y en ella el grupo hotelero Sol Meliá fue premiado como la mejor compañía española.

La otra personalidad destacada, Hugo Chávez, pasó sin conflictos y con un gran eco en toda Cuba. Al término de la Cumbre inició una visita oficial, durante la cual avanzó en la concreción de un acuerdo en el sector petrolero, que incluye la gestión y el aprovisionamiento de una refinería en la isla. A su término, integró el equipo de beisbol de su país que se enfrentó a la selección cubana, en la que actuó de director técnico Fidel Castro y que fue seguida con atención por todo el país, al ser retransmitida en directo por radio y televisión.

La importancia de esa visita y de las estrechas relaciones que demostraron tener ambos presidentes, se deriva de la campaña de Chávez para enfrentarse al corrupto sistema político y a las desigualdades sociales, tan exhorbitantes como inexplicables, en un país rico en petróleo y que provee a Estados Unidos la mitad de sus importaciones en hidrocarburos.
 
Por lo demás, la Cumbre, como en las precedentes, aprobó nuevos proyectos de cooperación entre sus países miembros, sirvió de marco para la resolución de problemas bilaterales y para tomar referencias para acciones conjuntas en el plano internacional. El tema central de la reunión, Iberoamérica y la situación financiera internacional en una economía globalizada, no fue objeto de grandes discusiones, pues la situación no varió sustancialmente de lo tratado en la Cumbre precedente (Oporto, 1998). Tanto es así que la reunión de cancilleres que analizó el borrador de la declaración que firmarían los mandatarios terminó dos horas antes de lo previsto y que éstos no hicieron ninguna corrección, al contrario de lo que ocurrió en las Cumbres precedentes.

A su término, quedaron citados para la próxima Conferencia, a celebrarse en noviembre del 2000, en Panamá. (Planeta, 1999).

La actualidad internacional, con la crisis iraquí de por medio, es el mejor momento para plantearse si la Comunidad Iberoamericana de Naciones se institucionalizará o si todos los compromisos quedarán en meras palabras y se marchará cuesta abajo, pese a los esfuerzos de los últimos años.

 

Este momento es también el más oportuno para que una persona como el sociólogo y ex presidente del Brasil, Fernando Henrique Cardoso, esté asumiendo ahora la tarea que le encomendó la XII Cumbre Iberoamericana de analizar lo realizado hasta ahora en torno a las cumbres y plantear una estrategia para el futuro.

 

Una aclaración necesaria es señalar que Iberoamérica no es sinónimo de América Latina. Latinoamericanos son los países de habla española y portuguesa de América. En tanto que iberoamericanos son esos mismos países más España y Portugal. De ahí que en las denominadas oficialmente Conferencias Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno, --y coloquialmente Cumbres Iberoamericanas--, asistan con los mismos derechos y obligaciones los Presidentes latinoamericanos, el Rey y el Presidente del consejo de Ministros de España y el Presidente y el Primer Ministro de Portugal.

 

Esto quedó claro ya en la primera cumbre (Guadalajara, México, 1991), que fue convocada sin un lema central ni una denominación oficial e incluso sin un temario.

En dos jornadas en las que se reunieron cinco veces, los mandatarios propusieron varias denominaciones oficiales, como Cumbre Iberoamericana, Grupo Iberoamericano y Conferencia Hispano-Luso-latinoamericana. Esta última fue propuesta por el  primer ministro de Portugal, Aníbal Cavaco Silva, quien se abstuvo de utilizar la palabra Iberoamérica y su gentilicio incluso durante las tres cumbres siguientes, a las que asistió. Finalmente allí, en Guadalajara, se optó por la denominación vigente en la actualidad: Conferencia Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno.

 

 

Guadalajara, un principio significativo

La idea de reunir a los mandatarios iberoamericanos comenzó a plantearse en España en los primeros años de la transición y formalmente lo hizo en 1979 el presidente del Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI), Manuel Prado y Colón de Carvajal. Pero sólo el pensar que el Rey se tendría que sentar en torno a una mesa con los dictadores de turno hizo desechar el proyecto.

 

Después, recuperadas las democracias en casi todos los países, la idea volvió a resurgir en relación con el Quinto Centenario del primer viaje de Colón a América, pero México quiso desvincular la conferencia de esa conmemoración y se propuso para organizar la primera, en Guadalajara. Y así se hizo. Allí se rompieron algunas costumbres de las relaciones internacionales, como la de llegar a las reuniones con las declaraciones finales ya consensuadas.

 

Hubo un borrador elaborado y consensuado por las cancillerías, pero al llegar a manos de los mandatarios sufrió cambios significativos, pues que en total se agregaron doce párrafos y se realizaron algunas correcciones menores. Las modificaciones pusieron el acento en la defensa de los derechos humanos y la soberanía de los estados, en la reivindicación de los derechos de los pueblos indígenas y de las mujeres, en la consideración de los condicionantes económicos y financieros del desarrollo, en la transferencia de tecnologías y en la responsabilidad del Norte en el narcotráfico y el deterioro ecológico.

 

Durante la conferencia y al margen de las reuniones oficiales,  se celebraron en torno a un centenar de encuentros bi, tri y multilaterales, con la participación, según los casos, de los mandatarios, sus ministros, líderes guerrilleros y funcionarios internacionales.

 

De esos encuentros, varios con trabajos previos, resultaron la firma del tratado de salvaguardia nuclear entre Argentina y Brasil; el restablecimiento de relaciones consulares entre Colombia, Chile y Cuba y el compromiso entre México y Chile de firmar un tratado de libre comercio. También se dio un impulso significativo a la negociación de la paz entre el gobierno y la guerrilla de El Salvador.

 

Finalmente, se estableció un calendario: las cumbres seguirían en 1992 en España, 1993 en Brasil, 1994 en Colombia y 1995 en Argentina. En una época en la que recién se comenzaba a hablar de la globalización, la declaración final incluyó un último párrafo muy significativo, afirmando que: “La celebración de estas reuniones permitirá avanzar en un proceso político, económico y cultural a partir del cual nuestros países podrán lograr juntos una mejor y más eficiente inserción en un contexto global en plena transformación”.

 

Madrid – Iberoamérica todavía sin definir

En la segunda Cumbre, celebrada en Madrid en 1992,  los gobiernos español y portugués todavía no habían asumido plenamente su carácter de iberoamericanos. Valga como ejemplo recordar que el mismo día que se inauguró la Cumbre el gobierno español publicó un aviso de una página en los periódicos en la que informaba del programa de preservación del patrimonio cultural en Iberoamérica….

 

En ese aviso informó de restauraciones en varios países latinoamericanos, pero ninguna en España y Portugal, países en los que se realizó una buena cantidad de ellas. Y por si fuera poco informaba de que las instituciones españolas pusieron mil cien millones de pesetas y las iberoamericanas novecientas mil… o sea que las españolas no estaban consideradas por el gobierno de España como iberoamericanas.

 

En esta segunda reunión se resolvió constituir un grupo coordinador de cinco países: el organizador de la Cumbre siguiente, más los representantes de los dos países que organizaron las conferencias precedentes y los dos de las siguientes. Así, quedaron Argentina, Brasil, Colombia, España y México. En esa ocasión Portugal se reservó el año 1998 para organizar la octava cumbre, coincidiendo con su propio quinto centenario (llegada de los portugueses a Brasil).

 

Salvador de Bahía – los lusohablantes confirman

En la ciudad brasileña de Salvador de Bahía se celebró la Tercera Cumbre. Un hecho importante en sí mismo, pues confirmó el interés del mundo lusófono por ser y sentirse parte de la Comunidad Iberoamericana, pero al mismo tiempo sufrió un cierto declive que incluso llevó a algunos mandatarios, con el argentino Carlos Menem a la cabeza, a pedir que se convirtiese en una cita bianual.

A ello se enfrentó Fidel Castro, quien defendió la anualidad y logró que la misma se mantuviese, quizás pensando que si la cita de La Habana en vez de realizarse en 1999 pasaba al 2005 podría ocurrir que él no estuviese presente, atendiendo a su avanzada edad. A mantener la anualidad contribuyó Chile, que se ofreció para organizarla en 1996, como efectivamente ocurrió.

El debate sobre el desarrollo social ocupó la mayor parte del tiempo de los mandatarios, quienes destacaron que “las cuestiones de comercio, finanzas y tecnología, la deuda externa, la cooperación para el desarrollo sostenible, la promoción del desarrollo social y las cuestiones de población y corrientes migratorias” debían ser consideradas temas sustantivos.

 

En estos días en los que se plantea con vigor la necesidad de reformar las Naciones Unidas, tiene importancia recordar que en Bahía  los mandatarios resolvieron agregar un párrafo al borrador de la declaración final aprobado por los cancilleres destacando la necesidad de aumentar equitativamente el número de miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, tanto de los permanentes como de los no permanentes, respetando el principio de igualdad soberana de los Estados.

 

Cartagena de Indias, una definición eurolatinoamericana

Mirando hacia el futuro de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, se debe rescatar de esta Cumbre la definición del papel de España y Portugal en las relaciones entre la Unión Europea y América Latina.

 

Allí, aunque no faltó quien hablara del carácter de “puentes” que España y Portugal podrían desempeñar entre América Latina y Europa,  finalmente se puntualizó que estos dos países debían ser “puntos privilegiados de enlace entre los dos continentes”. Enlaces y no puentes. Hoy en día todavía se puede oír algunas veces –no pocas-- hablar de puentes, pero eso ha sido rechazado con fuerza por los latinoamericanos, que consideran tener la capacidad suficiente para tratar directamente con Europa, sea en su conjunto (UE) o con cada uno de los países miembros.

Puente no es lo mismo que enlace, bisagra o rótula. El puente une dos partes, la bisagra forma parte de ambas. España y Portugal integran la Unión Europea, pero también la Comunidad Iberoamericana.

 

Los tres temas en los que concentraron la atención fueron: El ámbito internacional y las perspectivas del sistema multilateral de comercio. El ámbito regional y la convergencia de los esquemas de integración. Y el ámbito nacional, la competitividad y el desarrollo social.

 

En el primero decidieron urgir la ratificación de los acuerdos de Marrakech, de ese mismo año, donde culminó la Ronda Uruguay del Gatt y se creó la Organización Mundial del Comercio (OMC).

 

En el segundo se analizaron los procesos de integración en América Latina y Europa, señalando que esos acuerdos regionales y subregionales generan nuevos flujos de comercio que incrementan la competencia y amplían los mercados.

En el tercero y para mejorar la competitividad y lograr que ésta tenga un impacto social positivo, se puso énfasis en la articulación de una comunidad científica iberoamericana y en la formación y movilidad de los recursos humanos.

 

Bariloche, se comienza a regular la cooperación

La Quinta Cumbre, realizada en la patagónica ciudad argentina de San Carlos de Bariloche tuvo como lema central la educación, a la que se consideró como factor esencial del desarrollo económico y social.

 

Hubo una interesante anécdota al entregarse un premio al rey Juan Carlos, anécdota que reforzó el carácter luso-hispano-americano de las cumbres. Al anunciar el premio,  consistente en una montura criolla, Carlos Menem destacó las cualidades de “un rey demócrata” y en especial su papel en la democratización de España, así como en el apoyo a la democracia en América Latina.

 

A continuación tomó la palabra el presidente del Brasil, Fernando Henrique Cardoso y hablando en un perfecto castellano pidió que también se homenajease al que definió como “un rey republicano”, el presidente de Portugal, Mario Soares, quien también cumplió un papel esencial en la democratización de su país, en la independencia de las colonias portuguesas y en el apoyo a la democratización de las naciones latinoamericanas agobiadas por duras dictaduras.

 

El aspecto más importante de esa cumbre fue el establecimiento de normas reguladoras de la cooperación iberoamericana.

Uno de los puntos destacados fue que la cooperación iberoamericana no se entendería como donaciones de países desarrollados a los subdesarrollados, sino de de la acción de co-operar, o sea de actuar conjuntamente.

 

Para ello, la declaración final consignó que los programas de cooperación iberoamericanos serán los que “hayan sido patrocinados por siete o más de nuestros países miembros”.  Esos programas deberán ser cofinanciados por todos los países participantes en los mismos, sin que eso signifique que no se pueda acudir también a la financiación de organismos externos.

Todo ello se volcó en un convenio para la cooperación en el marco de la Conferencia Iberoamericana, firmado por los mandatarios en Bariloche. En el convenio, a diferencia de la declaración final, se puso que los programas debían presentarse con la adhesión vinculante de al menos tres países, uno presentante y dos o más participantes.

 

Santiago de Chile – Valparaíso,

se comienzan a reducir actos públicos y de protocolo

Gobernabilidad democrática fue el tema propuesto por el gobierno chileno para esta Sexta Cumbre, que se celebró un día en la capital, Santiago y otro en el puerto de Valparaíso, sobre el océano Pacífico.

 

Una de las primeras iniciativas, que se profundizaría en los años siguientes, fue la de reducir los actos públicos al mínimo, de manera que los mandatarios dispusiesen de tiempo y tranquilidad para dialogar entre ellos a puertas cerradas. Esto contribuyó a que los encuentros anuales se convirtieran cada vez más en verdaderas reuniones de trabajo de los mandatarios.

 

En la declaración final se agregó un párrafo al borrador aprobado por los cancilleres en el que se reivindicó el papel del estado, ya que --al hablar de que la gobernabilidad democrática requiere de profundas transformaciones sociales, económicas y culturales que conduzcan a disminuir las desigualdades y los problemas de exclusión social--, se especificó que “en este punto corresponde a nuestros Estados una importante e intransferible función”.

 

México y Cuba hicieron añadir otro párrafo para decir que la cooperación se fundamenta “en el respeto irrestricto a la soberanía, la integridad territorial, la autodeterminación y la independencia de cada país”.

 

Castro pidió que se incluyera, y se incluyó, otro sobre que esa cooperación “exige que las tradiciones nacionales arraigadas en cada una de nuestras sociedades sean respetadas y que se posibilite la elección de los medios, los instrumentos y los mecanismos que cada Nación considere más idóneos”.

Pero el dirigente cubano también debió aceptar que se añadieran otras líneas que se pueden considerar dirigidas especialmente a su país: “La noción de que ningún ciudadano puede verse afectado en sus derechos fundamentales en nombre de una visión dogmática acerca de la sociedad, del Estado o de la economía, debe afianzarse hondamente en la cultura democrática de nuestros pueblos”.

 

Esa cumbre fue asimismo escenario de un duro enfrentamiento entre España y Cuba y una posterior reconciliación entre sus gobernantes: Aznar y Castro, puros habanos e intercambio de corbatas de por medio.

 

Los mandatarios repitieron en las reuniones a puertas cerradas y algunos en declaraciones a los periódicos que “Cuba debe ayudar a que la ayudemos” y la declaración mantuvo que “los partidos políticos tienen un papel esencial en el desarrollo democrático”. Esa definición en plural, “los partidos”, se comprende mejor si se tiene presente que Aznar y Castro discutieron duramente acerca del monopartidismo cubano.

 

Para facilitar el clima de la Cumbre,  el gobierno chileno dispuso que durante su celebración el ex dictador y entonces todavía Comandante en Jefe del Ejército, Augusto Pinochet, se desplazase al norte de su país con el pretexto de la realización de unas maniobras militares, por lo que ningún mandatario se vio en la desagradable circunstancia de encontrarse con él en alguna recepción o acto oficial  de los que habitualmente se celebran en torno a este acontecimiento.

 

En la reunión se rechazó la constitución de una Secretaría Permanente de las Cumbres, propuesta por España, pero se analizó la posibilidad de establecer una Secretaría de Cooperación, que cinco años después se convertiría en una realidad. Y ahora, como veremos más adelante, se vuelve a plantear la necesidad de un organismo permanente, llámese secretaría o no.

 

Otro hecho destacable fue el firme compromiso de Portugal con las Conferencias Iberoamericanas, expresado por su presidente, Jorge Sampaio y su primer ministro, António Gutérres. Hasta entonces Portugal participaba, pero sin pronunciarse a fondo, casi como un país invitado.

 

Isla de Margarita, ética, prensa y libertad

El gobierno de Venezuela, por impulso de su presidente, Rafael Caldera, puso como lema de la Séptima Cumbre los valores éticos en la democracia, algo de suma actualidad hoy en ese país.

Como producto de la situación interna, el enfrentamiento entre el gobierno venezolano y uno de los principales diarios y la solidaridad de la Sociedad Interamericana de Prensa con el periódico,  la libertad de información centró la mayor parte de las discusiones, dentro y fuera del recinto de la conferencia.

 

En la declaración final, los mandatarios dijeron “estar convencidos de que la democracia es no sólo un sistema de gobierno, sino también una forma de vida a la que los valores éticos dan consistencia y perdurabilidad”.

 

Además apoyaron la iniciativa por la cual se pidió a todos los países que no lo hubieran hecho que suscribieran o se adhirieran a los tratados internacionales sobre derechos humanos de alcance universal, regional, generales o particulares.

 

Por supuesto, hablando de ética, la condena de la corrupción estuvo presente, aunque algunos de los mandatarios tuviesen que mirar hacia otro lado y firmar haciéndose los distraídos. Lo mismo al hablar de partidos políticos y transparencia de los procesos electorales.

 

Pero el tema de la información fue particularmente debatido y se defendió el derecho “a la libertad de expresión, de información y de opinión, fundamentos del derecho que tienen las personas a recibir información libre y veraz sin censura ni restricciones”.

Los opositores de Caldera, así como organizaciones internacionales, y concretamente la Asociación de Periodistas Europeos y la Sociedad Interamericana de Prensa objetaron que se hablara de información veraz, fórmula que fue aceptada y apoyada por la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap), la única organización representativa de los periodistas latinoamericanos.

 

Oporto, sin avances

Los desafíos de la globalización y la integración regional fueron el lema de esta Octava Cumbre, realizada en la portuguesa ciudad de Oporto.

 

El primer ministro portugués, António Gutérres, señaló al comenzar que “Las sociedades nacionales son confrontadas no solamente con los desafíos económicos planteados por la globalización, sino también con desafíos a sus modelos de valores culturales y morales”. Lo ocurrido a escala mundial en los años posteriores demostró la validez de esas palabras.

 

Allí se analizó también la anunciada entrada en vigor de la moneda única europea que, a entender de los mandatarios, influiría positivamente en la relación de la Unión Europea con América Latina y el Caribe.

 

Asimismo se calificó de sumamente importante la cumbre UE-América Latina y el Caribe convocada para 1999 en Río de Janeiro, por iniciativa del jefe del gobierno español, José María Aznar y con el apoyo de Fernando Henrique Cardoso.

En esta cumbre se habló en los pasillos otra vez sobre la necesidad de establecer una Secretaría Iberoamericana, fuese permanente de las cumbres o sólo de cooperación, recibiendo esta última más apoyos sin que se llegase a concretar un acuerdo, pero sin registrarse avances hacia la necesaria institucionalización de las Cumbres.

Esa cumbre fue también escenario de otro avance hacia la paz entre Perú y Ecuador, que se concretaría poco después.

 

La Habana, un pasito hacia la institucionalización

En la capital cubana el punto central de análisis fue la situación financiera internacional en una economía globalizada.

A esta cumbre por primera vez faltaron varios mandatarios, en especial de América Central, por sus discrepancias con el régimen castrista y para reivindicar el compromiso de la Comunidad con la democracia, la libertad y el pluralismo. Sin embargo esos países  estuvieron representados por sus cancilleres.

 

La conclusión de los que asistieron fue que, además de los temas propios de la conferencia, la presencia de los mandatarios y los dos millares de periodistas allí fue un apoyo a la democratización de Cuba, así como una contribución a romper el embargo establecido por Estados Unidos. Un factor importante lo constituyó la presencia del rey Juan Carlos, quien fuera del programa oficial paseó por las calles de La Habana y recibió en privado a disidentes del régimen.

 

Cuba volvió a recibir el apoyo para superar su aislamiento, ya que en la declaración final los mandatarios dijeron: “insistimos con especial énfasis en nuestra exhortación al gobierno de los Estados Unidos de América para que ponga fin a la aplicación de la ley Helms-Burton”, que establece el embargo contra Cuba y eventualmente contra otros países, aunque esto último todavía no se aplicó.

 

En el análisis de la situación financiera internacional no se avanzó mucho más que en la cumbre anterior, aunque se ratificaron y ampliaron los compromisos.

 

La novedad fue la creación de la Secretaría de Cooperación Iberoamericana, la designación del mexicano Jorge Alberto Lozoya a su frente y la aceptación del ofrecimiento español de aportar la sede de la misma que, en la actualidad, está ubicada aquí cerca, en esta misma calle Serrano, en el edificio que en su día albergó a la Comisión del Quinto Centenario. Eso significó un pasito adelante hacia la institucionalización.

 

Panamá, sin cambios

La situación actual y el futuro de los niños y niñas fue el tema elegido por la presidenta de Panamá, Mireya Moscoso, bajo el lema “Unidos por la niñez y la adolescencia, base de la justicia y la equidad en el nuevo milenio”.

 

Por la índole del tema elegido, la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) tuvo un papel destacado en los trabajos previos, durante los cuales organizó sendas conferencias ministeriales, una sobre Educación y otra sobre Cultura, ambas en la capital panameña.

 

Sobre ese tema central y como una orientación estratégica los mandatarios en su declaración final dijeron reconocer “la importancia fundamental de los niños, niñas y adolescentes como sujetos de derecho en nuestras sociedades y el papel rector y normativo del Estado en el diseño y ejecución de políticas sociales en beneficio de ellos y como garante de sus derechos”.

 

En ese plano, se comprometieron una serie de actividades, nacionales, iberoamericanas y también en el plano internacional con países y organismos externos a esta Comunidad.

 

Dos hechos conmocionaron a los asistentes. Uno, la detención por la policía panameña de un grupo de cubanos que tenían planeado un atentado contra Fidel Castro. El otro, la polémica entre el presidente cubano, el salvadoreño, Francisco Flores y el jefe del gobierno español, José María Aznar. La discusión giró en torno a la negativa de Castro de suscribir una declaración de condena al terrorismo de Eta si no se incluía también una condena del terrorismo contra su persona. Finalmente la declaración incluyó solamente la condena a Eta, por lo que fue aprobada por todos los países y la abstención de Cuba.

 

En los pasillos se volvió a hablar de la institucionalización de las Cumbres, pero sin que se produjera ningún nuevo avance.

 

 

Lima, se plantea la ampliación

La Undécima Conferencia fue convocada bajo un lema genérico: “Unidos para construir el mañana”, ya que a esa altura se había constatado la dificultad para encontrar con un año de antelación temas puntuales diferenciados de los anteriores y que fuesen al mismo tiempo de primera línea. Cuando se comenzó a organizar esta cumbre desde varios países se planteó la necesidad de redefinir el objetivo de las mismas, pero no se avanzó demasiado.

 

Con los atentados del 11 de septiembre en la memoria, uno de los temas centrales, como que mereció una declaración especial, fue el terrorismo.

 

Sobre la globalización el brasileño Fernando Henrique Cardoso hizo modificar el texto propuesto por los cancilleres y donde decía que “la globalización, la integración regional abierta y la descentralización son procesos complementarios y ventajosos que promueven el desarrollo económico y social”, se cambió “son procesos” por “pueden llegar a ser procesos”. O sea que es condicional y no afirmativo. Un detalle nada insignificante, porque sintetiza la reclamación de quienes propugnan una globalización solidaria y democrática.

 

Otras aportaciones destacables fueron el compromiso, otra vez, de combatir la corrupción y la delincuencia organizada, así como el reconocimiento del aporte positivo de los migrantes y el apoyo a la entonces naciente Corte Penal Internacional.

 

Por primera vez no asistió Fidel Castro a la cumbre, con lo que en la actualidad el rey Juan Carlos es el único mandatario que asistió a todas.

 

Puerto Rico y Belice pidieron participar en la cumbre de República Dominicana, lo que fue aceptado, aunque no se estableció si sería como miembros plenos, observadores o invitados, tema todavía sin resolver.

 

 

De Bávaro hacia el futuro

 

En la última Cumbre, celebrada en Bávaro, República Dominicana, en noviembre de 2002, dos hechos merecen ser destacados. El primero, las diferencias surgidas en torno a los subsidios agropecuarios. Allí Argentina y Uruguay propusieron una declaración en la que se planteaba la necesidad de suprimir los subsidios a la producción agropecuaria y abrir los mercados.

 

Pero Portugal y España se negaron rotundamente, no ya a firmarla, sino ni siquiera a discutirla.

 

Así, sin que fuera discutida, Argentina y Uruguay retiraron su propuesta y por sugerencia de Portugal presentaron otra –que acogió la demanda contra los subsidios--  pero para que fuera firmada solamente por los mandatarios latinoamericanos, lo que así ocurrió. En ella se pidió a Portugal y España que trasladaran a la Unión Europea la demanda latinoamericana.

 

Una pena, porque se podría haber elaborado una declaración consensuada, en la que se planteara la necesidad de hacer verdaderamente libre el comercio internacional, pero considerando también que no se pueden eliminar los subsidios de la noche a la mañana y que los productores europeos del campo debían contar con el apoyo suficiente para que al cabo de esa transición no fueran condenados al desempleo o a la quiebra. La dureza de la reacción portuguesa, con el apoyo español, impidió una declaración consensuada.

 

El segundo hecho fue la aprobación de la propuesta de Aznar de designar al entonces presidente del Brasil, Fernando Henrique Cardoso, para que al culminar su mandato presida un Grupo de Trabajo orientado a dar un fuerte impulso a una alianza euro-latinoamericana capaz de ayudar a las dos regiones a integrarse mejor en el proceso de globalización.

 

La XII Cumbre le encomendó a Cardoso elegir las personas que lo integrarían, así como constituir y presidir ese grupo, a efectos de “mejorar los mecanismos y la institucionalización de las Cumbres para que la sociedad iberoamericana profundice más y mejor sus relaciones y aproveche sus potencialidades”.

 

Es de señalar que con ésta son dos las importantes iniciativas propuestas por un centroderechista, europeo e hispano hablante, José María Aznar, que tienen como protagonista y principal ejecutor a un centroizquierdista, latinoamericano y lusófono, Fernando Henrique Cardoso.

 

La idea de organizar Conferencias de los mandatarios de Europa, América Latina y el Caribe fue propuesta en 1997 por el presidente del gobierno español y de la Internacional de Centro Democrático, José María Aznar a FHC, quien la aceptó de inmediato y organizó la primera de ellas, en Río de Janeiro, en 1999. En noviembre de 2002 el mismo Aznar propuso en la República Dominicana la constitución del Grupo de Trabajo Iberoamericano y que FHC lo presida, a lo que éste accedió, entre sorprendido y halagado, porque el jefe del gobierno español presentó su propuesta minutos antes de finalizar la Cumbre.

 

En rigor, la mayoría de los mandatarios y en especial aquellos que como FHC, el rey Juan Carlos o Aznar, llevan años participando en estas conferencias, llegaron a la conclusión de que su actual formato está vencido. Pero, también tomaron nota en ese día y medio que cada año se vienen reuniendo, de que una alianza euro-latinoamericana tiene un gran papel que jugar en la redefinición de los equilibrios internacionales –o mejor aún: en la búsqueda de un cierto equilibrio con Washington— y que para ello tienen que definir no sólo los objetivos y forma de funcionar de las Cumbres.

 

Eso es importante pero mucho más lo es la institucionalización de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, ese conjunto constituido en la actualidad por 21 países, número que en poco tiempo aumentará. A esos 19 de América Latina más España y Portugal, se agregarán a corto plazo Belice y Puerto Rico y, en un proceso más largo y complicado, podrían sumarse el único país hispanohablante de África, Guinea Ecuatorial y los países lusófonos de ese continente, Asia y Oceanía.

 

Así como la incorporación de Puerto Rico y Belice está prácticamente resuelta y sólo queda definir si serán admitidos como miembros plenos o continuarán participando en calidad de observadores, como lo hicieron en la República Dominicana, la de los otros países de África, Asia y Oceanía está verde todavía.

 

Algunos miembros plenos de las Conferencias, y en particular México, se oponen a conferirle el mismo carácter a Belice y Puerto Rico porque no son estados soberanos, ya que uno depende de los Estados Unidos y el otro de Gran Bretaña.

 

La mayoría de los mandatarios opinaron en la última Cumbre que los lazos de unión histórica, así como la comunidad cultural e idiomática con ellos son mucho más importantes que el hecho de ser o no estados soberanos. Es una realidad que sin mucho esfuerzo pueden participar en las reuniones sin necesidad de intérpretes, sobre todo quienes hablan portugués (a los hispanohablantes les cuesta un poco más),

 

Pero mucho más trascendente que la posibilidad de hablar sin intérpretes es compartir muchos rasgos culturales e históricos, lo que permite entenderse hasta sin hablar, sólo con gestos. Algo inconcebible, por ejemplo, en las reuniones de la Unión Europea y que lo será mucho más con la incorporación de otros diez países del este de Europa.

 

Quienes se oponen a la posibilidad --o simplemente la ignoran-- de que se incorporen los países lusófonos de África, Asia y Oceanía repiten la misma ignorancia o indiferencia con la que durante décadas España y los países hispanohablantes de América consideraron a Portugal y Brasil. Hoy todavía una mayoría conoce en España al Brasil por el fútbol, el carnaval de Río y el samba, pero en los círculos dirigentes, sean empresariales, financieros o políticos, la situación ha variado y se reconoce cada vez más su papel de vanguardia en América Latina, un papel que día a día se consolida. Ese reconocimiento es la base de las propuestas realizadas por Aznar. La aceptación de los otros países lusófonos puede tardar, aunque algunas instituciones, como la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), ya han establecido contactos con vistas a analizar la posibilidad de acciones en común.

 

En la misión que se le ha encomendado a Cardoso, de conseguir una mayor cohesión interna e institucionalización de la Comunidad Iberoamericana y lograr que tenga más peso internacional, uno de los puntos más difíciles será el de agrupar, relacionar, unir o redimensionar las instituciones existentes, como la OEI, que ya cumplió 50 años de existencia, la Organización Iberoamericana de la Juventud (OIJ), la Secretaría de Cooperación (SECIB), la Asociación de Televisión Educativa Iberoamericana (ATEI), el Convenio Andrés Bello, el Programa Iberoamericano de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo (CYTED) y muchas otras que agrupan a cámaras de comercio, fundaciones, asociaciones empresariales, sindicales y estudiantiles y organismos similares.

 

De aquí a noviembre, cuando se realizará en la ciudad boliviana de Santa Cruz de la Sierra la XIII Cumbre, sabremos si la Comunidad Iberoamericana recibe un impulso para su consolidación, o si comienza a declinar. (Madrid, julio 4 de 2003)

La Cumbre Iberoamericana salió fortalecida de su última reunión anual, realizada el 15 y 16 de noviembre en La Habana, al crear una Secretaría Permanente de Cooperación y salvar sin demasiados contratiempos su principal escollo: la participación y presidencia de la Cuba liderada por el mítico Fidel Castro.

 

El propio Castro explicó, en su discurso inaugural, que cuando se fijó a Cuba como sede de la IX Cumbre nadie puso objeción porque pensaban “que para esa fecha ni siquiera existiría”. Y remató: “Esta ha sido la razón esencial por la que no resultó difícil asignarnos la tarea de organizar lo que entonces no era más que una utopía”.

 

Aunque los dos Estados europeos y los 19 americanos de habla española y portuguesa que constituyen la Comunidad Iberoamericana participaron en la reunión, no faltando ningún país, cinco Jefes de Estado no lo hicieron y delegaron la representación en sus cancilleres. Eduardo Frei, de Chile y Carlos Menem, de Argentina,  no asistieron argumentando que los juicios iniciados en España contra los ex dictadores de esos países son una intromisión en sus asuntos internos. Otros tres presidentes, centroamericanos, tampoco viajaron a La Habana, por sus contradicciones políticas con el régimen castrista.

 

Sin embargo, hay otras razones por debajo de esos argumentos. La realización de la Cumbre en Cuba trasciende a los resultados específicos de la reunión y a los colaterales, para convertirse en la prueba y el símbolo de la consolidación de un “tercer espacio” en la geopolítica mundial, con gran proyección de futuro. Detrás de las críticas políticas al régimen cubano esgrimidas por los tres mandatarios centroamericanos ausentes y las soberanistas antiespañolas de Menem y Frei, estuvo la presión norteamericana. Ésta se ejerció directamente en los meses previos, en contactos personales con las cancillerías y, finalmente, tomó  cuerpo en la semana anterior en una carta formal enviada por la secretaria de Estado, Madeleine Albright a sus colegas latinoamericanos., pero cuidándose de no remitirla a los dos europeos y, desde luego, al cubano.

 

En la política oficial norteamericana, gobiernen los demócratas o los republicanos, está presente su “destino manifiesto” en el continente y aunque se cuiden de hablar de América Latina como su “patio trasero”, no dejan de considerar a esa región como subordinada a Washington, de manera directa o indirecta. En ese panorama, desde su origen en 1991, las Cumbres Iberoamericanas fueron vistas con mala cara, por su pretensión –que poco a poco va logrando—  de fortalecer una alianza euro-latinoamericana en todos los frentes. Uno de los productos reconocidos de esa política fue la concreción de la Cumbre de la Unión Europea, América Latina y el Caribe, realizada en junio de 1999 en Río de Janeiro y en la que por primera vez en la historia se reunieron los mandatarios de las dos regiones.

 

La adopción por Cuba del euro como moneda oficial para sus transacciones con Europa y la reciente “dolarización” de algunas economías latinoamericanas, como la Argentina, son sólo aspectos de una diferente inserción en el mundo globalizado.

 

La realización de la reunión en La Habana, resistiendo las presiones norteamericanas basadas en criterios políticos y económicos, es una prueba de la fortaleza del compromiso interatlántico que en esos mismos terrenos articulan las Cumbres y, quizás, la mejor demostración de que se deben mantener.

 

Además, en lo que constituye una sana preocupación europea y latinoamericana, la situación política interna de Cuba no le fue ajena a los mandatarios, varios de los cuales se entrevistaron con disidentes del castrismo y se pronunciaron públicamente sobre el tema. El rey de España, en las palabras que pronunció al término de la cena oficial que dio inicio a la Cumbre, se expresó con claridad y en unos términos que fueron recogidos textualmente por Granma, el tradicional periódico cubano.

 

Dijo el monarca  que la consolidación de la Comunidad Iberoamericana de Naciones está fundada “sobre las únicas bases posibles para su viabilidad: nuestras lenguas y culturas compartidas y nuestra firme convicción de que sólo con una auténtica democracia, con la plena garantía de las libertades y con el escrupuloso respeto de los derechos humanos por parte de todos nosotros podrán nuestros pueblos afrontar con éxito los desafíos del siglo XXI”.

 

Además de Castro, cuya personalidad se manifestó en todos los actos, con discursos inusuales por lo breves, dos mandatarios concitaron la atención y ambos por lo que respectivamente representan en el plano político: el rey Juan Carlos y el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

 

La presencia del Rey de España en Cuba fue precedida de un duro forcejeo político y diplomático entre los gobiernos de los dos países, además de enfrentamientos más o menos soterrados entre la Casa Real y el ejecutivo presidido por José María Aznar.

 

Desde que fue coronado, en 1975, Juan Carlos de Borbón manifestó más de una vez, en público y en privado, su deseo de viajar a Cuba, el único país latinoamericano que no había visitado y con el que, además de los vínculos entre Estados, los tiene de carácter afectivo y familiar. Pero ninguno de los Gobiernos que desde entonces tuvo España consideró políticamente oportuna esa visita. Incluso la que estaba programada para el primer semestre de 1999 fue anulada al ser encarcelados cuatro disidentes, oportunidad en la que Aznar dijo que se haría “cuando toque”.

 

Esas diferencias entre Castro y el Rey, por un lado, y el gobernante español José María Aznar, por el otro, se manifestaron durante los casi tres días de presencia real en la isla. El líder cubano realzó en todo momento la presencia del monarca, rompiendo el protocolo y colmándolo de atenciones. Desde pedirle que hablara en la primera cena oficial, sentándolo a su lado, hasta sorprenderlo con el obsequio de retratos de sus padres cuando éstos visitaron La Habana en 1948.  Esa cordialidad fue correspondida por el Rey que, antes de dirigirse al aeropuerto para volver a Madrid, hizo desviar la comitiva para saludar otra vez personalmente a Castro, quien acababa de ofrecer la rueda de prensa final.

 

Las diferencias entre el Rey y Aznar se evidenciaron hasta en los menores detalles y, en última instancia, reflejan dos posiciones: de un lado la de quienes creen que la mejor manera de apoyar una liberalización del régimen es contribuir a romper el bloqueo –económico, tecnológico y político- dispuesto unilateralmente por Estados Unidos contra Cuba y producir el mayor acercamiento posible con su sociedad, a todos los niveles. Sin provocar, pero también sin callar nada de lo esencial, como hicieron el Rey, el brasileño Fernando Henrique Cardoso, el portugués Jorge Sampaio o el uruguayo Julio María Sanguinetti.

 

Un contrapunto lo marcó Aznar, quien comenzó por decir en Tegucigalpa, un día antes de viajar a Cuba, que en ese país no habría cambios mientras viviera Castro y que “alguien tiene que pensar en los cubanos de verdad”. Una descortesía que mantendría durante toda su visita, siempre con cara de pocos amigos, reticente a aplaudir incluso los discursos de mandatarios amigos

 

El Rey se despidió de los residentes españoles ofreciéndoles una multitudinaria recepción en el Hotel Habana Libre (ex Hilton).

 

Dijo allí, con palabras emocionadas: “Nos vamos de Cuba pensando en volver, seguros de que a esta tierra, a esta gente magnífica, llegará muy pronto ese futuro de paz y concordia que deseamos para todos sus hijos. Un futuro en el que Cuba se abra a Cuba. Las circunstancias son favorables, las soluciones han de ser generosa”. Una hora después de ese acto, y fuera de protocolo, el Rey se fue a despedir de Castro. Éste, al comentar las actividades del Rey, exclamó que “si fuera español, sería un socialista realista, en el doble sentido de la palabra”.

 

Uno de los dirigentes empresariales españoles en Cuba manifestó a los periodistas su disgusto por la actitud de Aznar, tras recordar las enormes dificultades que deben sortear, entre ellas la ley Helms-Burton, para impulsar grandes negocios en la isla: “Nadie le pide a Aznar que renuncie a reclamar libertades para Cuba. Pero lo que ha hecho en este viaje es meternos un torpedo en la línea de flotación. No se puede venir a Cuba con esa suficiencia colonial”. Cuba es el cuarto cliente español en América Latina y en una curva ascendente en 1999 compró por valor de 282 millones de dólares. En la Feria Internacional de La Habana, también de 1999, hubo 224 empresas españolas, un 20 por ciento más que un año antes y en ella el grupo hotelero Sol Meliá fue premiado como la mejor compañía española.

 

La otra personalidad destacada, Hugo Chávez, pasó sin conflictos y con un gran eco en toda Cuba. Al término de la Cumbre inició una visita oficial, durante la cual avanzó en la concreción de un acuerdo en el sector petrolero, que incluye la gestión y el aprovisionamiento de una refinería en la isla. A su término, integró el equipo de beisbol de su país que se enfrentó a la selección cubana, en la que actuó de director técnico Fidel Castro y que fue seguida con atención por todo el país, al ser retransmitida en directo por radio y televisión.

 

La importancia de esa visita y de las estrechas relaciones que demostraron tener ambos presidentes, se deriva de la campaña de Chávez para enfrentarse al corrupto sistema político y a las desigualdades sociales, tan exhorbitantes como inexplicables, en un país rico en petróleo y que provee a Estados Unidos la mitad de sus importaciones en hidrocarburos.

 

En cuanto a la Cumbre propiamente dicha, como en las precedentes, aprobó nuevos proyectos de cooperación entre sus países miembros, sirvió de marco para la resolución de problemas bilaterales y para sentar  referencias para acciones conjuntas en el plano internacional. El tema central de la reunión, Iberoamérica y la situación financiera internacional en una economía globalizada, no fue objeto de grandes discusiones, pues la situación no varió sustancialmente de lo tratado en la Cumbre precedente (Oporto, 1998). Tanto es así que la reunión de cancilleres que analizó el borrador de la declaración que firmarían los mandatarios terminó dos horas antes de lo previsto y que éstos no hicieron ninguna corrección, al contrario de lo que ocurrió en las Cumbres precedentes.

 

A su término, quedaron citados para la próxima Conferencia, a celebrarse en noviembre del 2000, en Panamá, que tendrá como tema central la infancia y la adolescencia. (La Habana, 08-10-1999)

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