La Sexta Cumbre constituye el gran salto político para la serie de conferencias iberoamericanas iniciadas en 1991 en Guadalajara, México, porque, al centrar los mandatarios sus debates en los problemas y soluciones para la gobernabilidad, se enfrentan a la gran cuestión que agita a todas sus naciones: fortalecer la democracia y al mismo tiempo, sin etapas intermedias, asegurar la equidad y la justicia social. Hoy ya se sabe, aunque ese saber no se aplique con consecuencia, que será imposible gobernar en democracia si no se combaten simultáneamente, con decisión y empeño, la pobreza y la marginación de amplios sectores de la ciudadanía. 


Los mandatarios han tomado nota de que en los 21 países representados en la Conferencia, con sus matices y variaciones, los ciudadanos se interesan poco por la política y menos aún por los políticos. Una de las razones, según se analizó en las múltiples reuniones preparatorias, es que los sistemas vigentes, sean mono o pluripartidarios, están lejos de posibilitar y alentar la participación de la gente en los asuntos públicos.


Los ciudadanos aspiran a ser actores de la democracia, desean conocer, evaluar y comparar experiencias y posibilidades, como auténticos protagonistas de la vida pública y no quieren ser vistos como una masa anónima de votantes que cada tanto tiempo son convocados a depositar su voto o  a manifestaciones multitudinarias. Sin dignidad, se dijo en una de esas reuniones, falla el fundamento mismo de la democracia.


Se ha llegado ya al convencimiento, que habrá que trocar en realidades concretas y palpables, de que ninguna persona puede ser sacrificada en su vida cotidiana por un esquema teórico acerca de la relación entre sociedad y macroeconomía. 


Al unir los temas políticos a los económicos y sociales, enfocándolos como un todo, la Cumbre supera las limitaciones iniciales que tendían a circunscribir sus objetivos a la cultura y la cooperación, con base en las invocaciones a los muchos rasgos comunes marcados por la historia.


La Sexta Cumbre también sube un nuevo escalón en la relación política y personal entre los mandatarios. Un Rey, 20 Presidentes y dos Primeros Ministros reducen al mínimo los actos sociales para dedicar el mayor tiempo posible a hablar entre ellos a puertas cerradas, al extremo de descartar la actuación de una orquesta que debía animar uno de sus almuerzos, para que nada extraño perturbe sus conversaciones. 


Es más, la voluntad de que los gobernantes fortalezcan sus relaciones personales y accedan al máximo de intimidad hizo que para el segundo día de la Conferencia se previera una reunión totalmente a solas, tanto que sus cancilleres se reunirán al mismo tiempo pero en otra sala.


La marcha regular de las conferencias se substancia en las tareas preparatorias de las cancillerías a lo largo del año, pero los grandes temas políticos son asumidos directa y personalmente por los mandatarios. Ejemplos sobran, el último e ilustrativo por demás, se registró en 1995 en San Carlos de Bariloche. En el largo proceso de preparación de la declaración final las cancillerías habían convenido, con el acuerdo explícito de Cuba, que no se mencionaría a los Estados Unidos ni a la ley Helms Burton, sino que, al igual que en las anteriores cumbres, se aludiría indirectamente a la necesidad de que se acabase con el embargo a la isla. Sin embargo, en la última sesión a puertas cerradas, el presidente de Colombia, Ernesto Samper, propuso un nuevo párrafo con una referencia expresa a dicha ley, y logró que se aceptara por unanimidad, como consta en el documento.

El origen de las cumbres

La idea de realizar este tipo de conferencias comenzó a gestarse en España en los primeros años de la transición a la democracia y ya en 1978 un proyecto al respecto fue analizado en el Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI). Pero la proliferación de dictaduras en América Latina hizo inviable la idea, al entenderse que la argamasa de esa acción en común debían constituirla los valores democráticos y humanitarios. 


Recién cuando la democracia fue recuperada en la casi totalidad de los países el proyecto volvió a ser reflotado, esta vez en torno a las conmemoraciones del quinto centenario del descubrimiento de América. La intención del Gobierno español era convocar la primera conferencia en Madrid, en 1992, pero el Gobierno de México se opuso y fue de inmediato apoyado por otros de América Latina, por entender que si se procedía de esa manera la reunión se convertiría apenas en uno más de los festejos conmemorativos del primer viaje de Cristóbal Colón a América o, como se acordó en denominarlo para restarle tintes neocolonialistas, del Encuentro de Dos Mundos.


Así fue como la Cumbre partió en 1991 y con fuerza en Guadalajara, México, se mantuvo en Madrid (1992), declinó en Salvador de Bahía (1993), comenzó a remontar en Cartagena de Indias (1994) y se consolidó en San Carlos de Bariloche (1995). 


En esta ciudad del sur argentino, la adopción de una posición conjunta, clara y decidida contra la ley Helms Burton, entonces en trámite parlamentario, mostró que esa Comunidad es capaz de afirmar su existencia en un espacio político y social común, aunque después se fallase a la hora de poner en práctica lo acordado, por las vacilaciones iniciales de los gobiernos de los dos socios europeos, España y Portugal. Unas vacilaciones que finalmente fueron superadas al unísono con el resto de la Unión Europea. 


Además, en Bariloche se dieron otros dos pasos adelante muy significativos: la institucionalización de un mecanismo de coordinación en torno a la Secretaría Pro Témpore, sin cargar la mano en organismos burocráticos, y la firma de un convenio de cooperación innovador y basado en la responsabilidad compartida.
El primero significa que los trabajos de las Cumbres estarán coordinados entre una y otra por lo menos hasta más allá del 2.001 y el segundo que se elimina la concepción de que unos países dan y otros reciben cooperación, para considerar a ésta una obra común en la que todos los países participan de acuerdo con sus intereses y sus posibilidades.

Santiago y Valparaíso

Además, en Chile se notará un cambio fuerte y positivo en la posición portuguesa. El anterior gobierno conservador de ese país se caracterizó por su frialdad en relación a estas conferencias, una frialdad que contrastaba con la posición de Mario Soares, quien desde la presidencia alentaba un decidido iberoamericanismo. Las últimas elecciones llevaron a dos socialistas al poder, en la presidencia de la República, Jorge Sampaio, y en la jefatura del gobierno, Antonio Gutérres. Ambos comparten la misma posición, favorable a la consolidación de estas conferencias como un espacio iberoamericano común.


Por otro lado, Cuba sigue siendo una referencia obligada. El cubano ha sido un tema recurrente en las cinco cumbres anteriores, aunque con distintos enfoques dentro y fuera de las salas de reuniones. En el exterior, y en especial en los medios de comunicación, se exageraron las diferencias y se inventaron situaciones, como un pretendido aislamiento de Fidel Castro en Madrid y un falso atentado en Salvador de Bahía. 


La actuación en las calles de grupos fidelistas y anticastristas contribuyó de manera decisiva a mantener ese ambiente. En cambio, pasaron casi desapercibidas para la opinión pública las situaciones vividas  en torno a la cuestión cubana en las sesiones a puertas cerradas.


La mayoría de mandatarios iberoamericanos privilegiaron una política tendiente a impulsar a Castro hacia una gradual liberalización y democratización de la isla caribeña, a la vez que condenaron el embargo de Estados Unidos. En las reuniones a puertas cerradas los diálogos a ese respecto fueron francos y amistosos, y si en algún caso, como en el de Carlos Menem, las críticas a Castro resultaron de un tono más áspero, ninguno de los jefes de Estado y de Gobierno planteó la exclusión de Cuba de la Conferencia y todos coincidieron en condenar el embargo estadounidense. La tesis de que hay que impulsar las transformaciones económicas y políticas se mantiene, quizás con un mayor grado de apremio y de dureza de parte de algunos gobiernos, como el español, cuyo nuevo Presidente, José María Aznar, lo adelantó a los pocos días de asumir el cargo y en presencia del vicepresidente norteamericano, Al Gore.


No obstante la tónica sigue siendo la misma. Primero en Bahía, después en Cartagena y por último en Bariloche, se le dijo a Castro: “Cuba debe ayudarnos a que la ayudemos”, significando esas palabras que el gobierno cubano tiene que realizar una mayor apertura política y afianzar el respeto a los derechos humanos, lo que facilitará, a su vez, el incremento del comercio y la cooperación internacional con su economía. La fórmula “ayuda a que te ayudemos” se traduce también como: “para poder ayudarte mejor, tienes que darnos elementos y éstos son, en el mundo de hoy, el respeto a la democracia y los derechos humanos”.

La gobernabilidad internacional

Los mandatarios también sienten, de una u otra manera y algunos con mayor énfasis que otros, la necesidad de mejorar notoriamente el gobierno de los asuntos internacionales, un plano en el que su acción conjunta como Comunidad Iberoamericana de Naciones puede tener gran trascendencia.


Una primera preocupación es encontrar y aplicar los mecanismos que alejen nuevas crisis como el tequilazo sufrido en México y permitan la orientación de la política macroeconómica. Si eso no se logra será difícil para estos países subirse al tren de la modernización y de la revolución tranquila que anuncia una nueva sociedad, que se presiente pero que nadie todavía está en condiciones de definir como será.


El capital circulante en el mercado mundial tiene tal volumen que ningún país, ningún gobierno y ninguna institución, nacional o internacional, puede controlarlo. Hoy los bancos centrales han dejado de regir la moneda: tratan de controlar los procesos inflacionarios, pero han abandonado la función de controlar el valor del cambio, simplemente porque, aunque quisieran, no podrían hacerlo, es un fenómeno que escapa a sus fuerzas.


Ese hecho demuestra, pero hay otros que también concurren, que la globalización reduce progresivamente el papel de los Estados nacionales y su capacidad para jugar un papel orientador para impulsar políticas nacionales y, en consecuencia, entra también en crisis la nación. Pero si el poder emergente legítimamente de las urnas carece de los medios, la fuerza y la posibilidad de orientar la política económica del país, también queda disminuido el valor de las decisiones adoptadas democráticamente por los ciudadanos al elegir a sus representantes.


En los trabajos previos a la Conferencia se ha incidido más en los aspectos políticos que en la gobernabilidad económica, un elemento de discusión introducido por Carlos Moneta, el Secretario Permanente del Sistema Económico Latinoamericano (SELA).


La necesidad de actuar de alguna manera en el caos de la economía y de las finanzas internacionales es asumida por una autoridad tan reconocida como la de Michel Camdessus, Director Gerente del Fondo Monetario Internacional. Él dice que se está produciendo un cambio importante, con fuerzas difíciles de controlar, al tiempo que subraya la necesidad de que los gobiernos y los organismos multinacionales económicos tengan instrumentos para encaminar ese cambio hacia la mejor dirección posible.


Las reformas que se están impulsando en los organismos internacionales del sistema de la ONU podrán dar una respuesta a estas cuestiones. Podrán y lo harán si existe el suficiente consenso internacional. 


Durante la Asamblea General de las Naciones Unidas de 1996, 16 mandatarios de los cinco continentes, entre ellos los de los dos mayores países de la Comunidad Iberoamericana, Fernándo Henrique Cardoso, de Brasil y Ernesto Zedillo, de México, firmaron un comunicado conjunto para alertar sobre el fracaso de las expectativas puestas en los cambios. Así, subrayaron que “O las naciones avanzan hacia la reforma y el fortalecimiento del sistema de la ONU, o deberemos enfrentarnos a una menor solidaridad, un mayor unilateralismo y quizás a conflictos o la inobservancia del derecho internacional y los valores comunes”.


Es en este plano donde la Cumbre y su basamento, que es la Comunidad Iberoamericana de Naciones, puede y debe aportar mucho.


Es importante destacar que junto a la aparición de los problemas económico financieros derivados de la globalización, se está produciendo un fenómeno positivo: la incorporación de los temas globales a las preocupaciones normales de la gente. Los ciudadanos ahora pasan a percibir los problemas nacionales en un ámbito global, distinto y superior, algo a lo que el sistema nacional, el capital y los mecanismos de los valores nacionales se oponen y dicen “no”. Son, por ejemplo, los temas relativos a las mujeres, a los derechos humanos, al ambiente, al comercio justo, a los conflictos y guerras locales y regionales.


Sobre todo esto se están creando nuevas alianzas Norte Sur, distintas a las antiguas, un marco donde es legítimo colocar la consolidación de la Comunidad Iberoamericana, en la que conviven países del Sur y del Norte. Hoy los mecanismos de cooperación Norte Sur de la sociedad civil tienen un dinamismo y una fuerza de la que carecen los Estados. Eso se puede apreciar con claridad en las conferencias internacionales, donde la gente trata de participar a través de organizaciones de la sociedad civil y así influir en los resultados.


Éstos no son fenómenos aislados ni indiferentes a la Comunidad Iberoamericana de Naciones, si se la entiende como una fórmula Norte Sur de nuevo tipo, con países en igualdad de derechos y obligaciones. Una fórmula en que la cooperación no se reduce a que unos países financien proyectos en otros, ni sólo a las donaciones o las ayudas de emergencia, sino que permite encarar verdaderos programas de cooperación; de cooperación, definida ésta en el diccionario de la Real Academia como la acción de “obrar conjuntamente, con otro u otros, para un mismo fin”.

Iberoamérica y la globalización

La globalización de la economía y las relaciones internacionales, los agrupamientos supranacionales y la aceleración del progreso científico y técnico, coexisten en el final de siglo con una creciente inseguridad social para vastos sectores de la población del planeta, un fenómeno al que no escapan las naciones iberoamericanas, tanto las de América Latina como las de Europa.


Estas naciones de habla española y portuguesa de América y Europa constituyen una comunidad que “se asienta en la democracia, el respeto a los derechos humanos y en las libertades fundamentales”, según se señaló en la Conferencia de Guadalajara. 


Los mandatarios reunidos allí por primera vez manifestaron la voluntad de sus Estados de “contribuir unidos a un futuro común de paz, mayor bienestar e igualdad social”. Esas definiciones obedecen a un esfuerzo de voluntad, pero también se corresponden con la historia y la cultura de esos países, en los que desde su confluencia las cuestiones sociales y los derechos humanos


La búsqueda de soluciones que hagan compatible el desarrollo económico y la competitividad con la atención de las demandas sociales insatisfechas, es el gran desafío para la Comunidad Iberoamericana de Naciones.


Las 21 naciones que integran nuestra Comunidad reúnen condiciones para aunar esfuerzos en esa búsqueda, pues conservando una rica diversidad social, a la vez comparten, más que ningún otro agrupamiento supranacional, rasgos de su cultura, principios éticos y políticos y aspiraciones de un desarrollo integral para sus pueblos.


Pero en todos los países se manifiestan grandes contradicciones, pues registran altos polos de desarrollo en algunos aspectos  económicos, científicos, sociales , a la vez que constatan atrasos en otros y profundas desigualdades, regionales y sociales en cada uno de ellos.


Una característica común es la incorporación de estos Estados al proceso de globalización de las relaciones económicas y políticas del planeta a través de su participación en esquemas dinámicos de integración, regionales y subregionales. Otra lo es la subsistencia de sectores sociales y regiones internas marginados del desarrollo y la existencia de altos índices de desempleo incluso en aquellos países que viven o han vivido ritmos intensos de crecimiento económico.
La búsqueda de caminos y métodos que conduzcan a una seguridad humana global, que otorgue sentido a la economía, la ecología y los derechos humanos en un proceso convergente, es una de las más importantes empresas comunes para quienes integran la Comunidad Iberoamerica de Naciones.
Si los países han encontrado soluciones  buenas, malas o regulares, según los casos  para enfrentarse al problema de la deuda externa que les hizo perder una década, todavía no lo han logrado con la deuda social. Ésta se presenta como el mayor desafío que deben enfrentar en lo que resta de siglo.
La definición de esas respuestas escapa al mero determinismo económico o social, para trascender a los más variados campos de la actividad humana. Una cruel ironía contemporánea es que el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico por sí solos no sólo no aseguran el trabajo y una vida digna para todos, sino que en muchos casos arrojan masas de desocupados a la calle y condenan a la marginación a pueblos enteros.

No sólo de cultura se alimenta la interación

Es un lugar común afirmar que la cultura es la que afirma la identidad de intereses entre América Latina y España, pocos, a menos que sean brasileños o portugueses, suelen mencionar también a Portugal. Sin pretender menoscabar la importancia de los rasgos culturales comunes y de las dos lenguas hermanas, es necesario señalar que la economía y los negocios, la ciencia y la tecnología, no tienen motivo para quedar fuera de esa consideración.
Los procesos subregionales de integración en América Latina están comenzando a dar frutos para el desarrollo económico y se presentan también como elementos atractivos para los europeos.
El progreso del Mercosur, en el que creen no sólo los cuatro gobiernos involucrados sino también otros, como sus vecinos Chile y Bolivia y la Unión Europea, impulsará el del resto del subcontinente, ya que el Producto Interno Bruto (PIB) de esos cuatro países, de 850.000 millones de dólares, representa el 50% del total de América Latina, su población de 205.000 millones de personas el 45% y su superficie el 59%.
El producto bruto por habitante no se diferencia mucho del registrado en los países industrializados, ya que supera los 4.100 dólares, pero esa cifra se ve afectada por las grandes diferencias sociales de la región, en la que conviven grandes masas de pobres y minorías que concentran la riqueza en forma a veces insultante.

Zona de libre comercio con la Unión Europea

La formación de una zona de libre comercio entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur, ya está en marcha, con comisiones y subcomisiones trabajando desde que se firmó el acuerdo marco en Madrid, el 15 de diciembre de 1995.
La UE es en la actualidad el principal cliente del Mercosur, con el 35% del comercio total realizado por ese bloque sudamericano entre 1985 y 1995, seguida por el resto de América Latina (21,6%), los Estados Unidos y Canadá (20%), Sureste asiático (4,8%), Japón (5%) y el resto del mundo (14,6%).
El intercambio entre las dos regiones se ha triplicado en los últimos siete años, en tanto que el comercio entre Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay se duplicó entre 1990 y 1995.
También es muy fuerte la corriente inversora europea hacia el Cono Sur. En 1990 las compañías europeas invirtieron 15.315 millones de dólares en los países del Mercosur, lo que significó el 48% de la inversión directa total, superando a la norteamericana, 42% y a la japonesa con once. En 1995 la UE se configuró como el segundo inversor extranjero con el 35% del total, después de Estados Unidos, cuyas inversiones representan el 40% del total.

La inserción en el nuevo orden mundial

La Comunidad Iberoamericana, los 21 países que la componen, se puede insertar en el nuevo orden mundial como un bloque transregional, si todos sus integrantes y en especial los dos países europeos —que tan fuerte tirón sienten desde Bruselas— asumen la conciencia de que unidos pueden jugar un papel trascendental en la configuración de la sociedad global, con respuestas nuevas e imaginativas a las demandas que históricamente la han conformado.


Muy mal estarían los 21 países si se limitaran a pedir libertad de comercio, sin ser consecuentes y dar el ejemplo. ¿O puede España proclamarse sinceramente iberoamericana y seguir poniendo trabas a la importación de productos latinoamericanos? ¿O no bregar incansablemente dentro de la UE para que ésta cambie más de prisa y elimine los subsidios? ¿O pueden algunos países latinoamericanos, como Cuba y Perú, por ejemplo, seguir firmando declaraciones de apoyo a la democracia, la libertad y los derechos humanos y mantener al mismo tiempo cuentas pendientes en esos terrenos? ¿U otros países suscribir la declaración de Cartagena, en la que se establece que el desarrollo y la equidad no son procesos consecutivos, sino simultáneos, y continuar promoviendo esquemas económicos en los que prima la ortodoxia de la estabilidad, mientras unas minorías se vuelven obscenamente ricas y las grandes mayorías permanecen marginadas y empobrecidas? 


En suma, la Comunidad Iberoamericana puede y debe inserirse como un grupo coherente en el nuevo orden mundial emergente. Y para ser consecuente con sus orígenes, su tradición y las declaraciones de la nueva etapa iniciada en Guadalajara, es menester que lo haga con fidelidad a esos principios justificativos de su voluntad de ser.(TD/3-6-1999)

Un aumento sustancial de los fondos para la cooperación al desarrollo y frecuentes visitas de los reyes, el príncipe y las infantas, será el recurso con que el gobierno español intentará vencer a la retórica en sus relaciones con América Latina.


En medios oficiales se vive cierto desasosiego ante el matiz retórico, de grandes palabras y pocos hechos, que viene asumiendo la conmemoración del Quinto Aniversario del primer viaje de Cristóbal Colón a América, que unas veces es llamado "descubrimiento" y otras "encuentro entre dos mundos".


Cuando a principios de esta década, gobernando todavía el centrista Adolfo Suárez, se comenzaron a idear los actos conmemorativos, se pensó en tres hechos que podrían ayudar a dar brillo al Quinto Centenario: las olimpíadas, la exposición universal y la capitalidad europea de la cultura.


Las gestiones comenzadas entonces fueron culminadas con éxito por el gobierno del socialista Felipe González y España logró las tres redes: Barcelona albergará las olimpíadas, Sevilla montará la última exposición universal de este siglo y Madrid será la capital europea de la cultura durante un año. Todo ello en 1992.


Pero esos tres hechos, concebidos inicialmente como las piedras preciosas que contribuirían a dar brillo al acontecimiento mayor, centrado en las relaciones con América Latina, amenazan con tomar vida propia, desplazando todo lo demás a un segundo plano.


En los últimos años, el gobierno español dio prioridad a otros asuntos, como el ingreso a la Comunidad Europea y la negociación del tratado militar con Estados Unidos y dejó relegadas sus relaciones con América Latina, aunque mantuviese su carácter de país europeo más preocupado, y ocupado, en los asuntos de aquella región.


Eso se evidenció en los viajes del jefe del gobierno, Felipe González, quien visitó todos los países de la Comunidad en 1989 y sólo uno de América Latina, Venezuela, con ocasión de la asunción a la presidencia por su compañero de la Internacional Socialista, Carlos Andrés Pérez.


Fernando Jáuregui, director de la revista América 92, editada por la sociedad estatal del Quinto Centenario, señala en el número que será distribuido la próxima semana que se pretende dar una dimensión más social a la conmemoración del Quinto Centenario.


Según Jáuregui, se está discutiendo la puesta en marcha de un plan Quinto Centenario de Cooperación con América Latina para los tres años próximos, que implicaría un volumen de casi veinte mil millones de dólares, lo que triplicaría las asignaciones actuales.


En esa cifra se incluirían planes en marcha, como el de cooperación científica y técnica y los emergentes de acuerdos específicos, los firmados con Argentina (por tres mil millones de dólares) y los anunciados con México.


En el plan anual de cooperación internacional (PACI) para 1990 y en el presupuesto para cooperación con América Latina ya aparece multiplicado por cuatro (de 28 a 124 millones de dólares), sin contar los aportes a organismos multilaterales. Entre éstos figura una aportación equivalente a noventa millones de dólares para el plan de cooperación y desarrollo de Centroamérica.


Mientras los responsables del Ministerio de Asuntos Exteriores se alistan para la batalla con sus colegas de Economía y Hacienda, para lograr el incremento de los fondos para cooperación, se anunció el viaje oficial de los reyes a México, el ocho de enero. Allí, además de firmar los protocolos de los acuerdos de cooperación concertados el año pasado en Madrid por González y el presidente de México, Carlos Salinas, el rey Juan Carlos asistirá a la presentación de la maqueta y planos del pabellón que México construirá para la exposición universal de 1992, en Sevilla.


Ese viaje será el primero, pero no el único, de miembros de la Casa Real a América. El príncipe Felipe y las infantas Elena y Cristina podrían asistir en marzo a la transmisión del mando presidencial en Uruguay y Brasil, con rango de embajadores extraordinarios. El propio Felipe González viajará a Chile para representar a su país en las ceremonias de asunción de la presidencia por el democristiano Patricio Alwyn. Estos viajes y el refuerzo de la cooperación apuntan al relanzamiento de la idea de una Comunidad Iberoamericana de Naciones, integrada por España, Portugal y los países de América Latina y el Caribe.


En España nadie apuesta por una Comunidad Iberoamericana en lo económico y comercial, pero algunos sectores creen posible constituirla en los planos cultural, científico y técnico. Además, entienden que esas acciones comunes pueden trasladarse al plano político y señalan, como una prueba, que durante la crisis de Panamá, España mantuvo una posición similar a la de los países democráticos de América Latina.


España fue el único país de la Comunidad Europea que en la Asamblea General de las Naciones Unidas votó en favor de la resolución que condenó la invasión norteamericana a Panamá. Esa soledad política es la que más preocupa en medios gubernamentales españoles, a la hora de pensar en sus relaciones con América Latina sin renunciar a los compromisos derivados de su integración en la Comunidad Europea y en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). (El Nacional de México, 3-1-90/Presencia de Bolivia, 4-1-90/África de Portugal 10-1-90) (Escrito el 2 de enero de 1990).

Apenas  clausurada este año la Segunda Cumbre Iberoamericana por el Rey Juan Carlos, comenzó el peligroso camino hacia la Tercera,convocada para el año próximo en Brasil. El balance de las dosprimeras cumbres, a pesar de todos los problemas, puede ser calificado de optimista. Pero ese optimismo no debe hacer olvidar ni por un momento que la Conferencia Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno tiene flancos débiles que merecen una cuidadosa atención, si es que de verdad se pretende consolidar una Comunidad Iberoamericana de Naciones, en la que actúen en igual¬dad de condiciones y guiados por los mismos principios, los estados soberanos de habla española y portuguesa de América y Europa.

La Primera Cumbre, realizada en Guadalajara por convocatoria del Presidente Carlos Salinas de Gortari, fue un éxito de par¬tida, sólo por haberse realizado, ya que nunca antes se había logrado reunir a los 23 mandatarios, representantes de 21 países. 

Pero, además, ese primer encuentro dejó claros los principios bajo los cuales podía llegar a funcionar una Comunidad Iberoamericana de Naciones y produjo una serie de hechos colaterales de significativa importancia: la reanudación de relaciones diplomáticas entre Chile, Colombia y Cuba, la firma de un tratado de salvaguardias nucleares entre Argentina y Brasil y las negociaciones entre el gobierno y la guerrilla de El Salvador, entre otros.

La Segunda se amoldó a los principios fundacionales estable¬cidos en Guadalajara, pero sufrió la ausencia de cuatro mandatarios: César Gaviria, Carlos Andrés Pérez, Mario Soares y Alberto Fujimori y tuvo a dos países, Venezuela y Perú, sin ninguna representación. En el lado positivo pueden apuntarse los acuerdos para desarrollar varios programas de cooperación, capaces de aunar esfuerzos de los países en aspectos concretos que hacen a su desarrollo.

Sin embargo, hay dos grandes cuestiones que todavía no terminan de resolverse y que hacen al futuro de esa Comunidad Iberoamericana de Naciones. Uno es el papel que en ella pueden, y deberían jugar, España y Portugal, dos naciones pertenecientes al Primer Mundo, con alianzas y acuerdos establecidos con los demás países industrializados. En Madrid poco y nada es lo que se avanzó hacia ese respecto y la mejor prueba es la débil alusión a los deseos de que la Ronda Uruguay del GATT termine pronto y con éxito. Otro aspecto, anecdótico quizás, es que España y Portugal apliquen de verdad las declaraciones de igualdad y pluralismo de sus gobernantes. Son plausibles y elogiosas las actitudes ameri¬canistas del Rey Juan Carlos y de Mario Soares, pero no siempre sus funcionarios las llenan de contenido: en Guadalajara, México ofreció a sus visitantes una gala oficial de la cultura iberoame¬ricana en la que actuaron artistas de uno y otro lado del  Atlántico, en Madrid el gobierno español ofreció sólo las galas de artistas españoles.

El otro aspecto importante todavía sin resolver es el de la estabilidad institucional de los países y por lo tanto de la Comunidad Iberoamericana. No deja de ser un dato sumamente revelador que sea precisamente en Brasil donde la Conferencia tendrá como tema central el de la consolidación institucional de los estados. Brasil deberá resolver de aquí a la próxima Cumbre sus propios problemas institucionales y posibilitar que en la Tercera Cumbre se avance un paso más, imprescindible y necesario, en la consolidación de la Comunidad Iberoamericana. Para ello no sólo deberán presentarse balances positivos de la decena de programas aprobados en Madrid, sino también la realidad de 21 países viviendo en democracia y libertad, sin olvidar las reclamaciones de justicia social que emanan de las mayorías postergadas. (Salamanca, 24-11-1992)

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