La delegación peruana, una de las menos numerosas que asistió a la octava cumbre del Movimiento de los Países no Alineados celebrada del primero al seis de septiembre en esta capital del África Austral, logró éxitos superiores a las más optimistas previsiones del presidente Alan García, quien de ser un desconocido al llegar pasó a desempeñar un papel protagónico en los últimos días de la conferencia. Fue designado vicepresidente, presidió una de las sesiones y al mismo tiempo Osvaldo de Rivero fue electo presidente de la comisión económica. Ningún otro país en la historia del movimiento tuvo una vicepresidencia y la presidencia de una de las dos únicas comisiones, en una misma conferencia. Además, el nombramiento de Rivero para la económica fue un reconocimiento implícito del papel del Perú en el tema de la deuda externa.


El trabajo de la delegación fue tan intenso que se pudo ver a Alan García todos los días en el centro de conferencias desde las nueve de la mañana hasta pasada la medianoche y al canciller Alan Wagner y a de Rivero tomando pastillas “menores”, para poder seguir trabajando. Además de recoger en una declaración final la posición peruana sobre la deuda externa, los dos principales documentos ajenos a la declaración emitidos por la cumbre fueron propuestos y redactados por peruanos. Allan Wagner propuso y redactó la “Declaración de Harare sobre el fortalecimiento de la acción colectiva”, un acuerdo destinado a dar operatividad a las resoluciones de los no alineados, que entre otras cosas faculta al buró de coordinación, con sede en Nueva York, para adoptar medidas para la acción conjunta de los no alineados en la ONU y para proponer e impulsar acciones para que se haga efectivo un programa de defensa conjunto, que responda a los ataques o medidas discriminatorias originadas en los países más industrializados.
El otro documento es la carta al presidente norteamericano Ronald Reagan y al primer ministro soviético, Mijail Gorbachov, instándolos a poner fin a la carrera armamentista, que fue propuesta y redactada por el embajador peruano ante las Naciones Unidas, Carlos Alzamora y su asistente, Manuel Rodríguez.


La carta tiene su historial en 1961, los presidentes de los 24 países que fundaron el Movimiento no Alineado enviaron una carta al presidente de USA, John Kennedy y al primer ministro soviético, Nikita Kruschev, expresándoles su angustia ante una posibilidad de una inminente conflagración mundial. La carta propuesta por Alzamora y Rodríguez, en cuya redacción final participaron India, Yugoeslavia, Cuba, Perú y Zimbabue, será firmada por los presidentes o primeros ministros de los 101 países que integran hoy el movimiento, 25 años después de su fundación. En la misiva se repite la invocación de hace un cuarto de siglo, pero se destaca que los peligros son ahora mayores y que la nueva concepción de la guerra, la incorporación del rayo laser, la cibernética y la informática a la técnica militar aumentan los riesgos y tornan al más inseguro para los países no alineados. Además, se les pide que en su próxima cumbre lleguen a acuerdos concretos y creen un ambiente favorable a la cooperación multilateral, ,para promover el desarrollo económico y social del Tercer Mundo.


El presidente García, junto con el jefe de la casa militar, general Víctor Raúl Silva, el secretario general, Enrique Cornejo y su secretaria Mirta, se alojaron en una de las 30 villas especialmente construidas para alojar a los jefes de estado visitante, que tenía por vecino al presidente de Yugoeslavia.


En la villa, sencilla pero funcional, se dispuso de un telex y un teléfono directo con Lima y un servicio de cocina y atención doméstica a cargo de una licenciada en economía. En esa casa García invitó a almorzar, en días separados, a Raúl Alfonsín y Fidel Castro, quien llegó acompañado del vicepresidente, Carlos Rafael Rodríguez y del canciller Isidoro Malmierca.


Pero la residencia tenía sus problemas: un rígido sistema de seguridad que impidió, incluso que Alan García pudiese hacer salidas no programadas la noche anterior. El chofer del presidente, incluso, se llevaba cada noche la llave del carro. El primer día, cuando García llegó, quiso llamar por teléfono a otros presidentes conocidos, pero por razones de seguridad no había una lista de esos teléfonos sino que cada presidente disponía a quien se lo iba a pasar y tampoco pudo salir a visitarlos por dos razones: porque le rogaron que no saliera sin escolta y medidas de seguridad previstas previamente y porque no tenía sus direcciones… y hasta es posible que alguno de los que quería visitar fuese su vecino más inmediato.


La delegación peruana se caracterizó por su trabajo en equipo y por su incesante transitar entre la sala del plenario, el salón de autoridades y la oficina (12 metros cuadrados) de la agencia andina en el centro de prensa, convertida en punto de referencia para casi todos los latinoamericanos asistentes. Pero de esos hombres un grupo se convirtió en “Los hombres del Presidente”, por estar en estrecho contacto con García: Allan Wagner, Carlos Alzamora, Osvaldo de Rivero, Enrique Cornejo, Hugo Otero y Carlos Roca.


La delegación peruana fue austera, solo siete delegados, cuando otras, como Cuba, llevaron solo de periodistas 47 y Nicaragua aproximadamente 60, entre delegados, auxiliares y periodistas.


Pero donde más se notó la diferencia fue en la seguridad. García dejó siempre la escolta fuera del centro de conferencias, otros presidentes, como el iraní o el vice iraquí, las llevaron siempre consigo. Algunos, como Muamar Gadafi, llegaron a entrar al recinto con doce custodia armados, de ellos cinco mujeres vestidas de uniformes y Fidel Castro siempre se movió con dos guardaespaldas, uno de ellos llevaba un maletín en el que el menos avispado descubría una metralleta.


Cuando Castro fue a comer a la residencia de García, un hombre de su comitiva fiscalizó la preparación de la comida, probó los platos antes de que pasaran a su jefe y se ocupó personalmente de servirle. Lo que se dice un exceso de prudencia o la certeza de que hay mucha gente dispuesta a matarlo o enviada a hacerlo. García, quien tuvo unas 30 entrevistas bilaterales con otros jefes de estado y de gobierno, ejerció la presidencia del plenario durante cinco horas de manera efectiva y por momentos ajena al protocolo.


Al asumir la presidencia, Alan otorgó la palabra a Yasir Arafat, quien comenzó a hablar sobre el conflicto Irán e Iraq y al parecer dijo Irán cuando quiso decir Iraq, lo que llevó al representante de ese país a interrumpirlo… solo un segundo duró la interrupción, pues García dio un sonoro martillazo sobre la mesa presidencia y exclamó “no se permite interrumpir al orador”.


Después, dejó la palabra al presidente de Afganistán, pero éste no se hallaba en la sala. El presidente peruano comentó con ironía: “Esto ocurre porque existen listas misteriosas”, aludiendo a que las listas de oradores nunca se respetaban, porque el presidente de la reunión, Robert Mugabe, las alteraba según le iba pareciendo. Una de las cosas que impresionó a los demás jefes de estado fue la juventud, el dinamismo, la profundidad de sus planteos políticos (que llevaron a Ghandi a enviarle una espontánea carta manuscrita y a otros felicitarlo efusivamente)  y la capacidad de establecer relaciones personales.


Esa espontaneidad lo llevó a exclamar desde su asiento al hablar el presidente de Burkina Faso: “Bien Thomas” o a improvisar un párrafo de su discurso cuando le tocó hablar después de Kennet Kaunda, un patriarca del no alineamiento en África. Kaunda, al finalizar, dejó correr unas lágrimas. Alan, al comenzar su discurso dijo: “Tus lágrimas, Kaunda, son nuestras lágrimas, tu dolor nuestro dolor, tu África nuestra África”, palabras que fueron respondidas con una ovación de los delegados.


Al encontrarse con el presidente de Mozambique, Zamora Machel, le dijo que descubrió un mundo, África, para el desconocido y le pidió que le contara cosas de su país, a la vez que se dirigió a Otero y Wagner que estaban cerca y les dijo “siéntense y escuchen”. Los tres escucharon atentamente la historia de la liberación de Mozambique. Al finalizar, Alan le dijo a Zamora Machel: “Por qué no vienes a visitarnos, tu eres una leyenda”. Respondieron el dirigente mozambiqueño: “tú dices eso porque eres joven”, hizo una pausa y agregó: “eso necesitamos, oxígenos y sangre nueva, es bueno que estés aquí”.


García, al igual que Castro, Ghandi, Mugbe y Arafat y a diferencia de muchos otros líderes, demostró un gran respeto por los demás países y se pasó con ellos gran parte de su tiempo en el plenario, escuchando las intervenciones de cada presidente. Cuando el de Yugoeslavia lo comenzó, Alan replicó: “Los peruanos aspiramos a que nuestros problemas se conozcan, pero para lograrlo también tenemos que conocer la realidad de los otros”.


IPS fue testigo de una conversación, en el salón de autoridades –al que está vedado el acceso a la prensa—entre Alan, Fidel y Kaunda, en tono totalmente informal. Kaunda les preguntó “¿por qué todos los líderes de América Latina son más altos que los africanos?” y en medio de risas compartidas Alan dijo: “porque comen carne” a lo que Fidel acotó: “pero los cubanos de origen son los más altos y juegan en los equipos de basquetbol”. Al terminar ese encuentro Kaunda estrechó en un abrazo a Alan por dos veces.


Esa misma noche IPS presenció, en menos de tres horas, los encuentros de García con Castro, Kaunda, el príncipe Faisal, de Arabia Saudita, el rpesidente Kamenei, de Irán, el canciller Caputo, de Argentina y el presidente de la OLP, Yasir Arafat.


La noche anterior al cierre de la conferencia se realizó una reunión restringida, entre los jefes de delegación de los “países fuertes” o de los “que mandan” en los no alineados, para decidir cuestiones de última hora y decidir respecto a la próxima cumbre. Asistieron Alan García, Mugabe, Gandhi, Kaunda, Caputo, Daniel Ortega, Castro, el presidente yugoeslavo, el de Argelia y uno o dos más.


Sin embargo, en la delegación peruana quien realizó un trabajo casi tan agotados como el de García fue Osvaldo de Rivero, que se pasó siete días seguidos presidiendo la comisión económica en sesiones maratonianas, por lo que tuvo algún disgusto y alguna sorpresa.


En la Comisión Económica, Arabia Saudita, uno de los mayores acreedores del mundo, defendiendo su propia posición acusó a De Rivero de no ser imparcial. El representante peruano le contestó que era imparcial pero no neutral, porque si fuera neutral no estaría luchando contra la injusticia de la deuda externa. Para su sorpresa, el saudita le respondió en perfecto castellano diciéndole que no insistiría en su posición de modificar el texto del borrador de la declaración que estaban analizando y que recogía la posición peruana. De Rivero, complacido, le dijo: “Muchas gracias, señor representante de Arabia Saudita, ahora que usted ha hablado en español lo entiendo muy bien, antes en árabe no mucho”.


Ese mismo día, siendo las doce de la noche, propuso a la comisión, donde estaban representados los 101 miembros del movimiento, que se continuase trabajando hasta las tres de las madrugadas, previo acuerdo de los traductores de seguir trabajando.


Inmediatamente se levantó un bosque de carteles de los delegados acusándolo de dictador. De Rivero, sin inmutarse, dijo que la presidencia decidía que seguiría trabajando y que los que se querían retirar que se retirasen y que si los trabajos no se terminaban por su ausencia ellos serían los responsables de responder ante sus países por el incumplimiento.


Al preguntarle IPS a De Rivero porque hizo eso, contestó: “La única manera de avanzar es vencerlos por el sueño, en una diplomacia de párrafo a párrafo las operaciones nocturnas son muy eficaces”.


Aunque De Rivero lo niega, IPS pudo saber que esa noche, al regresar al Hotel, en conserjería le entregaron una llave equivocada y entró por error al cuarto de una delegada de Singapur, quien estaba sola. “Dios mío, exclamó, ¿qué hace usted en mi cuarto?”, a lo que la delegada, nada fea, replicó: “Estaba segura de que vendría a buscarme para seguir trabajando en la comisión”. “No, no tenga usted cuidado –dijo de Rivero—no vine a buscarla para eso ni para otra cosa, solo que me dieron la llave equivocada”. Y se fue, arrastrando los pies, en búsqueda de su propio cuarto. Al parecer, las llaves son polivalentes en ese hotel que se presta a la confusión de puertas por su propia estructura.
Pero el gran disgusto de Osvaldo De Rivero sobrevino hacia el final de la conferencia, cuando un error o una manipulación periodística le atribuyó una mala acción al frente de la presidencia, cuando se trató una declaración contra Israel.


El jefe de la delegación argentina en la comisión económica, Enrique Latorre, lo acusó ante una agencia internacional de noticias de haber procedido arbitrariamente, al hacer aprobar una resolución contra Israel, presentada por la OLP, en la que se pide que no se admita al estado sionista en ninguna comisión económica regional de las Naciones Unidas.
Como presidente y de acuerdo con las normas de funcionamiento de la ONU, que aplican los no alineados, preguntó si alguna delegación se oponía. Ningún delegado alzó su mano para oponerse. Volvió a preguntar: “Si no hay ninguna oposición se dará por aprobada la propuesta”. Otra vez todos los brazos bajos y por lo tanto dio por aprobada la proposición palestina. A los diez o quince minutos, cuando estaban tratando otro punto, Enrique Latorre, quien había estado ausente, volvió a la sala y al enterarse de la resolución pidió que se reabriera el debate.


De Rivero no hizo lugar, porque hacerlo hubiera significado sentar un precedente y, por ejemplo, reabrir el debate sobre la deuda externa, ya que Arabia Saudita quería introducir algunas modificaciones. Pero, además, la norma de la ONU es que cuando se tratan temas párrafo por párrafo, el párrafo aprobado es firme.


Argentina manifestó que hará una reserva sobre ese punto, como también la hará el Perú y otros países que tienen relaciones con Israel. Consultado De Rivero, contestó: “Como presidente yo no podía hacer otra cosa, ya que no estaba expresando la posición particular del Perú, sino que aplicando los procedimientos normales y aceptados por todos los participantes en la reunión para los trabajos en comisión”. Quizás por eso De Rivero, el último día de la reunión, asistió a la clausura desde su cuarto en el hotel, mirando el acto por televisión. Al día siguiente tenía que partir hacia Punta del Este para participar en la reunión del GATT.


De la reunión, aparte de las anécdotas, Perú regresa con el saldo de una mayor presencia internacional, un reconocimiento expresó de su posición sobre la deuda y una mayor integración en los no alineados, “el mayor movimiento a favor de la paz”, como lo calificó uno de los presidentes. (Harare, África, 6-9-1986)