La Cumbre Iberoamericana salió fortalecida de su última reunión anual, realizada el 15 y 16 de noviembre en La Habana, al crear una Secretaría Permanente de Cooperación y salvar sin demasiados contratiempos su principal escollo: la participación y presidencia de la Cuba liderada por el mítico Fidel Castro.

 

El propio Castro explicó, en su discurso inaugural, que cuando se fijó a Cuba como sede de la IX Cumbre nadie puso objeción porque pensaban “que para esa fecha ni siquiera existiría”. Y remató: “Esta ha sido la razón esencial por la que no resultó difícil asignarnos la tarea de organizar lo que entonces no era más que una utopía”.

 

Aunque los dos Estados europeos y los 19 americanos de habla española y portuguesa que constituyen la Comunidad Iberoamericana participaron en la reunión, no faltando ningún país, cinco Jefes de Estado no lo hicieron y delegaron la representación en sus cancilleres. Eduardo Frei, de Chile y Carlos Menem, de Argentina,  no asistieron argumentando que los juicios iniciados en España contra los ex dictadores de esos países son una intromisión en sus asuntos internos. Otros tres presidentes, centroamericanos, tampoco viajaron a La Habana, por sus contradicciones políticas con el régimen castrista.

 

Sin embargo, hay otras razones por debajo de esos argumentos. La realización de la Cumbre en Cuba trasciende a los resultados específicos de la reunión y a los colaterales, para convertirse en la prueba y el símbolo de la consolidación de un “tercer espacio” en la geopolítica mundial, con gran proyección de futuro. Detrás de las críticas políticas al régimen cubano esgrimidas por los tres mandatarios centroamericanos ausentes y las soberanistas antiespañolas de Menem y Frei, estuvo la presión norteamericana. Ésta se ejerció directamente en los meses previos, en contactos personales con las cancillerías y, finalmente, tomó  cuerpo en la semana anterior en una carta formal enviada por la secretaria de Estado, Madeleine Albright a sus colegas latinoamericanos., pero cuidándose de no remitirla a los dos europeos y, desde luego, al cubano.

 

En la política oficial norteamericana, gobiernen los demócratas o los republicanos, está presente su “destino manifiesto” en el continente y aunque se cuiden de hablar de América Latina como su “patio trasero”, no dejan de considerar a esa región como subordinada a Washington, de manera directa o indirecta. En ese panorama, desde su origen en 1991, las Cumbres Iberoamericanas fueron vistas con mala cara, por su pretensión –que poco a poco va logrando—  de fortalecer una alianza euro-latinoamericana en todos los frentes. Uno de los productos reconocidos de esa política fue la concreción de la Cumbre de la Unión Europea, América Latina y el Caribe, realizada en junio de 1999 en Río de Janeiro y en la que por primera vez en la historia se reunieron los mandatarios de las dos regiones.

 

La adopción por Cuba del euro como moneda oficial para sus transacciones con Europa y la reciente “dolarización” de algunas economías latinoamericanas, como la Argentina, son sólo aspectos de una diferente inserción en el mundo globalizado.

 

La realización de la reunión en La Habana, resistiendo las presiones norteamericanas basadas en criterios políticos y económicos, es una prueba de la fortaleza del compromiso interatlántico que en esos mismos terrenos articulan las Cumbres y, quizás, la mejor demostración de que se deben mantener.

 

Además, en lo que constituye una sana preocupación europea y latinoamericana, la situación política interna de Cuba no le fue ajena a los mandatarios, varios de los cuales se entrevistaron con disidentes del castrismo y se pronunciaron públicamente sobre el tema. El rey de España, en las palabras que pronunció al término de la cena oficial que dio inicio a la Cumbre, se expresó con claridad y en unos términos que fueron recogidos textualmente por Granma, el tradicional periódico cubano.

 

Dijo el monarca  que la consolidación de la Comunidad Iberoamericana de Naciones está fundada “sobre las únicas bases posibles para su viabilidad: nuestras lenguas y culturas compartidas y nuestra firme convicción de que sólo con una auténtica democracia, con la plena garantía de las libertades y con el escrupuloso respeto de los derechos humanos por parte de todos nosotros podrán nuestros pueblos afrontar con éxito los desafíos del siglo XXI”.

 

Además de Castro, cuya personalidad se manifestó en todos los actos, con discursos inusuales por lo breves, dos mandatarios concitaron la atención y ambos por lo que respectivamente representan en el plano político: el rey Juan Carlos y el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

 

La presencia del Rey de España en Cuba fue precedida de un duro forcejeo político y diplomático entre los gobiernos de los dos países, además de enfrentamientos más o menos soterrados entre la Casa Real y el ejecutivo presidido por José María Aznar.

 

Desde que fue coronado, en 1975, Juan Carlos de Borbón manifestó más de una vez, en público y en privado, su deseo de viajar a Cuba, el único país latinoamericano que no había visitado y con el que, además de los vínculos entre Estados, los tiene de carácter afectivo y familiar. Pero ninguno de los Gobiernos que desde entonces tuvo España consideró políticamente oportuna esa visita. Incluso la que estaba programada para el primer semestre de 1999 fue anulada al ser encarcelados cuatro disidentes, oportunidad en la que Aznar dijo que se haría “cuando toque”.

 

Esas diferencias entre Castro y el Rey, por un lado, y el gobernante español José María Aznar, por el otro, se manifestaron durante los casi tres días de presencia real en la isla. El líder cubano realzó en todo momento la presencia del monarca, rompiendo el protocolo y colmándolo de atenciones. Desde pedirle que hablara en la primera cena oficial, sentándolo a su lado, hasta sorprenderlo con el obsequio de retratos de sus padres cuando éstos visitaron La Habana en 1948.  Esa cordialidad fue correspondida por el Rey que, antes de dirigirse al aeropuerto para volver a Madrid, hizo desviar la comitiva para saludar otra vez personalmente a Castro, quien acababa de ofrecer la rueda de prensa final.

 

Las diferencias entre el Rey y Aznar se evidenciaron hasta en los menores detalles y, en última instancia, reflejan dos posiciones: de un lado la de quienes creen que la mejor manera de apoyar una liberalización del régimen es contribuir a romper el bloqueo –económico, tecnológico y político- dispuesto unilateralmente por Estados Unidos contra Cuba y producir el mayor acercamiento posible con su sociedad, a todos los niveles. Sin provocar, pero también sin callar nada de lo esencial, como hicieron el Rey, el brasileño Fernando Henrique Cardoso, el portugués Jorge Sampaio o el uruguayo Julio María Sanguinetti.

 

Un contrapunto lo marcó Aznar, quien comenzó por decir en Tegucigalpa, un día antes de viajar a Cuba, que en ese país no habría cambios mientras viviera Castro y que “alguien tiene que pensar en los cubanos de verdad”. Una descortesía que mantendría durante toda su visita, siempre con cara de pocos amigos, reticente a aplaudir incluso los discursos de mandatarios amigos

 

El Rey se despidió de los residentes españoles ofreciéndoles una multitudinaria recepción en el Hotel Habana Libre (ex Hilton).

 

Dijo allí, con palabras emocionadas: “Nos vamos de Cuba pensando en volver, seguros de que a esta tierra, a esta gente magnífica, llegará muy pronto ese futuro de paz y concordia que deseamos para todos sus hijos. Un futuro en el que Cuba se abra a Cuba. Las circunstancias son favorables, las soluciones han de ser generosa”. Una hora después de ese acto, y fuera de protocolo, el Rey se fue a despedir de Castro. Éste, al comentar las actividades del Rey, exclamó que “si fuera español, sería un socialista realista, en el doble sentido de la palabra”.

 

Uno de los dirigentes empresariales españoles en Cuba manifestó a los periodistas su disgusto por la actitud de Aznar, tras recordar las enormes dificultades que deben sortear, entre ellas la ley Helms-Burton, para impulsar grandes negocios en la isla: “Nadie le pide a Aznar que renuncie a reclamar libertades para Cuba. Pero lo que ha hecho en este viaje es meternos un torpedo en la línea de flotación. No se puede venir a Cuba con esa suficiencia colonial”. Cuba es el cuarto cliente español en América Latina y en una curva ascendente en 1999 compró por valor de 282 millones de dólares. En la Feria Internacional de La Habana, también de 1999, hubo 224 empresas españolas, un 20 por ciento más que un año antes y en ella el grupo hotelero Sol Meliá fue premiado como la mejor compañía española.

 

La otra personalidad destacada, Hugo Chávez, pasó sin conflictos y con un gran eco en toda Cuba. Al término de la Cumbre inició una visita oficial, durante la cual avanzó en la concreción de un acuerdo en el sector petrolero, que incluye la gestión y el aprovisionamiento de una refinería en la isla. A su término, integró el equipo de beisbol de su país que se enfrentó a la selección cubana, en la que actuó de director técnico Fidel Castro y que fue seguida con atención por todo el país, al ser retransmitida en directo por radio y televisión.

 

La importancia de esa visita y de las estrechas relaciones que demostraron tener ambos presidentes, se deriva de la campaña de Chávez para enfrentarse al corrupto sistema político y a las desigualdades sociales, tan exhorbitantes como inexplicables, en un país rico en petróleo y que provee a Estados Unidos la mitad de sus importaciones en hidrocarburos.

 

En cuanto a la Cumbre propiamente dicha, como en las precedentes, aprobó nuevos proyectos de cooperación entre sus países miembros, sirvió de marco para la resolución de problemas bilaterales y para sentar  referencias para acciones conjuntas en el plano internacional. El tema central de la reunión, Iberoamérica y la situación financiera internacional en una economía globalizada, no fue objeto de grandes discusiones, pues la situación no varió sustancialmente de lo tratado en la Cumbre precedente (Oporto, 1998). Tanto es así que la reunión de cancilleres que analizó el borrador de la declaración que firmarían los mandatarios terminó dos horas antes de lo previsto y que éstos no hicieron ninguna corrección, al contrario de lo que ocurrió en las Cumbres precedentes.

 

A su término, quedaron citados para la próxima Conferencia, a celebrarse en noviembre del 2000, en Panamá, que tendrá como tema central la infancia y la adolescencia. (La Habana, 08-10-1999)