Por primera vez, el cuidado de los hijos y del hogar será reconocido económicamente en la Argentina al ponerse en práctica un nuevo código civil. Jueces y mediadores evaluarán también si la mamá pospuso su carrera por las tareas domésticas. El nuevo Código Civil que entrará en vigencia a principios de septiembre, plantea enormes avances con respecto a la familia, según señala un artículo de Mariana Iglesias publicado por el diario Clarín. Muchas situaciones que ya se dan en la cotidianeidad aparecen plasmadas en la ley. Incluso su vocabulario se ha aggiornado (puesto al día), y es que las costumbres y el lenguaje de este milenio distan mucho del viejo código de 1871.

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Percy Schmeiser, es un pequeño granjero canadiense que se enfrentó a la poderosa empresa Monsanto, en un caso que llegó a la Corte Suprema de su país. Según la periodista argentina Verónica Engler, aquella batalla lo convirtió en un referente de los derechos de los agricultores independientes. Y ahora recorre el mundo para advertir sobre los riesgos económicos, sociales y ambientales que implican las regulaciones de los organismos genéticamente modificados. En una entrevista publicada por el diario argentino diario Página 12, que reproducimos a continuación, Engler analiza a fondo lo ocurrido.


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Datos recientemente publicados en Buenos Aires, revelan que durante los años1975 y 1976 la Unión Soviética fue el mejor cliente de ese país sudamericano gobernado por una dictadura militar. En 1976, aquel país compró a la Argentina cereales por valor de 8,6 millones de contos; 1,8 millones de contos de lanas, 900 mil contos de cueros, 1.600 mil contos de óleos vegetales, 360 mil contos de carnes y otras importaciones menores que sumaron un total de 12,6 millones de contos.


En el pasado mes de septiembre, al abrigo de nuevos convenios, dos de las principales empresas productoras de vino vendieron a la URSS doce millones de litros de vino blanco, en tanto traspasaban detalles de un convenio financiero con Hungría, por valor de dos millones de contos. 


Además, la Argentina continua canalizando sus compras para los Estados Unidos y Europa Occidental, habiendo comprado a la Unión Soviética durante el año pasado apenas 80 mil contos, número absolutamente irrisorio en comparación con los 12,8 millones de contos que vende aquél país.


Tal vez para disfrazar en parte esta enorme desproporción en las relaciones comerciales entre los dos países, el Gobierno de Videla resolvió convertir en ley un convenio firmado en 1974, por el ministro de Economía de Perón, José Ver Gelbard, hoy en el exilio. Ese acuerdo comercial prevé la venta de máquinas y equipos soviéticos a la industria argentina, en condiciones de pagamento a plazo y establece que la suma obtenida por la URSS en la venta de equipos a la Argentina será destinada a la adquisición de mercaderías provenientes de este país en condiciones normales. Las compras soviéticas incluso incluyen más de 30 por ciento de productos manufacturados.


Hace pocos días y coincidiendo con la partida de una misión comercial argentina para los países del Este, se anunció en Buenos Aires que la URSS se comprometía a comprar, durante los próximos diez años, todo el excedente agrícola argentino. Lo mismo es decir que toda la producción agro-pecuaria exportable de la Argentina que ese país no consiga colocar en los mercados occidentales, será comprada por la URSS a precios ventajosos.

Comparaciones necesarias  
Cuando, en 1973, el presidente de Chile, Salvador Allende, visitó a la URSS –durante una importante estadía que incluyó su discurso histórico en las Naciones Unidas— viajó con él una misión comercial con el objetivo de negociar en Moscú un crédito para alimentos, por valor de veinte millones de contos.


En un período particularmente crítico de la economía chilena, acosada por la estrategia de “desestabilización” incrementada por los Estados Unidos, por las “guerrilla” económica de la burguesía nacional y soportando las dificultades inherentes a los períodos de grandes transformaciones sociales, esos 20 millones de contos eran indispensables para garantizar la transición hacia el socialismo, manteniendo la libertad y la democracia.


La recepción a Allende en Moscú fue muy entusiasta. Se hicieron lindos discursos, pero lo economistas que lo acompañaron no consiguieron vencer su perplejidad cuando apenas alcanzaron un crédito de libre disponibilidad por poco más de 800 mil contos. 


La revista católica “Mensaje”, de febrero de 1973, en cuanto defendía la oportunidad del viaje de Allende, no dejó de señalar que frente a los 4,12 millones de contos de crédito que Chile recibió de la Unión Soviética en tres años, apenas el Fondo Monetario Internacional facilitó 7,48 millones de contos. Y otros observadores indicaron, por su lado, que la Argentina, gobernada por el general Alejandro Lanusse, concedió créditos por valor de cuatro millones de contos para comprar carnes.

Un contraste difícil de explicar    

El Chile de Allende, avanzando en profundas transformaciones sociales y manteniendo al mismo tiempo la libertad y la democracia, recibió sobre sí todo el fuego de artillería de las clases parasitarias nacionales, heridas en sus privilegios y de dos de los monopolios multinacionales que temían que “el mal ejemplo” fructificase. De cierta manera, era comprensible que el Departamento de Estado, la CIA, la ITT y las multinacionales ligadas al cobre atacasen al gobierno popular. Extraño sería que no lo hiciesen…


Lo que nunca se percibió muy bien fue la falta de apoyo del mundo socialista a Chile, a pesar de los discursos y las declaraciones. En este panorama, la única excepción fue Cuba, destacándose por su apoyo decidido e incondicional al Chile allendista, superando incluso límites que su condición de país pequeño y bloqueado le imponía.


La Argentina de hoy está mucho lejos de ser un gobierno popular. Millares de “desaparecidos” y presos, torturas inimaginables, represión indiscriminada, censura a la prensa, sindicatos intervenidos, oposición acondicionada y un desprecio olímpico por los más elementales Derechos Humanos.


La diferencia de actitud de los soviéticos ante el Chile de Allende y la Argentina de Videla, ofrece un contraste muy difícil de explicar, si no recorremos las antipáticas y estafadas tesis de geopolítica y acabáramos por acreditar finalmente que hay intereses “nacionales” que se sobreponen a las luchas legítimas de los pueblos por su liberación.

¿”Peligro del pinochetismo”?

Dando más una prueba de su proverbial ductilidad el Partido Comunista Argentino publicó dos documentos. En uno de ellos incluye una vasta lista de militantes suyos que están presos, desaparecieron o fueron muertos. En otro reivindica “un diálogo y apertura política” como camino a seguir “para alcanzar la paz, apartar el peligro de un pinochetismo y  de amenazas exteriores y encontrar soluciones económicas”.


Si parece extraño hablar, en Argentina, de “apartar el peligro de un pinochetismo”, como si el régimen de Videla no fuese actualmente tanto o más sangriento que el de Pinochet, atinge a las flores del surrealismo la declaración de los comunistas argentinos cuando afirman que, “si largamos un ojeo por la América Latina, llegaremos a la conclusión de que los planes de desestabilización de los consorcios imperialistas,  y lo hacen a los gobiernos que no obedecen a sus directivas, tienen un historial muy negro y acabarán en sangrientas dictaduras”.


¿Plan de “desestabilización”? ¿Será posible comparar a Videla con Allende? Y cuáles son las directivas que la Junta Militar Argentina no obedece? Nunca los consorcios imperialistas ganaron tanto dinero en este país como ahora. Nunca tuvieron mayores ganancias al descender trabajadores, encastados cada vez más al salario real de los netas de Videla.


Y que se sepa la única “directiva” que Videla no cumplió fue respetar los Derechos Humanos. Cuando mucho, en parte de la campaña del presidente Carter y de los que tomaron a la letra sus palabras, optó por impulsar maniobras en el ámbito de las relaciones públicas, llamando a lo blanco negro y a lo negro blanco, pretendiendo, al final, engañar a la opinión pública mundial con palabras y sonrisas.


La geopolítica, a nivel de las grandes potencias nos depara con insospechadas sorpresas y sus intenciones, más que a nivel de discursos y declaraciones, hay que juzgarlas en función de las obras que producen. Y los actos comentados son más elocuentes que sus discursos. (Lisboa, Diario de Noticias, 24/10/1977)

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